El juego del huesped.

1710 Words
Existe una leyenda en Coldrick, leyenda a la cual todos los pobladores dan créditos y se mantienen al margen de siquiera intentar desmentirla. Le llaman "Los turistas malditos"; la cual consiste en que, todo aquel que visite el pueblo durante los siete días a los que el exterior llama "Semana Santa", correrá el alto riesgo de ser poseído por alguna fuerza demoníaca, con la intención de sembrar caos en la tierra y arrastrar almas atrevidas al averno. *** Elisa Orama se encontraba leyendo tranquilamente en su habitación, estaba completamente imersa en el mundo de las letras y la tinta, los clásicos de Edgar Allan Poe podían denominarse como su vicio, su catalepsia. La adolescente de apenas dieciséis años resopló con fastidio cuando unos toques a su puerta interrumpieron su sagrada paz. —¡Eliiiiiii! —Amara, su hermanastra, chilló al entrar sin molestarse por esperar a recibir autorización. La recién llegada se lanzó sobre la cama y abrazó a la amante de Poe con uno de sus brazos —¡Feliz cumpleaños! ¿Esta noche hay peda, o qué? —Gracias, pero no, gracias —contestó la susodicha con simpleza, cerrando su libro de mala gana y colocándolo sobre la mesita de noche. —¡Anda! ¡No seas aburrida! —Amara hizo un puchero ridículo, saltando sobre la cama sin importarle que su peso no se basaba en algodón—. Ya invité a algunas de tus vecinas, no me hagas quedar en ridículo. Elisa frunció el ceño, sentándose con las piernas cruzadas. —¿Cómo así que invitaste a algunas vecinas, Amara? Es la primera vez que visitas el pueblo, no conoces a nadie. —¡Pero el ser amigable es parte de mi encanto! —argumentó una Amara emotiva—. El pueblo luce bastante fachoso y eso, pero me conformo con alguna tasca para celebrar el fallecimiento de tus quince. —Ni lo sueñes —le advirtió la cumpleañera, tajante—. Estamos en pleno miércoles de la semana inombrable, no podemos andar por ahí como si nada. —¿Inombrable? ¿Cómo así? —la recién llegada arrugó las cejas hasta el punto de que éstas casi se tocaron sobre su glabela —Vamos, Eli, no será gran cosa. ¡Al fin te conozco en persona! Ya la comunicación por cartas me tenía hastiada. —En resumen —Elisa suspiró antes de aclararle la situación—, estamos en un pueblo maldito. En la superficie terrestre del infierno, para ser exacta. Hay muchísimas reglas que hay que cumplir al pié de la letra para poder salvaguardar tu alma, especialmente, durante esta semana. —¿O sea que elegí el lugar incorrecto para disfrutar de mis vacaciones? Aburriiiiidooooo —alargó la morena en un resoplido, su hermanastra le dio una mirada furtiva—. Bieeeeen, tú ganas, nada de salidas. Pero hagamos algo en casa por lo menos, no dejemos pasar tu cumpleaños por debajo de la mesa. Entre tantas insistencias, Elisa ni siquiera tuvo tiempo para meditarlo, por lo que, blanqueando los ojos, contestó: —Ajá, como sea. *** Pese a saber que estaba prohibido divertirse, Elisa y sus vecinas accedieron a jugar "verdad o trago" durante un rato. Después de todo, no sabían exactamente de qué forma no debían pasarla bien. —Ya me aburrió este juego —comentó Clara, una de las vecinas mientras soltaba un bostezo—. Hagamos otra cosa. —¿Te aburrió, o es que estás cansada de perder y tener que beber? —la acusó su amiga, Bella, codeándola con coquetería —¿Tan profundos son tus secretos que prefieres beber a decir la verdad? —Agh, no seas molesta —Clara blanqueó los ojos, buscando apoyo en la cumpleañera. —Bien, juguemos a otra cosa —dijo Elisa, dejando de lado la botella vacía y los vasos de shots. —¡El juego del huesped! —exclamó Amara con cierta euforia, clavando sus ojos en las chicas para que aceptaran. Clara pudo notar cómo los ojos de la visitante adquirían un poco más oscuro, cómo sus iris se tornaron más pequeñas y la ligera curvatura de sus labios elevada en una mueca que destilaba malicia. Sin embargo, Clara no comentó nada al respecto, pues, comenzaba a creer que los tragos que cargaba encima le estaban jugando una mala pasada. —¿Cómo es eso? —cuestionó Bella, tamborileando los dedos sobre sus rodillas, queriendo saber de qué iba exactamente el juego. —Este es un pueblo maldito, ¿no? —las presentes asintieron, confusas—. Bueno, supongo que los espíritus vagan por las calles todo el tiempo, y que por eso no podemos salir. Pero, ¿qué nos asegura que estamos a salvo aquí adentro? ¿Y si en realidad los demonios y espectros del inframundo están en toooodas partes, sin excepción? Elisa, Bella y Clara pusieron una cara de watafac?  —No entiendo a qué te refieres —dijo Elisa, algo incómoda ante la sensación de mala espina que hizo erizar su piel—. Mejor pensemos en otra cosa para jugar, creo que en el sótano tengo un monopolio —hizo el ademán de levantarse, pero su hermanastra la tomó por la muñeca, obligándola a sentarse nuevamente con brusquedad. Sin darles derecho de oponerse, Amara continuó explicando: —Solo necesitamos una vela, el juego es sencillo. Debemos decir todas al unísono "Si quieres entrar, la vela tendrás que apagar" Si la vela se apaga, es porque algún espíritu quiere visitarnos, y nosotras decidiremos si queremos recibirlo como huesped; si la vela permanece intacta, es porque simplemente no hay nada. —Yo, creo que paso... —comentó Bella, inconforme con la idea. —¡Vamos, no hay nada qué perder! Es solamente un juego tonto que vi una vez en internet —insistió la morena, impaciente por la intención de rechazo de la vecina. —¿Qué es internet? —fue lo que preguntó Clara. —Algo que hay en el exterior, se usa para muchas cosas que no me molestaré en explicar porque no entenderán. También hay celulares, computadoras y televisión... —sacudió la cabeza al percatarse de que estaba desviando el sesgo del tema—. En fin, ¿jugamos? —Bueno, yo le entro —accedió Clara, ya entrando en la faceta alcohólica donde todo parece buena idea. —Mhmm, creo que yo también —dijo Elisa, algo tímida. Tenía entendido que el peligro radicaba en salir a la calle, así que no se opuso a jugar en casa. Después de todo, jugarían para matar el tiempo. Bella también terminó accediendo a jugar para no ser aguafiestas. —Otra cosa, debemos estar en un espacio cerrado para asegurarnos de que la brisa no apague la vela —explicó Amara, tronando sus dedos. Elisa se lo pensó durante un momento. ¿Dónde jugarían? Si la ventana de su habitación estaba quebrada, y podía entrar la brisa por el vidrio ahuecado. La habitación de su madre y padrastro estaba ocupada y el baño era muy pequeño como para jugar todas ahí, y jugar en la entrada de la casa no era una opción viable porque estaba cerca de la calle... Avispándose de repente, la cumpleañera se metió a su habitación y, en menos de dos minutos, apareció nuevamente en la sala con tres sábanas. Aprovechando su ingenio, las cuatro chicas se dedicaron a armar una especie de carpa con las telas y se metieron dentro de ella con la vela ya encendida. —¿Quién hace los honores? —inquirió Amara hacia las otras chicas, observando con una inusual devoción la luz amarillenta que destilaba la vela. —A mí me da miedo, dale tú —dijo Bella, codeando a su amiga, Clara. —¿Qué? Yo no, estás loca. Que lo haga la cumpleañera —se opuso Clara, mirando a Elisa, quien mordía el interior de su mejilla. —No, mejor tú —fue lo que contestó la amante de Poe, negandose rotundamente a invocar alguna fuerza extraña. Ya el juego no le estaba pareciendo tan buena idea, su hermanastra estaba actuando raro. —Okeeeeey —alargó Clara, corriéndose hacia adelante para estar más cerca de la vela. Al quedar frente a la morena, cerró sus ojos y exclamó:— ¡Si quieres entrar, la vela tendrás que apagar! Abrió los ojos como platos cuando una sensación de ardor recorrió su piel repentinamente. Los gritos femeninos no tardaron en hacerse notar en toda la casa. Elisa, Bella y Clara gritaban de dolor ante las llamas que se avivaban gracias a las telas de las paredes improvisadas, el humo las estaba ahogando, y la candela las calcinaba lentamente, haciendolas sufrir de una manera extremadamente dolorosa. La risa macabra de Amara era contradictoria a sus gritos de auxilio, pues la morena gozaba de las llamas que envolvían a las tres habitantes de Coldrick que sucumbieron a su tentación de romper las reglas. Aunque la norma no era famosa, sí murmuraban por ahí que era mejor no recibir visitantes durante los siete días de la semana inombrable. Esta visitante llamada Amara, fue poseída por un alma en pena que la recibió apenas entró al pueblo, un alma que vagaba en el limbo porque murió a causa de su enfermedad y una acción mal calculada, ¿de qué padecía? Era un hombre piromaníaco. Él mismo le transmitió telepáticamente a Elisa la idea de hacer paredes de tela, así el fuego se propagaría con velocidad voraz. Él mismo había inventado ese juego aquella noche, él disfrutaba de la consecuencia de su maravillosa creación, riendo mediante el cuerpo femenino que poseía. La madre y el padrastro de Elisa salieron de su habitación y se unieron a los gritos desesperantes, buscando valdes de agua para apagar el fuego. Al lograr asesinar a la candela, Amara se acercó hasta ellos, colocando una mano al frente para impedir que avanzaran hacia las chicas que ya habían muerto. —¡Oops! —exclamó con una inocencia hipócrita —Olvidé mencionar que cuando la vela se cae, es porque el espíritu ya estaba dentro de la casa, y que invita a sus invocadores a jugar en el infierno. Dicho esto, chasqueó los dedos, convirtiéndose mágicamente el cuerpo de Amara en un tumulto de cenizas.
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