Retomando el tema de la semana inombrable, en este apartado, se presentará otro relato que también se basa en un juego maldito, y en sus consecuencias.
¿Quién es Angelina? Una con que sabe cosas. Se trata de otra alma en pena, esta vez, de una mujer de veintitrés años.
En vida, recibía múltiples abusos por parte de su familia al ser una niña no deseada. Sus hermanos mayores siempre tenían los mejores juguetes, y recibían la mejor educación, mientras que a Angelina la obligaban a vivir encerrada en el ático, a la espera de un milagro que jamás llegaría porque tal concepto no tiene vigencia alguna en Coldrick.
Sus padres la mal trataban con palabras hirientes, siempre le hacían saber que nunca la quisieron, que existía solo porque su abuelo materno obligó a su progenitora a parir, porque no permitiría que en su familia se cometiera el pecado de asesinar, así se tratara de un feto que no sabía nada de la vida.
El mismo hombre responsable de su mísera existencia, subía al ático con frecuencia y la abusaba sexualmente, siendo hipócrita al haber impedido un aborto, pero no el cometer actos incestuosos. Los hermanos mayores de Angelina también la violaban, haciendola sufrir un infierno en vida.
Ella los repudiaba, tanto que un día se cansó de todo. Una tarde de otoño, donde toda su familia había salido de paseo y —como siempre— la habían dejado encerrada, ella impactó su cabeza contra la ventana, haciendo que estallase en pedazos desiguales. Recopilando el amargo recuerdo de un par de horas atrás, donde uno de sus hermanos la obligó a practicarle sexo oral, cerró sus ojos confuerza y tomó uno de los vidrios para acto seguido, clavarlo contra su yugular y acabar con su vida.
Pero vagaba, su alma permanecía en el limbo ante su s******o. Ella había sido inocente y no merecía vivir como lo hizo, ¡ya no había marcha atrás! Pero j***r, Angelina deseaba haber sido mimada como sus hermanos, vivir una vida plena y normal, ignorante a los abusos... Deseada.
El fantasma de veintitrés años vagaba por la casa sin sentido, viendo desde su mundo paralelo las caras de su madre, padre, abuelo y hermanos. Sentía envidia, rencor, y unas ardúas ganas de ser tan consentida como sus hermanos.
Una noche, el diablo le concedió el privilegio de escribir una carta a su familia; ya fuese para asustarlos, para perdonarlos, o para hacerles saber que sería su tormento eterno. Angelina, aferrando sus dedos a la pluma y el tintero, escribió las siguientes palabras en una especie de pergamino:
"Abuelo, ¿recuerdas cuando me violabas? Claro que lo haces, si gemías como un cerdo sobre mi cuerpo, importándote una reverenda mierda la intensidad de mis lágrimas y súplicas de clemencia. ¿Recuerdas que me obligabas a mantener los ojos abiertos mientras me penetrabas frente a un enorme espejo? Porque querías que sintiera y visualizara el precio de ser un ejendro indeseado.
El hecho es que vivo detrás de ese espejo. Que loco, ¿no? El mismo diablo me dio esa idea, quiso hacerme perpetua allí para observar todos y cada uno de tus pasos, y también el de tu deplorable familia.
Si alguna vez deseas revivir los momentos incestuosos para follarte así sea a mi alma perdida, yo te estaré esperando, pero solo si me complaces también a mí.
No lo demostraba, pero sentía envidia, ¿sabes? Me hería el corazón ver cómo mis hermanos eran agraciados y yo no recibía ni migajas de un falso aprecio. No tuve infancia, ustedes me la arrebataron.
Mi única condición, es que me traigan un juguete para poder divertirme aquí en el limbo e intentar avivar mi inocencia así sea en el más allá. Pero exijo que el regalo me lo hagas de todo corazón, pues ahora sé ver a través de las almas, y podré descifrar si tu presente trae intenciones genuinas o hipócritas.
Eso es lo único que necesitas para invocarme, yo estaré esperando aquí, a través del espejo"
***
Wallace leía las palabras del pergamino a toda velocidad. ¡¿Qué mierda?! No solo estaba maldito por haber sucumbido al deseo y la tentación de Lilith, sino que ahora se enteraba de que su tatarabuelo era un incestuoso de mierda.
El chico aún intentaba procesar lo que estaba pasando. Bien, aunque para él fue solo una noche de copas, habían pasado veinte años en el mundo real. Estuvo en el infierno, jugó dominó junto al diablo y fue desterrado del averno por haber utilizado un término incorrecto, okey.
Estaba revisando su casa para buscar alguna pista de dónde estaban sus padres, por qué su hogar estaba tan solitario. Su cabeza daba vueltas, ahora se encontraba con este pergamino antiguo que escribió el presunto fantasma de su prima muchas décadas atrás.
¿Se estaba volviendo loco? Efectivamente, pero el papel entre sus manos era tan real como el suelo que pisaba. Ya no estaba borracho, ya no estaba en el infierno subterráneo, sino en el terrestre, a donde realmente pertenecía.
Wallace se dio cuenta de que no hayaría ninguna pista acerca de qué ocurrió con sus padres, preguntar a los vecinos no era una opción, ellos creerían que les estaba tomando el pelo.
Pero... Si lo que leía era cierto, podía invocar a su prima a través del espejo, ¿no es así? Se supone que ella veía todo lo que ocurría en esa casa, ella debía tener las respuestas.
Sin tiempo qué perder, Wallace casi salió disparado hacia el bazar del pueblo. Con unas cuantas monedas de cobre que consiguió en su antigua alcancía, pagó por una muñeca de trapo usada y regresó a su casa a paso apresurado, exactamente al ático.
Desmanteló el enorme espejo que se cernía recostado de una pared, toció un poco ante la excesiva cantidad de polvo, y lo removió con su mano, observando su reflejo difuso por el vidrio todavía sucio.
No le pasaría nada, porque estaba arrepentido de corazón del chico inmaduro, mujeriego y machista qué había sido hace veinte años. Y estaba completamente conmocionado por las palabras del pergamino, sintiendo una verdadera pena por lo que le ocurrió a Angelina.
Cuando el espejo estuvo completamente limpio, Wallace arrastró una silla de madera y se sentó frente a él, observó su reflejo unos cuantos minutos, comenzaba a verse penumbroso por la oscuridad de la noche, y por la escasa luz que entraba por la ventana que una vez había sido rota para que sus vidrios fuesen un arma s*****a.
Suspirando profundamente, Wallace apretó la muñeca entre sus manos y pronunció fuerte y claro:
—Quiero presenciar el reflejo de Angelina.
Una ventizca gélida arropó su cuerpo, haciendo que se estremeciera un poco. El polvo del suelo se convirtió en un nubarrón gris que se esfumó hacia una esquina de la habitación, encegueciendo al chico en el acto.
—¿Hola? —aquella voz femenina y tierna lo hizo abrir los ojos, y entreabrir los labios con asombro.
Wallace quedó embobado ante la imágen que tenía frente a él. Ya no veía su reflejo, sino a una muchacha sentada sobre una silla de madera; llevaba un vestido rosa pálido, zapatillas blancas, su cabello iba trenzado en dos coletas que descansaban sobre sus hombros, atadas con dos lados rosáceos. Las facciones de su rostro eran finas y delicadas, sus labios eran delgados, sus ojos grandes y cafés, al igual que los puntos que se esparcían por el puente de su naríz respingona.
Parecía una muñeca viviente, pero, en definitiva, no una tétrica ni con aspecto macabro. La muchacha era realmente hermosa, y su voz era tan suave y femenina que se acoplaba perfectamente al tono de una infante no mayor de ocho años.
—Mi nombre es Wallace —el hombre le dio un saludo cordial—, y traje esto para ti.
Al extender la muñeca, Angelina ladeó la cabeza, interesada. Wallace ocultó muy bien su asombro al ver cómo su prima fantasma se inclinaba hacia adelante y estiraba su brazo para recibir la muñeca, dejando a la vista del hombre su mano de carne y hueso salir, tomar su regalo, y luego llevarlo consigo al más allá.
La chica penetró con sus iris castañas los orbes de Wallace, esbozando una sonrisa risueña al vislumbrar que no estaba allí con malas intenciones.
—Es una dicha conocerte, Wallace. ¿Por qué me has invocado? —inquirió la fantasma, acariciando el cabello de estambre que portaba su nuevo juguete.
—Quiero saber si tú viste lo que ocurrió con mis padres. ¿Por qué se fueron? ¿Dónde están? —cuestionó Wallace con cierta incertidumbre.
—Sí sé lo que les pasó —le hizo saber la fantasma—, yo puedo ver todo lo que ocurre dentro de esta casa desde hace muchos años. Pero, primero hay otra cosa que debes saber.
»Como estamos en la semana inombrable, he de suponer que tienes conocimiento de las maldiciones que se desatan por ahí durante estos días —Wallace asintió—. Yo soy partícipe de una de esas maldiciones. Desde que me invocaste, me concediste el poder de manejar tu alma a mi antojo. Si la conversación marcha bien, te salvarás y continuarás con tu vida medianamente normal; pero, si llegas a decir algo que no sea de mi agrado, o a actuar de manera irrespetuosa, mi espejo absorberá tu alma y serás condenado a habitar dentro de él hasta el día de tu juicio, donde Dante dictaminará tu sentencia y te enviará al círculo que vea prudente.
Wallace pasó saliva invisible, asintiendo con lentitud, asimilando aquellas palabras en su mente.
Al aceptar los términos y condiciones, Angelina se recostó del espaldar de su silla y comenzó a aclarar pacíficamente la duda que le carcomía las entrañas a su primo.
—Al ver que no regresabas, tus padres salieron de casa durante la madrugada. Eras un rebelde, pero nunca amanecías en la calle, eso fue lo que los alarmó. Primero fueron a casa de Andrea, tu exnovia, ella les contó todo el embrollo que hubo entre ustedes.
»Al salir, un vagabundo que transitaba por aquellos lares les dijo que te vio tomar el sendero del lago. Tus padres sabían que debías estar muerto, ya que eran fieles creyentes de las maldiciones de Coldrick. Siendo contradictorios a sus principios, decidieron caminar exactamente por donde habías pasado tú, esperando encontrarse con alguna pista, pero una voz se coló por sus tímpanos y los hechizó, haciendo que se ahogaran en el lago encantado.
Las cuerdas vocales de Wallace estaban hechas un nudo, su estómago se revolvió al instante y sus dedos temblaban por el atribulamiento que lo embargaba. ¡Sus padres habían muerto por su estúpida culpa! No solo cargaba con las ruinas de una noche, sino con las de una muerte injusta, causada por su rebeldía.
Tras varios minutos de silencio, Wallace encontró su voz nuevamente, aunque desquebrajada.
—¿Y cómo viste todo eso? Se supone que no puedes salir completamente del espejo, ¿cómo sabes lo que pasó con tanta exactitud?
Angelina continuaba acariciando su muñeca, una pequeña sonrisa traviesa surcó sus labios.
—Tienes razón, Wallace. No puedo salir del espejo —emitió la fantasma, solemne—. Pero sí puedo trasladarme a otros, a todo lo que pueda emanar un reflejo, en realidad.
»Me pasé a los retrovisores de los autos que estaban cerca de donde ellos caminaban, después me metí en el espejo de la sala de la cada de Andrea, y allí escuché la conversación. Después me transporté al lado, camuflándome con el reflejo de la luna en el agua...
Wallace sentía los latidos de su corazón proyectarse en sus oídos. Toda aquella explicación llevaba a una sola cosa, a un destino muy turbio, pero inequívoco...
—¿Tú fuiste quien los ahogó? —tuvo la valentía de preguntar, aunque con voz temblorosa.
La sonrisa maliciosa de Angelina confirmó lo que él ya sabía.
—¡Maldita, maldita, maldita! —exclamó, horrorizado —¡Maldita!
La expresión de la fantasma se contrajo. A pesar de saber que estaba maldita, el que un humano la llamase de tal forma la ofendió por completo. El tono de su voz tuvo un cambio drástico, las facciones de su rostro ya no parecían hechas de porcelana, sino esculpidas en concreto rústico.
Wallace continuó destroticando una extensa serie de improperios hacia Angelina mientras halaba las hebras de su azabache cabello con vehemencia.
Unos dedos se aferraron a los tobillos de Wallace, haciéndolo caer abruptamente al suelo polvoriento. El hombre lloraba a moco suelto a medida que estornudaba consecutivamente por la piquiña de su naríz, las lágrimas obstaculizaban su vista, más luchaba por poder vislumbrar lo que pasaba con exactitud.
Quizo liberarse del firme agarre a sus talones pero, por algún motivo inexacto, sus manos permanecían rígidas a los costados de su cuerpo. El pánico le impidió luchar por su estadía en la tierra, envolviéndolo por completo en un estado de inutilidad.
Cuando pudo movilizar sus dedos, fue en vano. Lo último que palparon sus yemas fue el marco del espejo, después, el ático de aquella casa encantada se sumió en un completo silencio que era acompañado por la penumbra de una noche sin puntos titilantes en el cielo.
Angelina extendió una mano a través del cristal y alcanzó una cobija para cubrir el enorme espejo y acto seguido transportarse al averno con su nueva víctima y juguete.