Este mito se remonta a la época Colonial, donde Rigoberto Castellanos descubrió un pequeño pueblo inhóspito y deteriorado. Él se encontraba de paso, con la intención de llegar a la cuidad que se situaba a unas cuantas horas, pero su curiosidad lo obligó a dar la vuelta sobre su yegua.
Cabalgó por todas y cada una de las calles desoladas sin comprender el por qué no tenían habitantes. Habían muchas casas construidas con barro, incluso el camino era de un perfecto bajarete, era como si el lugar estuviese esperando a ser descubierto...
Rigoberto estaba demasiado extrañado ante la perfección del lugar, pues lucía hermoso y conservado, más no habían pertenencias en ninguna parte que indicasen que se trataba de un pueblo abandonado.
El hombre pensó seriamente en su madre y en sus hermanos con familias relativamente grandes. Todos vivían una situación económica complicada, la aldea donde vivían estaba sobrepoblada e incluso se hacía complicado llevar alimentos a los hogares.
Rigoberto estaba viajando por aquellos lares con la esperanza de encontrar algún trabajo que mantuviese a su familia en una posición económica considerablemente buena. Él era el único de los cinco hijos que todavía no encontraba a la mujer de sus sueños para formar una familia, entonces se dio a sí mismo la responsabilidad de ayudar a los otros.
Sin tiempo que perder, dio la vuelta y cabalgó de regreso a su aldea.
Al llegar a casa, dio a todos la maravillosa noticia de que había descubierto un pueblo solitario a cuatro días de viaje, perfecto para mudar a los suyos y a unos cuantos vecinos.
En menos de un año, aquel pueblo sinuoso ya contaba con una pequeña población. Su fundador, Rigoberto Castellanos, le había otorgado el nombre de Coldrick al inaugurar la estatua de sí mismo esculpida en concreto, situada al inicio de un precioso boulevard.
Rigoberto se convirtió en el hombre más respetado por los pobladores, después de todo, él fue el salvador de la hambruna que se avecinaba en la antigua aldea donde vivían.
Una tarde, de esas donde el sol no tiene compasión con nadie, Rigoberto se encontraba echándose aire con un trozo de cartón, intentaba aniquilar el calor mientras se echaba una partida de damas chinas junto a sus hermanos.
A lo lejos, visualizó a una mujer cruzar la entrada del pueblo. Vestía un ropaje bastante elejante, el enorme sombrero protegiendo su cabello era lo más atrayente de su imágen. Pese a no poder observar su rostro por el abanico que lo ocultaba, el fundador del pueblo había quedado hipnotizado al observar aquellos dedos finos mover el abanico con destreza.
—Hombre, te toca mover —le avisó uno de sus hermanos.
Pero él ya se había levantado de la mesa, inconforme de no conocer más que la belleza superficial de aquella mujer.
—Rigoberto Castellanos, fundador de la tierra que pisan su sofisticado calzado —se presentó al estar frente a ella—. Bienvenida a Coldrick, espero que su estadía sea agradable y lo suficientemente hóspita para un futuro regreso.
La mujer le ofreció su mano con delicadeza, y una sonrisa oculta por el abanico se formó en sus labios ante el beso del hombre en sus nudillos.
—Mikaela Collins, es un verdadero placer conocerlo —saludó.
—Me veo en la grata dicha de asegurarle que el placer es todo mío —contestó él con amabilidad.
La mujer apartó el abanico de sus labios pintados con una fina capa de néctar natural, y lo encaró con los ojos chispeantes de intriga, pero sin abandonar en ningún momento su postura regia.
—Ha de ser un placer recíproco, porque permítame confesarle que su presencia a agradado mi vista, señor Castellanos.
Ambos mantuvieron un contacto visual que expresaba todo y a la vez nada. Pero los dos comprendieron de inmediato que la búsqueda del amor eterno había terminado.
Aunque ella no quiso admitirlo para no torcer su modales de dama, la imágen del hombre caminando hacia ella había hecho que su corazón se estremeciera.
Si eso no era amor a primera vista, esperaban que se convirtiera en una aventura que marcase la vida de los dos...
***
Mikaela había estado de paso por el pueblo, pero el estar en compañía de Rigoberto la convenció de quedarse a vivir en Coldrick.
Luego de tres semanas, la mujer se encontraba mirándose en un espejo mediano. Estaba lista para contraer matrimonio con el amor de su vida.
Pese a llevar tan poco tiempo conociendo a su prometido, nadie se atrevía a decirle que era muy apresurado contraer nupcias, pues a leguas se notaba la conexión que tenían. Ellos habían nacido para encontrarse.
Mikaela se subió al carruaje con una sonrisa radiante mientras agarraba la falda de su vestido. El velo delante de su rostro ocultaba el brillo de sus ojos, pero la premura por llegar a la capilla sí que demostraba su emoción.
Su sonrisa no disminuyó cuando el carruaje se estremeció, supuso que alguno de los caballos intentó desviarse del camino.
Pero la verdad es que el verdadero caos no hace ruido, porque el jinete mi siquiera tuvo tiempo de lanzar la advertencia de peligro antes de que el carruaje cayese por un acantilado.
***
Doscientos cuarenta y cuatro años después.
La noche estaba iluminada por una gran cantidad de estrellas, los puntos efímeros adornaban la oscuridad del cielo y acompañaban a la luna llena en un hermoso espectáculo visual.
Noah Pitters, una muchacha simple y delicada, se encontraba pasando una pincelada de rubor por sus mejillas. Quería verse más bonita de lo usual porque esa noche significaba mucho para ella, era el primer aniversario junto a su novio.
—Te estás poniendo muy hermosa, cuidado te topas con Froda en el camino —comentó su padre, entrando en su habitación.
—Ay, papá —ella rodó los ojos—. No empieces con tus mitos sobre el pueblo. Prometiste dejarme disfrutar esta noche fuera de casa —le recordó.
—Está bien, está bien. Pero cuídate mucho y no regreses muy tarde —dijo su progenitor, depositando un beso en su frente.
Noah buscó el regalo que le había hecho a su novio y lo envolvió con mucho cuidado de que no se quebrara. Christian amaba coleccionar cosas, y una de ellas eran las botellas con barcos dentro. La chica suspiró con ternura y salió de su casa, estaba segura de que a su novio iba a gustarle el regalo.
***
La velada transcurría de maravilla, Christian y Noah permanecían recostados del techo de un almacén abandonado, ambos miraban las constelaciones mientras él tocaba la guitarra.
—Ojalá pudieramos dejar el pueblo —deseó ella mientras lo abrazaba.
—Oye, está maldito y eso. Pero Coldrick no es tan malo, después de todo.
Noah bufó.
—Es aburrido tener que vivir sumisos bajo los rumores de leyendas infinitas. Las normas son demasiadas. ¿Sabías que en otras localidades no existen las prohibiciones tan ridículas que aquí sí?
—¿Y? Las normas son para mantenernos a salvo —recordó Christian, dejando su guitarra a un lado.
—¡Ni siquiera podemos casarnos! Las bodas quedaron estrictamente prohibidas hace cientos de años porque la novia del fundador del pueblo murió antes de poder llegar a la ceremonia. ¡Eso no es justo!
—¿Y tú quieres casarte conmigo? —inquirió él con un ápice burlista.
—¿Acaso tú no? —Noah frunció el ceño.
—No lo veo necesario. Sabes que te amo y yo sé que tú también me amas, demostrar amor me parece suficiente. La boda es solamente algo innecesario hoy en día, ¿sabías que en otras localidades las personas permanecen juntas sin necesidad de casarse?
—Pero...
—¿Acaso crees que voy a dejar de amarte si no me caso contigo? ¿Esa es tu preocupación? —Christian arqueó una ceja.
—Es que...
—¿Me amas?
—¿Qué? Por supuesto que te amo, solamente quiero decir que...
Pero Christian la cayó con un beso al recibir la única excusa que necesitaba para por fin hacer lo que tanto había querido. Él la besó mientras se quitaba la chaqueta que llevaba puesta y así, conseguía desnudar su torso.
Cuando Noah vio la intención de su novio al besarle el cuello, quiso apartarlo con suavidad, pero él continuó insistiendo con los labios contra su piel.
—No, espera —Noah logró detenerlo.
—¿Qué pasa? —cuestionó Christian con los labios rojizos y el cabello despeinado.
—¿No es muy pronto? —inquirió la chica, apenada.
—¿Pronto? Ya llevamos un año de relación, ¿todavía te parece pronto? ¡Dices que me quieres, pero no colaboras para llevar la relación más allá de un beso!
—Christian... —la cara de la chica se acoloró de la vergüenza—. Lo siento, es que...
—Cierra la boca, Noah —zanjó él, colocándose nuevamente su chaqueta—. No sé qué mierda estaba pensando al meterme con una niñata tan ridícula e inmadura como tú.
Los ojos de Noah comenzaban a cristalizarse.
—Christian, pero... —el aludido se levantó para irse—. ¡Christian, espera!
Noah agarró su bolso y salió corriendo detrás de él, bajando desesperadamente las escaleras.
—¡Christian!
—¡¿Qué coño quieres?! —él se volvió hacia ella con una postura vehemente e intimidante.
—Es q-que, yo... T-te había hecho un regalo —balbuceó, sacando la botella de su bolso.
Pero Noah no pudo haberse visto más ridícula que con su cara de perrito remojado y con la pequeña botella en las manos. Christian, preso de la molestia, agarró su presunto regalo y lo estampó contra el suelo, desquebrajándolo en puros trozos de vidrio y madera partida.
Noah soltó un sollozo, cayendo dramáticamente de rodillas al suelo. Christian continuó con su camino sin mirar atrás, aparte de pisar el suelo al alejarse, aplastando también el corazón de la chica.
Noah lloraba desconsoladamente, ella estaba demasiado enamorada, ¡¿por qué dolía tanto?! Su pecho se oprimió al notar que él había estado todo ese tiempo en la relación solamente para acostarse con ella. Durante doce meses creyó que Christian estaba enamorado de sus ilusiones, cuando en realidad deseaba tener más que espectativas de su desnudez.
La chica agarró uno de los vidrios del suelo y lo colocó sobre su muñeca, dispuesta a costarse las venas tal y como la realidad había cortado su felicidad. Pensaba que no podía sentirse más estúpida al estar a punto de tomar la decisión de acabar con su vida, pero, ¿realmente se puede romper un corazón sin dejarle a su portador una tentación s*****a?
Pero un soplo de esperanza la hizo sobresaltarse y soltar el vidrio. Unas risas se escucharon a lo lejos, risas femeninas que se iban acercando hacia donde ella estaba.
Noah quiso salir corriendo para que nadie viera su aspecto tan feo, pero la decepción le impedía moverse de donde estaba, así que sólo intento renaudar el ritmo de su respiración y aguardar a que las transmisoras de aquellas risas se encontraran con ella.
Al pasar un par de minutos, tres chicas de edades aparentemente contemporáneas aparecieron en la escena. Al visualizar a la chica de aspecto lastímero, tirada en el suelo, se acercaron a socorrerla.
—Oye, ¿estás bien? —cuestionó la que parecía ser la mayor de las tres.
Noah se preguntó internamente si también luciría patética al intentar responder de manera afirmativa. No se arriesgó. En su lugar, negó con la cabeza.
—Ven, déjame ayudarte —ofreció la desconocida, pateando lejos de sí los trozos de vidrio para evitar accidentes.
Noah se levantó con ayuda de la chica y las otras dos se acercaron para ver qué ocurría.
—Soy Cayetana —se presentó la mayor—. Esas dos son mis primas, Emilia y Ariana.
Las aludidas sacudieron sus manos en señal de saludo.
—Ehhh... Veníamos a tomar algo mientras nos recostábamos del techo, la noche está muy bonita y toda la cosa —explicó Cayetana al ver que la desconocida ni se había molestado en presentarse—. ¿Te gustaría acompañarnos?
Noah quiso salir corriendo de aquel lugar, deseó que la tragara la tierra y que no la escupiera nunca. Más se contuvo de huír al ver que, la que se llamaba Emilia, llevaba un dos botellas de tequila en las manos. Noah supuso que no le vendría mal ahogar las penas.
Al asentir, todas subieron las escaleras hasta la azotea y se acomodaron para ver las estrellas.
—¿Cómo te llamas? —Ariana se dirigió hacia la chica que habían encontrado.
—Noah —contestó ella con apenas un soplo de voz—. Me llamo Noah.
—Bueno, Noah... No quiero ser imprudente, pero, ¿por qué estabas llorando a mitad de un almacén abandonado?
La susodicha abrió la boca para explicar, pensando que desahogarse estaría bien, pero Cayetana habló en su lugar.
—Ariana, decir que no quieres ser imprudente no te da derecho de hacer una pregunta de tal aspecto —puso los ojos en blanco y se volvió hacia Noah—. No tienes que contarnos si no quieres, solamente queremos hacerte sentir bien un rato con nuestra compañía bajo el mareito del tequila.
Noah le regaló una sonrisa torcida.
—No hay problema —aseguró y tomó una gran bocanada de aire—. Hoy estaba cumpliendo un año de relación con mi... Con mi ex novio —intentó tragarse el nudo que crecía en su garganta—. Estábamos aquí arriba hace rato, yo le estaba contando que me gustaría vivir en otra parte para poder casarnos y él me salió con un montón de estupideces que no vale la pena ni repetir.
»El caso es que quiso acostarse conmigo, utilizando la excusa de que lo amo. Entonces yo le dije que me parecía muy pronto, y él se puso a gritarme un montón de insultos, rompió el regalo que le había hecho y se fue... Al ratito llegaron ustedes y bueno, acá estamos.
Las tres primas abuchearon el relato y comenzaron a soltar comentarios desagradables sobre el chico, aminorando un poquito el dolor de Noah.
—Es un patán que no vale la pena —aseguró Emilia—. El tener un año de relación no te obligaba a acostarte con él si simplemente no te sentías preparada todavía.
—Sí —Cayentana la secundó—. No te sientas mal por ese bobo, reina. Aquí en Coldrick todavía hay varios solteros que sí son caballeros que aman de verdad. Total —se alzó de hombros—. Por los ex's no se llora, uno los reemplaza.
Ariana y Emilia asintieron, estando de acuerdo.
—Sí, chica. Un trago para celebrar que rompiste con ese desgraciado —propuso Ariana, sirviendo cuatro shots.
Todas bebieron el suyo con un respectiva succión de limón con sal.
—Tengo un amigo que es tremendo malo, de seguro podría partirle la jeta si se lo encuentra por ahí —comentó Cayetana.
—No es necesario —aseguró Noah, arrugando las cejas por el trago.
—Ay, boba, claro que sí. Te rompió el corazón, deja que al menos alguien le destroce la naríz —insistió la mayor—. Tú nada más dame el nombre y ya el tipo tendrá una paliza asegurada.
Noah estuvo por negar de nuevo, pero la verdad era que la idea no le desagradaba tanto. Esas chicas como que la estaban influenciando, pero se sentía bastante cool.
—Bueno, se llama Christian, Christian Ituño.
Cayetana ladeó la cabeza y volteó a ver a Ariana inmediatamente.
—Ari...
—¡Oh, maldito! —exclamó la aludida—. Christian Ituño, ¿estás segura?
Noah asintió sin comprender su reacción tan repentina.
—Christian Ituño, rubio, alto, ojos azules...
—Ajá, que sí —dijo Noah, secamente.
—Pero...
—Ariana, en efecto, están hablando del mismo Christian —Emilia reprochó la actitud de su hermana.
Ariana agarró la botella y se empinó un trago tan largo que Cayetana tuvo que quitársela.
—¡Se suponía que Christian era mi novio! —chilló.
La noche fue testigo de otro corazón roto.
Noah sintió una punzada de rencor atacar su pecho, pero no hacia la chica, sino al condenado mentiroso que las había envuelto con sus labias.
—Pues qué placer conocerte, socia —ironizó, echándose también un buen trago de tequila.
—Bueno, bueno. Ya el tipo tiene dos palizas aseguradas —dijo Emilia—. Cambiando de tema, ¿cómo es eso que querías casarte con él? Si sabes que está prohibido, ¿verdad?
Noah frunció los labios, exhalando con fastidio.
—De eso discutíamos precisamente. Yo le estaba contando que deseaba poder vivir en otra parte, pero él estaba ahí todo negativo restregandome la realidad —relamió sus labios.
Cayetana le puso una mano en el hombro para transmitir empatía.
—Es muy triste lo que pasó con el fundador del pueblo, la verdad —puso una mueca de verdadero pesar—. No eres la única persona frustrada con el deseo de contraer un matrimonio imposible. No conozco a nadie más igual, pero de seguro que alguien habrá.
Sus primas soltaron risas por sus palabras, pero Cayetana les lanzó una mirada furibunda, indicando que no estaba bromeando.
—¿Conoces la historia? —inquirió Noah, abrazándose a sí misma por el frío que estaba haciendo.
—Sí, algo sé. ¿Tú no?
—Mi padre se la pasa contándome las leyendas del pueblo, pero la verdad es que no me ha hablado mucho de su fundador, solamente que es un alma en pena.
—Pues sí —Cayetana le dio la razón—. En vez de una leyenda, lo creo más un mito, pues nadie me ha dicho a la cara que ha visto el fantasma de Rigoberto por ahí.
»Bueno, se dice que su prometida tuvo un accidente, los caballos que guiaban su carruaje se descontrolaron y todos se fueron por el acantilado que está saliendo del pueblo. Rigoberto estaba tan enamorado y dolido, que decidió suicidarse para poder amar a Mikaela eternamente en el más allá.
»Pero parece que no fue suficiente, ya que supuestamente vaga por la carretera a altas horas de la noche, causando accidentes viales. Eso es lo que se dice, sabes que otra de las normas es no manejar por ahí a estas horas. Quienes lo hacen, son encontrados a la mañana siguiente, sin vida.
Noah se estaba sirviendo un quinto shot cuando Cayentana terminó de hablar.
—¿Eso es todo? —cuestionó Emilia, decidiendo ser partícipe de la conversación.
—Ajá.
—Es como absurdo, ¿no te parece? —se acercó Ariana también—. Digo, es una lástima todo lo que ocurrió, pero el luto es muy exagerado como para no dejar a otros casarse.
—Ah, no. No es todo —Cayetana rascó su cabeza—. Parece que el fantasma de Rigoberto, harto de ser infelíz en el más allá, se lleva a la tumba también a las personas tres días después de casarse.
—Uy, se me erizó la piel y todo —Emilia se pasó la mano por los hombros.
—Pues sip, es hasta egoísta el Rigoberto —opinó Noah, después miró a la mayor—. Pero, ¿sigues creyendo que es un mito?
—Es que es demasiado extraño —bufó—, ¿matar a los demás después de casarse sólo porque tú no pudiste hacerlo? De paso, me parece que no tiene nada que ver que las personas conduzcan por ahí a esta hora, ya eso como que se sale del tema.
—Vamos a ver —fue lo que pronunció Emilia—. Salgamos de dudas entonces, ¿quién se anima?
—¿Estás loca? —su hermana le golpeó el antebrazo —Ya no habrá más alcohol para ti, está alborotando tu atrevimiento.
—Ah pues...
—¿Sabes que no está ni mala la idea? —la mayor de todas puso una mueca, considerando la proposición de su prima.
—¡¿Qué te pasa?! —Ariana chilló.
—¿Te apuntas? —Cayetana ignoró adrede a la paranóica de su prima y se concentró en Noah.
La chica pareció dudar, pero ya por sus venas corría más adrenalina que sangre.
—Me apunto.
—¡¿Pero qué mierda tienen en la cabeza?! —Ariana continuó soltando reproches con horror en su tono—. ¡Por algo está prohibido! ¡Entiendan que no han escuchado la historia de un sobreviviente porque en realidad nadie ha vivido para contarlo!
—Ay no —pronunció Emilia, levantándose—. Bájale tres al estrés, no vayas si no quieres. Nosotras si vamos a ir para ver qué pasa con el viudo frustrado ese.,
***
Media hora más tarde, las cuatro se encontraban reunidas en la sala de la casa de Cayetana. Ariana se mantenía ajena a su plan extraño y rebelde mientras se dedicaba a ojear una revista.
—Entonces, si lo vemos, le preguntamos por qué sigue haciendole daño a los que manejan por ahí —Emilia repasó el plan, tronando sus dedos.
—Sí, necesitamos saber por qué es tan frustrado después de muerto —Noah rodó los ojos.
Cayetana estaba terminando una especie de comunicador antiguo, utilizando una bola de estambre y dos latas recicladas. A pesar de que a Ariana le parecía estúpido lo que las chicas estaban por hacer, quería asegurarse de que estuvieran bien, por eso sugirió armar lo de las latas.
Así que, con el plan y el comunicador armado; Emilia, Noah y Cayetana se subieron al auto del padre de la última.
Ariana suspiraba a medida que la bola de estambre se alargaba y escuchaba comentarios burlistas sobre el difunto fundador del pueblo.
En la calle, todos observaban con espanto el auto. Muchos ancianos gritaron como pudieron hacia aquellas chicas que conducían hacia su propia perdición. El corazón de cada espectador dio un vuelco cuando Cayetana pisó el acelerador al salir de Coldrick, dejando un espeso nubarrón de humo a su paso.
—Ari, ya salimos —avisó Emilia con la boca contra la lata.
—Pues que maravilla —contestó la aludida con un notable mal humor.
Cayetana disminuyó la velocidad por la oscuridad que abrazaba al asfalto. Noah, desde el asiento trasero, se inclinó hacia adelante para ver mejor.
—Miren, ahí está —señaló hacia el frente con los ojos bien abiertos.
—Sí, creo que sí —contestó la copiloto—. Luce tan real...
Un hombre de aspecto conservado se encontraba sentado a un costado de la carretera. Vestía una camisa manga larga de botones, pantalones ocre con suspensores a juego y zapatos bien pulidos, el hombre bebía de una petaca mientras mantenía los ojos cerrados.
A pesar de que apenas estaban saliendo del pueblo, y que por ende faltaban unos minutos para llegar al sitio exacto donde ocurrió la tragedia, las tres supieron que ese era el fantasma con el que querían encontrarse.
Noah se empinó la botella de tequila a medida que se acercaban hacia el viudo en pena.
Emilia fue la primera en bajar del auto, Cayetana tamborileaba los dedos sobre el volante mientras Noah agarraba la lata para acercarse también al tipo con apariencia de vago decente.
—Señor, ¿podemos ayudarlo? —inquirió Noah al estar de pie junto a él.
—Mi mujer murió, no creo que puedan hacer nada por mí —contestó él con su voz rasposa y seca.
—Está muy tarde para transitar por estos lares tan inhóspitos, ¿no le parece? —insistió Noah.
Ariana, en el pueblo, no podía creer lo que estaba escuchando a través de la lata.
El hombre volvió a negar con la cabeza mientras le daba otro trago al misterioso contenido de su petaca.
—Al menos podemos hacerle compañía, también tenemos alcohol —ofreció Emilia, alzando la media botella de tequila que les quedaba.
El tipo se alzó de hombros sin prestar mucha atención a la presencia de las féminas.
—Por cierto, me llamo Emilia. Ella es Noah, y la que nos observa desde el auto es mi prima, Cayetana.
Incluso el tacto del hombre al estrechar las manos de las muchachas se sintió demasiado real, como si no estuviesen interactuando con un presunto espécimen maldito.
—Pueden llamarme señor Castellanos —respondió a secas, mostrando que no le interesaba sonar simpático.
Noah y Emilia arrugaron las cejas ante las palabras del hombre. Ninguna conocía el apellido del fundador de Coldrick, fue extraño que aquel hombre no se presentara con su nombre. También era demasiada casualidad que luciera como alguien vivo, y si... ¿Y si en realidad era un humano y ellas sólo lo estaban confundiendo?
Pero dijo que su mujer había muerto. Todo era tan confuso...
Las chicas decidieron convencerse de que era una simple casualidad. Así como las primas se acercaron a ayudar a Noah, ellas querían echarle una mano al pobre hombre despechado.
La ignorancia es un arma de doble filo. Oh, debieron tomarse el atrevimiento de preguntar su nombre, así no hubiesen caído en la misma trampa que los demás enrredados en la maldición...
Que admirable podían llegar a ser las almas en pena para arrastrar a las víctimas consigo al inframundo. Rigoberto Castellanos era todo un maestro del disfraz.
Noah y Emilia lo ayudaron a levantarse y lo subieron al auto. La primera se acercó a Cayetana para explicarle la situación.
—Este no es el señor que andamos buscando, pero podríamos acercarlo hasta el cementerio, nos ha dicho que caminaba hacia allá para visitar la tumba de su esposa, y que lo hemos encontrado mientras tomaba un descanso.
Cayetana no rechistó y encendió nuevamente el auto para llevar al hombre al cementerio, el panteón se encontraba a pocos kilometros de la salida de Coldrick.
—Parece que el fundador no se acercó esta noche a espantar —se burló Noah, hablándole a la lata—. O tal vez debamos dar créditos a la creencia de Cayetana, quizás era un simple mito que se ha mantenido vivo por el simple hecho de que su protagonista era el hombre más respetado por todos.
Las tres se convencieron de ello y no se molestaron en poner en duda el engaño en el que ellas mismas se habían metido.
Al poner en marcha el auto, todos guardaron silencio, pero el desconocido lo rompió al abrir la boca después de varios minutos:
—¿Ven esa curva de allí? —inquirió, señalando hacia el frente, exactamente donde había ocurrido el accidente de Mikaela Collins un par de siglos atrás.
—Sí —afirmaron todas al unísono, esperando alguna especie de relato escalofriante.
Pero sus rostros palidecieron ante el comentario turbio e inequívoco del hombre maldito.
—Ahí fue donde me suicidé.
Tras pronunciar aquello, el fantasma de Rigoberto Castellanos comenzó a gritar con fuerza. El grito era tan agudo que lastimó los tímpanos de las tres chicas. Cayetana tuvo que apartar las manos del volante para llevarlas a sus orejas ante el sonido tan irritante que emitía el viejo.
El vehículo se descontroló en plena curva, llevándolas al mismo destino que Mikaela.
Incluso la lata que le pertenecía a Ariana, escapó de sus manos para ser arrastrada también al mismo precipidio. La muchacha, sin tener conocimiento de lo que realmente estaba pasando, corrió hacia donde se dirigían los metros de estambre.
A pesar de que sus piernas ardieron, no se detuvo hasta llegar a la dichosa curva, donde una espesa niebla abrazó su cuerpo, dándole las condolencias por su pérdida.
El llanto de Ariana era fuerte y desgarrador, a pesar de saber que ese sería el final de aquella rebeldía, no pudo evitar sentirse fatal por la ausencia de su hermana y de su prima.
Sus ojos cristalizados por las lágrimas captaron un movimiento en el borde de la curva, las manos de un hombre se aferraron al asfalto, hombre que acto seguido se impulsó hasta quedar de pié.
Los dos compartieron un contacto visual. Ariana se sentía perdida, asegurándose en sus adentros que ya su existencia no tenía sentido sin su hermana.
Rigoberto extendió los brazos a los costados de su cuerpo y Ariana, hipnotizada por la ansiedad, corrió hacia él para dejarse caer también por el acantilado.