Camino despreocupadamente por la ascera con las manos dentro de los bolsillos de mi pantalón mientras tarareo una canción de Billie Eilish. Al llegar al pequeño Boulevard, me situo como si nada junto a la estatua que representa al fundador de Coldrick y doy golpesitos al mármol con mis nudillos para que en el interior reciban mi clave secreta en código morse.
Miro hacia todas direcciones y, al asegurarme de que nadie observa hacia donde estoy, empujo la estatua y empiezo a bajar las escaleras del subterráneo con una linterna de bolsillo guiando mis pasos.
Bajo una cantidad de escalones que se me hace casi infinita, más alejo la idea de mi mente al encontrarme el largo pasillo grisáceo que se cierne frente a mí. Varias personas con batas médicas me saludan mientras camino a mi sala correspondiente. Al adentrarme, desinfecto mis manos y me coloco mi respectiva bata médica para comenzar con mi labor.
Oh, permíteme explicarte un poco de esto. Mi nombre es Marcos Kevler, justo ahora, me encuentro dentro del laboratorio clandestino donde comencé a trabajar hace seis meses, me han contratado como enfermero. El laboratorio está situado bajo tierra para poder llevar a cabo ciertas operaciones prohibidas. ¿Podrías guardarme el secreto? Presumo que sí, después de todo, los espíritus de Coldrick no alaban a los soplones, je.
Desde hace unos cinco meses, el laboratorio ha estado trabajando en una droga intravenosa que se encarga de dejarte en un estado de coma donde puedes soñar con cualquier fantasía mientras que, a la vez, te olvidas por completo de tu miserable vida en este pueblo literalmente maldito. La denominaron Catalepsia por las funciones que cumple.
Aunque me interesa, yo no trabajo en el área de su creación. Yo me encargo de velar por la salud mental de los pacientes que son sometidos a la droga. El laboratorio no ha podido comenzar a distribuir la Catalepsia a las afueras porque hay ciertos fallos en sus funciones. No te preocupes, nadie ha muerto, el problema radica en que produce ciertos efectos secundarios que no deseamos que los pacientes experimenten.
En la mayoría de las personas que la prueban, manifiesta una especie de trastorno completamente desconocido hasta por los psiquiatras. Casi podría decirse que se trata de un severo cuadro de ezquizofrenia, pero no estamos completamente seguros de ello.
Los que no sufren trastornos obsesivos luego de despertar del efecto, aseguran que han tenido pesadillas horribles, algunos dicen que han visitado el purgatorio, y otros sólo empiezan a balbucear incoherencias.
Al taclear mi código personal en la pantalla que se situa a un lado de la puerta que conduce a mi piso correspondiente, avanzo por el pequeño pasillo mientras tomo una carpeta y miro desde afuera a mis cinco pacientes.
Dos de ellos están dormidos, aún sumidos bajo el efecto de su dosis quincenal.
Echo un vistazo a la ventana del tercer cubículo, encontrándome con Eva, la paciente número 648. Es una de las que ha desarrollado un trastorno obsesivo y algo macabro, si se me permite opinar personal y no profesionalmente. Eva suele arrancar sus hebras de cabello y jugar con ellas entre sus dedos, dice que son demasiado hermosas como para tenerlas solamente en su cabeza. Un consejo, debes colocarte una gorra antes de ir a visitarla.
Avanzo hacia la puerta número cuatro y tomo nota del comportamiento de la otra paciente, se llama Evelyn, es la hermana gemela de Eva. Evelyn tiene tendencias psicópatas y suicidas, dice que está enamorada de la sangre, el espeso líquido carmesí le causa un extasis inefable. Suele hacerse daño a sí misma con el fin de ver sangre, es una paciente especial, usa camisa de fuerza.
Me situo frente a la ventana del último cubículo y veo a mi paciente mayor jugar con un marcador entre los dedos. Se llama Cristobal, es uno de los que asegura haber pisado el purgatorio mientras están bajo los efectos de la Catalepsia. Enfoco su cuerpo un poco y logro visualizar la frase que escribe a lo largo de la pared: En el infierno hay más diversión.
Niego consecutivamente con la cabeza mientras apunto en mi carpeta que Cristobal no demuestra mejoría.
Cuando me doy media vuelta para abandonar el pasillo con el propósito de ir a mi oficina que se encuentra en el primer piso, giro mi rostro hacia la derecha y observo que el primer paciente que me asignaron ha despertado. Su número es 045, y asegura que no recuerda su nombre real después de haber despertado de nuestro primer tratamiento. Así que todos lo llamamos 045.
045 es uno de los que tiene pesadillas constantemente, suele perder la paciencia rápido y siempre se encuentra hablando solo y pronunciando cosas sin sentido, aunque él asegura estar hablando con el diablo. Lo mantenemos dopado la mayoría del tiempo porque sus palabras suelen asustar al personal médico.
Sonrío cuando mira algunos puntos de la habitación y vuelve a acostarse con la sábana tapando hasta su cuello.
Al dirigirme a la salida, veo a Flor, la paciente del primer cubículo. Está golpeando la cámara de Gesell que es como una ventana desde aquí afuera, y dentro del pequeño cuarto parece un insulso espejo. No pude oírla, pues las habitaciones están insonorizadas.
Me acerco hasta ella, al igual que Evelyn, es una paciente delicada. Nuestro error fue experimentar con ella sin antes examinarla bien. Flor sufre de un trastorno de personalidad, la Flor real es una muchacha indefensa de veintitrés años, pero la personalidad que la mantiene atrapada es la que ha sido sometida a la droga, y los efectos que ha desarrollado son demasiado perturbadores... Yo nunca la he visto, pero los vigilantes nocturnos aseguran haberla visto moviendo objetos sin siquiera tocarlos. Matilda y ella, pues.
No me atrevo a poner en duda aquellos rumores. En Coldrick, cualquier anormalidad puede suceder.
A pesar de que creemos que sus supuestos poderes mágicos no son un efecto secundario sino algo de su nacimiento, hemos decidido dejarla internada, ya que en el pueblo no hay ningún lugar especializado para tratar su caso.
Al asegurarme de que mis cinco pacientes están relativamente estables, salgo del pasillo y subo las escaleras al primer piso para pasar el resto de la jornada dentro de mi oficina.
***
Me encuentro tacleando algunas cosas en mi ordenador para adelantar un poco de trabajo, alguien toca la puerta de mi oficina y una enfermera pasa después de haber recibido mi autorización.
—Buenas tardes, Arlette —la saludo, sin despegar la vista de la pantalla—. ¿En qué puedo ayudarte?
La miro de reojo recostarse de mi escritorio y regalarme una sonrisa ladeada.
—¿Y bien? —insisto.
—La doctora Castillo solicita un informe detallado acerca de los avances del paciente 001 —me indica.
Con el ceño ligeramente fruncido, centro mi atención en ella.
—No hay ningún paciente con ese número, al menos no bajo mi responsabilidad —le hago saber—. Así que dile a la doctora Castillo...
—¿Estás seguro, Marcos? —me arquea una ceja —¿Estás seguro de que no conoces al paciente 001?
—¿Acaso dudas de mis palabras, Arlette? —cuestiono, algo incrédulo y ofendido.
—Sé que posiblemente me estés mintiendo sin darte cuenta —chasquea la lengua—. ¿Pero sabes de qué no dudo?
—¿Qué...?
—No dudo de tus habilidades.
Y antes de tener oportunidad alguna para objetar algo, ella se inclina hacia adelante y acaba con la distancia entre nosotros para besarme. Al principio, quedo muy sorprendido por su contacto tan inesperado, pero termino por acostumbrarme a la suavidad de sus labios y los delineo con mi lengua.
Al separar nuestros rostros, ella me sonríe coquetamente.
De repente, la iluminación se vuelve escasa y ambos quedamos sumidos en una espesa oscuridad.
—¿Qué ocurre? —arrugo las cejas, haciendo el ademán de abrir un cajón de mi escritorio para extraer una linterna. Pero la mano de Arlette me detiene.
—De seguro es solamente una falla del transformador —comenta—. ¿Por qué no dejamos que los demás se encarguen y aprovechamos de este casual imprevisto?
Una vez más, antes de que pueda decir algo, sus manos se cuelan por el borde de mi camisa y comienzan a acariciar mi torso de manera seductora. Yo agarro su rostro con las mías y ambos intensificamos el beso al batallar con nuestras lenguas y dar suaves mordidas a nuestros labios. Un pequeño y sensual jadeo sale de su boca, lo cual me hace quitarme la bata médica adrede y ayudar a quitar también la de ella.
Ya hasta había perdido la cuenta del tiempo que llevaba sin tener un acercamiento femenino.
Ella rompe el beso un momento para poder quitarse la camisa, yo echo hacia un lado una pequeña pila de carpetas y la agarro por la cintura, sentándola así de piernas abiertas sobre el escritorio.
Aprieto sus senos por encima de la tela de su corpiño, dejo un camino de besos húmedos en sus clavículas mientras ella tantea los botones de mi pantalón, estoy por desabrocharlo cuando una voz ajena a la nuestra se oye desde el marco de la puerta.
—¡Enfermero Kevler, sus pacientes están en peligro!
Una especie de alarma comienza a sonar dentro de mi cabeza, y no precisamente porque me interrumpieran los juegos previos. Aquella declaración es demasiado delicada.
—¿Quién anda ahí? —inquiero, colocándome la camisa con torpeza.
—Soy una vigilante de su piso, una de sus pacientes ha atacado a mi compañero, parece que ha logrado violentar la seguridad de las puertas.
Palidezco al escuchar eso. Sin tiempo que perder, saco la linterna del cajón y la enciendo para dirigirme a mi pasillo, obligandome a bajar la calentura en el camino.
Una punzada de culpa ataca mi pecho al ver al hombre uniformado inerte en el suelo, me abofeteo mentalmente al saber que habría podido evitar esto si hubiese bajado apenas se cortó la electricidad. Al pasar sobre su c*****r, señalo con la linterna hacia todas direcciones para ver cuál fue la paciente que se escapó de su cubículo.
Pero mi piel se eriza del miedo al ver todas las puertas abiertas. Preso de la angustia, me acerco sigilosamente al cubículo número cuatro, y mi cuerpo se estremece al encontrar la camisa de fuerza destrozada en el suelo.
Evelyn...
Camino lo más rápido que puedo hacia la salida del pasillo para subir a la primera planta y avisar al personal que estamos en serios problemas, maldigo internamente cuando la falta de iluminación atonta mis pasos. Señalo con la linterna hacia todas direcciones, deseando no encontrarme a ninguno de mis pacientes locos.
Casi suspiro de alivio al encontrar todo despejado, pero el pánico se apodera de mí cuando apunto hacia arriba y Eva salta sobre mí, haciéndome perder el equilibrio. Sus manos se enrredan en mi cabello y comienzan a tironearlo con el fin de arrancarlo de mi cabeza, gruño por la molestia que me causa mientras emito gritos de auxilio, pero nadie se acerca a socorrerme.
—¡Cabellos míos, cabellos míos! —Eva se mueve sobre mi cuerpo como si fuese un animalito—. ¡Míos, míos, míos! ¡Cabellos míos!
Siento cómo sus haloneos amenazan con dejarme calvo, logro agarrarla por la nuca y lanzarla al suelo. Eva emite un quejido de dolor. Vuelvo a agarrar la linterna y, con mi mano libre, apreso sus muñecas y la obligo a caminar de regreso al pasillo. Acaricio mi cabeza cuando logro encerrarla nuevamente en su cubículo y corro escaleras arriba a la primera planta.
Pero en el camino, la presencia de 045 me toma por sorpresa. Se encuentra agachado frente a una pared mientras susurra cosas ininteligibles para mi audición, ignoro la risa maniática que se escucha en el primer piso y coloco mi mano sobre el hombro de 045 para guiarlo a él también de regreso a su cubículo.
—Lucifer ha desatado el mal en esta prisión, ¡todos recibirán el castigo de la muerte por apresar a personas en contra de su voluntad! —exclama con un tono áspero, el cual me resulta extraño porque tiene apenas la edad de siete años—. ¡Arderán en las llamas perpetuas! ¡Serbero los estará esperando para dictaminar su sentencia y declarar qué círculo habitarán! ¡Yo soy un cuervo servidor de Satanás! ¡Adora a Satanás y sacrifica tu alma para acrecentar su poder! ¡Oh Belcebú...!
Ignoro todas y cada una de sus incoherencias. No te preocupes, solamente está divagando, recuerda que es víctima de los efectos secundarios. Al llegar al pasillo, me adentro con él a su cubículo para dejarlo en su cama. Antes de poder salir, 045 me señala como si me estuviese acusando de algo.
—Tú... Has desatado el caos al ceder a la lujuria, ¡el placer carnal te ha llevado a pecar! ¡Arderás bajo el fuego del infierno por caer en la tentación!
Exhalo con fastidio y cierro la puerta, intentando subir por tercera vez a la primera planta. La suerte se apiada de mí al no colocarme algún otro obstáculo en el camino, más se desvanece cuando piso la primera planta y veo los cuerpos desperdigados por el suelo como si fuesen objetos sin valor. La sangre tiñe la cerámica que por costumbre siempre ha sido blanca. Siento el corazón latir en mis oídos, ¡Han masacrado a todos mis compañeros!
Siento pesar al ver a Cristobal, uno de mis pacientes, muerto en el piso con los ojos salidos de sus cuencas... Él era el más normal de todos —relativamente—, se limitaba a balbucear cosas sobre su estadía en el purgatorio y su conversatorio con las ánimas que tenían aspecto tétrico y maquiavélico...
Trazo el camino hasta mi oficina para ver si al menos Arlette sigue con vida, pero ahí me encuentro nada más y nada menos que a la psicópata de Evelyn, empuñando un bisturí ensangrentado y mirándome fijamente con una sonrisa macabra adornando su rostro.
Retrocedo unos cuando pasos sin dejar de apuntar con la linterna a su dirección, la muy maldita empieza a caminar lentamente hacia mí y yo comienzo a correr hacia alguna habitación que ella no pueda alcanzar a notar.
No quiero perder la fe, pero se me hace demasiado complicado al ver que soy el único sobreviviente del personal médico. Y no sé si me asusta más la idea de que Evelyn me esté persiguiendo con un arma blanca, o el no saber siquiera dónde se encuentra la chica con el extraño trastorno de personalidad.
¡Pero tenía yo que estar en un pueblo maldito que es considerado el infierno terrenal! Como si mis pensamientos tuviesen voz propia, Flor aparece frente a mí, está bajando las escaleras que conducen a la salida del subterráneo. ¡Oh, no! ¿Y si salió y le contó a alguien sobre este lugar secreto? La idea me angustia un poco, aunque ser arrestado por la policía de Coldrick es el menor de mis problemas ahora.
—¡Flor, date la vuelta, sal de aquí ahora! —lanzo la advertencia sin dejar de correr hacia ella, pero ella niega lentamente con la cabeza, manteniendo una expresión seria.
Flor coloca la mano al frente, haciendo que mi linterna se apague. ¡No puede ser! ¡Maldita sea mi carencia de suerte! Intento encenderla una y otra vez, pero algo le ha hecho. ¡Se ha descompuesto!
Un grito de horror abandona mi garganta al encontrarme perdido en esta penumbra despiadada. No puedo seguir corriendo hacia adelante, Flor podría lanzarme alguna especie de Avada Kedavra y volverme mierda en cuestión de segundos.
—Oh, Maaaarcooooos —el canturreo de Evelyn a unos metros detrás de mí me obliga a cambiar de dirección.
No sé hacia dónde estoy caminando, mi entorno está enceguecido y la escalofriante voz de Evelyn atormenta mis pensamientos propios. Coloco las manos al frente para intentar palpar una pared o algo, ¿Quién coño diseñó este jodido subterráneo? ¡¿Y por qué no puso en sus planos una habitación del pánico?!
Consigo palpar una puerta y la abro a mi suerte, esperando que no sea la habitación de algún otro paciente sometido al tratamiento de la Catalepsia. Suspiro cuando logro entrar y tocar un metal frío. Es una camilla...
Bien, es un área de prueba, por lo tanto, está vacía.
Cierro la puerta con el seguro detrás de mí, sólo espero que esta falla eléctrica no sea solamente aquí, sino en todo Coldrick, sino, estaré completamente perdido...
Avanzo hasta el centro de la habitación para al menos encontrar algo para poder defenderme si alguna de las dos chicas llega a encontrar mi patético escondite.
Me resbalo a causa de un charco de sangre, un fuerte dolor se esparce a lo largo de mi cabeza por el impacto contra el piso. Comienzo a marearme, mi corazón sube a mi garganta y la desesperación me asfixia.
Al final, caigo inconsciente en medio de esta atemorizante y condenada oscuridad.
***
Mis párpados se sienten muy pesados, abro los ojos lentamente para poder acostumbrarme a la tenue luz de una lámpara alógena que se sitúa sobre mi cuerpo. ¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente? ¿A qué hora regresó la electricidad? Hago el ademán de llevar una mano a mi rostro para masajear mi sien palpitante, pero me percato de que mis muñecas se encuentran apresadas.
¡Oh, no! ¿Evelyn y Flor me han encontrado? No puede ser... Intento mover mi cuerpo, pero noto que mis piés también se encuentran atados. Muevo la cabeza a los costados de mi cuerpo, pese a estar mareado, logro observar que estoy sobre una especie de mesa, como... Una camilla, ¡estoy sobre una camilla!
—¡Ayuda! —siento la garganta seca, ¿cuándo fue la última vez que bebí agua?
Veo los piés de una mujer acercarse a la camilla, al alzar mi rostro, me encuentro con una cara que me resulta bastante conocida...
—¿Arlette? —siento cómo mi mirada se ilumina —¡Que bueno que estás bien! ¿Cómo pudiste sobrevivir? ¿Pudieron apresar a Flor y a Evelyn? ¡No sabes cuánta dicha me da verte!
Ella estira su mano y me acaricia la frente con ternura, pero me siento algo triste al ver que no corresponde a mi felicidad.
Una segunda mujer aparece en la sala con una bata médica de color verde marino, la cual la identifica como médico.
—Ya ha despertado —avisa Arlette, revisando una carpeta que tiene entre las manos.
—Oigan, estoy bien, no es necesario tenerme de esta manera —les hago saber—. Tengo un poco de jaqueca, pero creo poder continuar con mi labor, si me disculp...
—Has silencio, por favor —me interrumpe la doctora y se dirige a Arlette—. Léeme la ficha de este paciente.
La enfermera asiente y una taquicardia estremece mi corazón al escucharla leer:
—Paciente número 001. Nombre de pila: Marcos Kevler. Edad: Treinta y dos años. Género: Masculino. Su efecto secundario surge al despertar, cree que es personal del laboratorio y que trabaja para la mejoría de la Catalepsia. Asegura ser el único sobreviviente de una masacre y alucina con que... —la veo sonrojarse—. Alucina con que soy su amante.
Intento explicarles que no estoy loco, quiero implorarles la oportunidad de tener el beneficio de la duda, pero son puros balbuceos los que salen de mi boca.
—¿Algo más que agregar? —inquiere la otra mujer.
—No, doctora Castillo. El paciente no presenta mejoría alguna —le contesta Arlette, escribiendo algo en la carpeta.
—Inyéctale una nueva dosis, en algún momento recordará su verdadera vida. Es demasiado extraño que conozca únicamente su nombre, y que el resto de su historia personal sea producto de su imaginación.
»Arlette, recuerda que creamos la Catalepsia para que los habitantes de Coldrick descansen y se olviden durante un tiempo de las maldiciones que hay al acecho, recuerda también que nuestro propósito es sumirlos en un temporal estado de coma; pero que, al despertar, sean completamente conscientes de lo que sucede a su entorno, y que puedan recordar con claridad que estuvieron bajo el efecto de una droga intravenosa.
La doctora Castillo sale de la sala, dejándonos solos.
—Por favor, tienen que creerme —suplico.
Ella me da una pequeña sonrisa torcida mientras extrae el líquido amatista de una ampolla con una inyectadora.
—Entiendo que debe ser duro. Pero yo sólo estoy haciendo mi trabajo.
Me susurra una disculpa antes de apuñalar mi hombro con la aguja para regresarme a una distorcionada y macabra ilusión.