Usurpador de un hada.

2045 Words
Coldrick no suele ser un pueblo con atracciones turísticas, mucho menos agradable para nuevos habitantes. En las pocas ocasiones donde Coldrick es visitado, los pueblerinos recomiendan a los turistas alojarse en las posadas familiares, pues los hoteles suelen tener reseñas perturbadoras y de muy mal gusto. Los pocos críticos reconocidos que han pisado un hotel perteneciente a ese pueblo, acostumbran a llevar consigo una experiencia escalofriante, y aseguran que ni en el mayor estado de demencia volverían a hospedarse en tal sitio. *** Gaspar Smith, un popular cantante de música melancólica, se encontraba viajando por la carretera junto a su pequeña hija de ocho años, Ludmilla. Ambos iban por la carretera, cantando con alegría una de las tantas canciones que solían componer juntos. Se estaban dirigiendo hacia Pensilvania, donde dentro de dos días asistirían a unos premios donde el cantante había sido invitado para una presentación. Era de noche, la luna menguante los guiaba con su tenue luz junto a los faros del auto. La niña entonaba la canción con mucha euforia al ser una de sus favoritas, pero la repentina lentitud del auto la hizo bajar la voz hasta poco a poco guardar silencio. —¿Qué ocurre? —cuestionó la infante al ver que se detenían a un costado de la carretera. —Parece que se nos ha agotado el combustible, cariño —contestó su padre con una exhalación. —¿Pasaremos la noche en el auto? No puede ser, ¡nos faltaban solo dos horas para llegar! —No te preocupes, busquemos una estación de servicio, ven. Tras colocarse unos abrigos, padre e hija salieron del vehículo y se echaron a andar por la carretera bajo los cantos de los grillos y una noche con estrellas limitadas. Ludmilla se distraía jugando con un diente que tenía flojo, mientras que Gaspar intentaba no angustiarse, pues caminaban y caminaban sin encontrar nada más que árboles y pavimento. —Tengo mucho sueño —pronunció la niña con voz agotada—. Hemos caminado media hora al menos. —Apenas carguemos el combustible, podrás dormir el resto del camino —aseguró el padre. Continuaron su trayecto acompañado de la esperanza y el cansancio físico. Gaspar comenzó a tararear una canción para distraerse, pero la verdad era que también se estaba impacientando al no conseguir más que nada. —Mira, allá hay como unas luces —la infante señaló hacia el frente, donde, efectivamente, había una especie de pueblo que debía estar habitado. Los dos apresuraron el paso hacia aquellas luces, ignorando por completo del frío que comenzaba a colarse por debajo de sus prendas. Gaspar sintió un mal presentimiento cuando estuvieron más cerca, y se encontraron con un letrero que mostraba un escrito antipático. "Usted no es bienvenido a Coldrick, siga por su camino sin mirar atrás" Mhmm, esos habitantes de Coldrick no eran aparentemente muy simpáticos que se pudiese deducir. Fue tanto el desagrado del cantante, que quiso hacer el ademán de regresar al auto para poder llamar a una grúa a la mañana siguiente, pero se contuvo al percatarse de que su hija de verdad estaba cansada y somnolienta. Cuando las suelas de sus costosos zapatos tocaron el piso de bajarete, pudieron sentir algo de alivio, pues ya estaban en una civilización al menos. Caminaron hasta encontrar una pequeña gasolinería y se adentraron a ella con una pequeña sonrisa. —Buenas noches, una garrafa de combustible, por favor —pidió Gaspar, colocando unos billetes sobre la caja. Un hombre robusto le regresó el saludo mientras negaba consecutivamente con la cabeza. —No son de por aquí cerca, ¿verdad? —inquirió el hombre robusto detrás de la caja, ignorando por completo la petición del recién llegado. Cuando Gaspar negó, el hombre tuvo piedad de su falta de conocimiento. —La carretera de Coldrick es muy engañosa, le recomiendo alojarse en una posada y partir mañana a primera hora. —¿Engañosa, cómo así? —inquirió Gaspar, después sacudió la cabeza—. Debemos llegar a la ciudad que se encuentra a un par de horas de aquí, allá descansaremos mejor. Por favor, me da una garrafa de combustible —reiteró su petición, restandole importancia a la opinión del otro hombre. —No me está entendiendo, es muy peligroso transitar por las afueras del pueblo a estas horas. Incluso me tomo el atrevimiento de confesarle que me sorprende que hayan llegado salvos hasta aquí. —Señor, por favor... Gaspar estaba comenzando a irritarse por la insistencia de ese hombre, ¿que no entendía que no quería estar ni un minuto más en ese lugar tan raro e inhóspito? —Coldrick es un pueblo maldito —soltó al fin, consiguiendo la atención del cliente—. No me importa si es usted, creyente o no, de las fuerzas malígnas; más mi deber es hacerle saber que por estas horas, el fantasma de la viuda ronda por la carretera, y con sus gritos desgarradores acostumbra a causar accidentes automovilísticos. Podrá ser ignorante a mis palabras, pero no ciego, he de suponer que ha visto todos los mausóleos que se esparcen a los costados de la carretera. Sí, los había visto, incluso llegó a cuestionarse internamente el cómo habían muerto tantas personas por ese lugar, pero no quiso alarmarse. Gaspar ahora, creyendo las palabras del hombre, decidió fruncir la comisura de sus labios y asentir con la cabeza para darle toda la razón al tipo ese cansón. Asegurando que no se pasaría por alto su advertencia, adquirió su garrafa y tomó la mano de su hija para salir del pequeño establecimiento. —Oh, y una última recomendación. Pase la noche en una posada, son más cálidas y económicas. Los hoteles tienen ciertas historias... Poco agradables. Gaspar le dio las gracias y transitó algunas calles del pueblo, observó a pocos metros una pequeña posada. La fachada era sencilla, era de color rosa pálido, el techo de madera pulida y el suelo de la entrada estaba conformado por dos columnas de un impóluto terracota y, en una madera colgante, se leía en letras tayadas y cursivas Posada Sun Flower. Al tocar la campanilla de la entrada, una anciana regordeta y amable acudió a su llamado. —Buenas noches, ¿en qué podemos ayudarle? —Buenas noches, deseo alquilar una habitación hasta las seis de la mañana —le hizo saber el recién llegado. —Por supuesto, tenemos piezas disponibles para su descanso. Síganme, por favor. La anciana caminó por un corto pasillo a la derecha con la ayuda de su bastón, y corrió una cortina para que padre y hija pudieran echar un vistazo al interior. Gaspar no pudo disimular una mueca de disgusto. El pequeño cuarto contaba con dos camas individuales, una mesita de noche y un pequeño lavamanos a una esquina. La ventana estaba cubiera por una pequeña tela de seda que estaba allí con el propósito de lucir como una cortina y ocultar el vidrio roto que tenía, las paredes blancas estaban ligeramente amarillentas y un poco escarapeladas por la cantidad de tiempo sin ser consentidas con una nueva mano de pintura. A pesar de que era aceptable para pasar la noche, arrogancia de Gaspar lo hizo darse media vuelta y salir de la posada sin siquiera considerar el bajo costo del hospedaje. El hombre no era muy exigente con respecto a las habitaciones, pero sí estaba acostumbrado a frecuentar sitios con más prestigio. Caminaron unas calles más hasta estar frente a un edificio de tres pisos, afuera contaba con arbustos bien cortados y con una fachada bastante pulcra y más decente que la anterior. Era un hotel. Por supuesto que Gaspar se acordó de la recomendación del hombre de la gasolinería, pero le pareció muchísimo mejor hospedarse en un hotel que podía pagar sin dudar, y no mantener casi intacto su bolsillo al quedarse en una habitación de mala muerte. Entonces, pagó lo estimado por una habitación mediana y subió las escaleras con el propósito de poder descansar al fin. La habitación tenía las paredes blancas e inmaculadas con cuadros abstractos adorándolas, el suelo era de una cerámica blanca, había calefacción y hasta un cuarto de baño propio. ¿Las camas? Ni hablar, el cuarto contaba con una matrimonial, una individual, tenían hasta una televisión mediana con servicio de cable y un pequeño armario para guardar los abrigos, incluso un reluciente espejo se situaba junto a la puerta. Las ventanas estaban limpias e intactas, unas pequeñas plantas artificiales reposaban en el alféizar. Cuando Ludmilla se sentó en el borde de la cama individual, sintió un ligero sabor metálico acariciar su lengua. Cuando se acercó al espejo con la boca abierta, notó el color escarlata sobre su encía, y entonces comprendió el motivo. —Papá, ya se me cayó el diente —informó la nena con el diente en la mano. Gaspar, interesado más en sacarse el calzado, le contestó: —Enjuágate la boca y coloca el diente debajo de la almohada, el hada de los dientes vendrá por él cuando te duermas. —¿Crees que sí? —la niña dudó, caminando hacia el baño —No estamos en casa. —Eso no importa hija, el hada vendrá a buscar tu diente de todas maneras. Ella va a cualquier parte, recuerda que puede volar. —Ah sí, verdad —Ludmilla le dio la razón a su padre, colocó el diente bajo la almohada y apagó la luz para abrazar su sueño tan aclamado. *** —¡Papi papi papi! —la exclamación infantil fue el despertador de Gaspar. Inmediatamente se sintió culpable al ver la boca de su hija y recordar que se le había caído el diente. ¡Se quedó dormido y olvidó colocar el dinero bajo su almohada! Estuvo por formular una explicación, pero quedó estupefacto ante la felicidad de su hija al exclamar: —¡Tenías razón, si ha venido el hada de los dientes! —Ludmilla continuó brincando sobre el colchón. Cuando Gaspar enfocó la mano de su hija, pudo ver dos billetes de cinco dólares arrugados en su puño. ¿Cómo podía ser posible...? —¿Qué coño...? —¡Papá! —la niña detuvo sus saltos—. No digas malas palabras. —Cierto, cariño. Lo siento —se llevó una mano a la cabeza, ni al despertar de sus borracheras había estado tan confundido como en ese momento. —Oh, el hada de los dientes te dejó un mensaje —comentó Ludmilla con tranquilidad. Su padre abrió los ojos como platos, su cordura cada vez amenazaba más y más con desampararlo. —¡¿Qué?! —Sí, anoche estuvimos hablando mientras dormías. Oh, y era un hombre, no mujer, por lo tanto se llama Adhena y no Hada —sonrió. —¡¿Qué?! —debía ser una broma—. Deja de decir mentiras, Lud, sabes que no me gusta. La aludida se sintió ofendida. —¡Pero te estoy diciendo la verdad, papá! Estaba vestido de n***o y llevaba una capucha, sus alas tenían plumas grises, eran larguísimas, papá. El corazón de Gaspar comenzó a latir con fuerza, casi sintió toda su caja torácica subir a su garganta. ¡Estaba que se moría de pavor! —¿Y qué fue lo que te dijo? —espabiló por completo al levantarse de la cama para ponerse los zapatos y huír de ese lugar de una vez por todas. —Dijo que deberías comenzar a ser más creyente de las cosas malas. Que dejes entrar a la humildad en tu vida porque preferiste un sitio lujoso que un lugar seguro... No lo recuerdo bien, papá, porque no lo entendí. De pronto recordó nuevamente las palabras del señor de la gasolinería, y sacó la conclusión de que, más que una recomendación, le estaba dando una advertencia. —¿Y a qué hora se fue? —cuestionó Gaspar, sacando los abrigos del armario con premura. —Un poquito antes de las cuatro de la mañana, salió por la ventana que está ahí junto a la puerta —respondió la niña tranquilamente mientras guardaba su dinero en los bolsillos de su abrigo. Y el valde de agua helada cayó sobre Gaspar Smith al girarse hacia la puerta y darse cuenta de que junto a ella no había ninguna ventana, sino un espejo.
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