Entre murmullos, se corren los tenebrosos rumores por el pueblo de Coldrick. Unas de las tantas maldiciones que descubrieron los ancestros está en cada una de las personas, y es que eres lo que temes.
En realidad, en todo el mundo se dice que las personas aborrecen algo porque no quieren aceptar que es parte de sí mismo, o que no pueden vivir sin ello. Aplica para las personas misóginas, homofóbicas, y en muy escasas ocasiones para los que muestran ser misantrópicos.
Existe una diversa variedad de maldiciones en el mundo, pero Coldrick es un pueblo tan desafortunadamente maldito que incluso sus pobladores son su propia condena.
En este capítulo quiero demostrártelo.
La frase que describe esta irónica historia es: Eres lo que temes y repudias.
†
Brígida Cambridge era una mujer esbelta y arraigada, pese a tener sólo treinta y cinco años, la mala vida le pasaba factura a su semblante cansado y al reflejo de un vacío infinito en sus ojos. Al quedar embarazada de Candace, su segunda hija, su esposo la abandonó para irse con una aventura más jóven y despreocupada que ella.
Quizás un corazón roto no era una carga para su bolsillo, el tiempo sabría curar la herida de aquella traición, pero alimentar la boca de su primera hija y mantener saludable a la que venía en camino, sí que lo era.
Pero ella pudo salir adelante.
Se hizo de hilo y aguja y comenzó a remendar las prendas que creía perdidas, vendió aquella ropa usada a un bajo costo, el dinero le alcanzó para comprar tela económica y diseñar camisas que más tarde estaba vendiendo de manera ambulante por las calles de Coldrick.
Una tarde, Brígida se encontraba caminando con su enorme vientre hinchado y junto a su hija mayor, Gabriella, quien le ayudaba a cargar la cesta de ropa. Un hombre de contextura gruesa y cabeza calva, se acercó hacia la mujer con un evidente interés, la escaneó descaradamente con los ojos, pero sin rayar a la indecencia.
—Disculpe, ¿sus antepasados fueron devotos a alguna religión que excluyera a Jesús? —preguntó el hombre tranquilamente, como si estuviera preguntando la hora.
A Brígida le pareció una falta de respeto aquello, veía que era una madre soltera que trabajaba humildemente para alimentarse y sobrevivir medianamente, ¿cómo se atrevía él a preguntar una cosa de esas? Deseando no entrar en detalles, la mujer se limitó a negar con la cabeza y a apresurar el paso.
Pero el hombre la detuvo al pronunciar:
—Su marido. La ha abandonado por una aventura, ¿no es así?
Brígida sintió cierta punzada en el pecho, aquel desconocido estaba palpando atrevidamente la herida que ella apenas podía mantener sin sangrar.
—Espérame aquí, Gabi —le dijo a su hija, quien se sentó en una banca que estaba cerca. La mujer caminó lentamente agarrándose la barriga y encaró al abusador verbal—. ¿Con qué derecho se entromete usted en mi vida personal? Aprenda a respetar, señor, yo sólo soy una mujer seria que se dedica a su oficio y no está pendiente de nada más.
—Perdón si he llegado a ofenderle con mis palabras, bella dama —él le ofreció una disculpa con un tono dócil y determinado—. Yo soy, al igual que usted, una persona con buenos modales. Quiero ayudarla al explicarle una cosa, ¿podría usted por favor prestarme su mano?
Brígida vaciló por un momento, pero el tono afable de aquel hombre la hizo ceder ante la cordialidad con la que formuló su petición.
Al tenderle la mano derecha, el desconocido examinó su palma minuciosanente y trazó con sus dedos las rascetas. Aquel hombre detallaba esa mano como si nacer para ello fuese su propósito, parecía estar leyendo versos que solamente fueron escritos para ser vistos a sus ojos.
A la mujer le pareció bastante extraño todo lo que pasaba, más se limitó a guardar silencio. Después de todo, él no se estaba propasando.
—Desde muy pequeño, he desarrollado el don de los psíquicos, soy materia. No es mi intención asustarla, pero me veo en la devota obligación de explicarle que la he interceptado porque un aura malígna la persigue.
—¡¿Qué?! —exclamó ella, ahogando mil incógnitas más. Sintió temor inmediatamente por sus hijas.
De pronto recordó aquella noche que su ex marido estaba haciendo sus maletas con velocidad para partir. Todo lo hacía con una vehemencia inexplicable, incluso días antes lo había visto recorcerse por un horrible dolor en la columna.
—Sepa usted, que corre peligro. ¿Conoce a Alicia Castro? —Brígida asintió—. Ella ha torturado a su marido con magia negra, y poco a poco lo fue llevando a sus manos. Como su marido no era ningún devoto porque en este pueblo está terminantemente prohibido creer en alguna fuerza bondadosa, fue sencillo que él cayera en sus redes.
Ahora muchas cosas tenían sentido...
—¿Y cómo puedo salvarlo? —ya la mujer lucía impaciente, agradeciendo en sus adentros a que no había sido abandonada por voluntad propia.
—Ya eso está fuera de su alcance —lamentó él, mirándola con empatía—. Sin embargo, aún tiene la oportunidad de salvarse a sí misma.
»Le explico: usted quedó embarazada mientras a su marido le estaban haciendo brujería, y existe una enorme posibilidad de que la criatura que lleva en su vientre sea un híbrido, engendro de la oscuridad.
Brígida quería negarse a creerle a aquel hombre y salir corriendo así estuviera embarazada. Pero tenía que darle créditos a sus palabras, porque la maldición de Coldrick no sólo se trataba de una leyenda, sino de una macabra y jodida realidad.
—¿Cómo puedo salvarme?
Las lágrimas escapaban de sus ojos sin impedimentos. No quería perder a su hija, anhelaba con todo su ser el poder verla crecer, sentirla contra su pecho y contemplar sus primeros pasos.
El desconocido la miró con pesar mientras suspiraba.
—Usted se enamorará de su hija y ella, como un ser demoníaco, succionará su alma. Lo siento mucho, señora, pero debe asesinar a su hija apenas nazca.
»Y por favor, no sienta ni un atisbo de rencor a las brujas, así una le haya arrebatado gran significado a su existencia. Limpie ese odio y lamento de su corazón, recuerde que en Coldrick rondan miles de peligros místicos. Y que cuando las personas aborrecen algo, terminan siendo parte de ello.
Pero ya el mal estaba hecho, aquellas palabras habían inyectado veneno en su corazón. Odiaba a las brujas hasta con el más minúsculo rincón de su alma. Se negaba a matar a su hija, se negaba a morir por la maldad de alguien más. Ella era fuerte, tenía que encontrar alguna solución para salvar a su pequeña familia.
Desafortunadamente, Brígida estaba tan cegada por la paranoia, que no pudo ver que aquel hombre era un espécimen del inframundo, el cual fue succionado por la tierra apenas ella le dio la espalda. ¿Por qué? Pues en cualquier lugar del mundo, un bebé recién nacido es un regalo de Dios, y al Diablo no le convenía tener almas puras en su territorio.
Para él, ¿qué mejor satisfacción que incitar a una mujer a asesinar a su propia hija?
†
Quince años después.
La penumbra arropaba hasta el más mínimo rincón de la habitación, las cadenas apresaban las muñecas de la pobre cautiva mientras se susurraba a sí misma la canción de feliz cumpleaños.
Así pasaba cada día de su rutinaria vida de mierda, encerrada como si fuese una chica condenada a vivir presa por cometer un delito más allá de los siete pecados capitales.
Su madre la obligaba a recitar versículos de la biblia al menos tres veces al día, no dejaba de llamarla engendro de satanás, y mucha menos le permitía dormir sin haber recibido al menos diez golpes por ser pecadora al existir.
Si no la quería, ¿por qué la condenaba a vivir presa de soledad y penumbra en una maldita pieza donde apenas podía respirar? A la edad de quince tristes años, Candace vivía privada de lo medianamente linda que podía ser la vida en el exterior. No hacía mucha diferencia... Pero, intentando dejar de lado todas las maldiciones del pueblo, de algunas cosas sí disfrutaban las personas.
Centenares de veces Candace se arrodilló ante los piés de Brígida, implorando que la asesinara de una vez por todas para acabar con esa mierda a la que tenía que llamar vida. Pero su madre le aseguraba que debía sufrir a carne viva todos y cada uno de sus castigos por ser una repugnante adoradora de satán.
Y tras azotarle la espalda con látigos, la obligaba a rezar a seres irreales para pedir perdón por ser un alma vacía que desde su creación estaba destinada a la miseria de una perdición oscura.
Esa misma tarde, la hermana mayor de Candace, alcanzó las llaves del sótano y bajó a verla con un pequeño cupcake adornado con una velita.
—¿Mamá te ha dado permiso de verme? —inquirió la menor, cabizbaja.
Era una completa tortura vivir de aquella manera, se sentía una completa basura. Entre tantos insultos que recibía de su madre a diario, terminaba por convencerse a sí misma que era una porquería.
¿No se supone que las madres aman a sus hijos? Nunca había creído tanto en las excepciones. Toda su vida había sentido envidia por su hermana mayor, quien sí podía expresar libremente su albedrío y andar por doquier a su antojo.
—No —le contestó Gabriella, liberando sus manos de las esposas y quitando el grillete que dificultaba su caminar—. Salió a entregar unas prendas, le he robado las llaves para venir a verte.
Ambas se abrazaron, sin siquiera molestarse en derramar alguna lágrima. Brígida le había prohibido a Gabriella mirar a su hermana, pues temía que el demonio también le arrebatara a la única hija normal que tenía.
El problema radicaba en que Candace era una muchacha físicamente común, igual a las otras chicas de su edad. Quizás psicológicamente muy afectada por los abusos de su mamá, pero era tan capaz de vivir como su hermana mayor... En realidad, el trabajo que le hicieron a su progenitor para alejarlo de su madre, no le afectó a Candace en lo absoluto. Pero Brígida aseguraba que era el demonio disfrazado de querubí, y que de ninguna forma desataría otro peligro más en el pueblo.
Candace estaba condenada a vivir presa por un rumor errado.
—¿Cómo siguen tus quemaduras? —cuestionó Gabriella, tomando con cuidado el brazo izquierdo de Candace.
Un par de semanas atrás, Brígida le había arrojado agua hirviendo como castigo al equivocarse al rezar el Ave María.
—Ya no arde tanto —aseguró la menor—. Deberías irte, mamá puede regresar pronto.
—No me importa, ¿crees que no sabe que te veo a escondidas? —Gabriella bufó—. Supongo que ha de sospecharlo.
Alcanzó el cupcake y se lo ofreció mientras encendía la pequeña vela.
—Vamos, pide un deseo —la animó.
«Deseo que algún día puedan darse cuenta de que no soy una bruja, de que puedo llegar a ser tan común y bondadosa como ellos»
Y cuánto Candace amaba a su hermana, era capaz de transmitirle una confianza que ni ella misma se creía. Pero alcanzaba a hacerla sentir medianamente bien cada vez que se veían.
—Hermana... —Gabriella dejó el apelativo en el aire, relamiendo sus labios. Estaba completamente nerviosa por lo que iba a decir—. Vine porque necesito sacarte de aquí...
—Gabi —Candace la miró con algo de reproche—. Ya lo hemos hablado infinidades de veces, tú y yo sabemos que no puedo escapar. Mi madre me encontraría de todas formas.
—Es que...
—Déjalo, Gabi.
—Pero no entiendes.
—No insistas.
—Pero...
Candace le dio una mirada cansada mientras mordía su cupcake.
—Te amo, Gabi. Pero ya deberías comprender que no tengo escapatoria.
—Mamá te matará esta noche —ante aquella afirmación, ambas quedaron heladas—. Me lo estaba contando esta mañana, convocó a varios vecinos a quemarte hoy. Dice que como eres bruja y hoy cumples quince años, tus poderes oscuros no tardarán en desarrollarse para revelarte ante ella.
Pasó saliva y cerró los ojos, atemorizada por todo lo que estava explicando.
—Todos los vecinos estuvieron de acuerdo, dijeron que iban a estar preparando los palos y antorchas para esta noche. Sabes que en la época medieval, quemaban a las brujas, y no es ningún rumor que algunas siguen rondando por el pueblo, ¡Todos están convencidos de que eres una de ellas!
Candace temía por su vida, pero, ¿qué pasaría si huía? No tenía a dónde ir, no podía salir de Coldrick porque la maldición la perseguiría de todas maneras. No podía esconderse... Pero estaba harta de ser juzgada por algo que no era, no aceptaría ese final tan misantrópico que pretendían darle. Necesitaba eludir aquel destino que su madre estaba decidiendo para ella.
Así que, con ayuda de Gabriella, colocaron varias almohadas debajo de una sábana para hacer creer que Candace estaba bajo ésta. Luego ambas corrieron sin cesar los kilómetros que conducían al bosque. Corrieron, sin importar el insoportable ardor en sus piernas, sin detenerse para que el oxígeno tuviera piedad de su falta de aire.
Después de transitar por los adentros del bosque, hayaron una especie de cueva. Era oscura y algo siniestra, pero bastante decente si la comparaban con la habitación de la menor.
Estanto allí, ambas se abrazaron con el corazón latiendo en sus oídos, y con el cuerpo tembloroso por la adrenalina. Era la primera vez que Candace observaba en exterior, pero por el miedo, no pudo ni acariciar la hermosa sensación de observar el sol ocultándose tras las montañas.
Las dos se quedaron dormidas en el gélido suelo, pero sólo bastaron unas tres horas para descansar, pues Gabriella se puso de pié y comenzó a sacudirse el trasero para quitar las pequeñas ramas y los restos de tierra.
Para esa hora, ya los pueblerinos debieron haber notado su ausencia. No era muy complicado deducir que Gabriella ayudó a su hermana a escapar, pero la verdad era que no le importaba morir si eso le garantizaba la salvación de la menor.
«Tenía tan solo quince años, la acusaban de bruja cuando en realidad era tan inocente como un bebé de cuatro años que sólo aprende lo que le enseñan»
—¿Volverás? —fue lo que preguntó Candace al despertar y ver a su hermana lista para regresar al infierno terrenal.
Gabriella se limitó a besarle la frente y a trazar el camino a casa sin mirar atrás.
Pasando entre los árboles, ignoró a toda costa los susurros traicioneros del bosque que comenzaban a aparecer al fallecimiento del atardecer, para succionar las almas pertenecientes a mentes débiles y corazones desquebrajados.
Treinta minutos más tarde, los ojos de Gabriella captaron su casa a lo lejos, repleta de un gentío aglomerado frente a la pequeña fachada. Pasó saliva con un nudo en la garganta, continuándo con su camino hacia su infalible final...
Pero resultó ser que las miradas que se posaron en ella, no fueron de odio, sino de pesar y confusión. ¿No se suponía que la creían cómplice? ¿Por qué nadie amenazaba con quemarla viva?
Se acercó hacia una muchacha que empapaba la puerta de su casa con sangre de animal, la cual utilizaban para proteger a los hogares de brujas y sánganos.
—¿Qué pasó? —le preguntó con un hilo de voz, alarmada aún más por ver que su madre no lideraba a la muchedumbre.
—La señora Brígida nos convocó para quemar a una bruja, tocamos la puerta de su casa muchísimas veces, pero ella nunca salió —explicó—. No la encontramos por ninguna parte, así que decidimos entrar de todas formas.
»Cuando bajamos al sótano, conseguimos un cuervo enorme. Entonces nos dimos cuenta de que tenía razón, de que ahí habitaba una bruja. Todos la golpeamos, mutilamos y al final le echamos gasolina, pero su cuerpo nada que se calcinaba. Es estúpido, era un estúpido cuervo, ¿por qué no se quema?
»Por eso estamos asustados, tememos que lucifer venga por nosotros por intentar acabar con una de sus mujeres, no sabem...
Pero Gabriella estaba demasiado anonadada, su cerebro parecía incapaz de almacenar toda esa información. Estaba claro que Brígida estaba completamente segura de querer quemar a su hija, pues la había aborrecido desde su nacimiento, ¿a dónde había ido?
Todo era demasiado confuso, el cerebro de Gabriella divagaba en un laberinto de hipótesis incoherentes, no encontraba salida. ¿Qué pasaba? ¿Ahora qué ocurriría?
Al apartar a todas las personas de su camino, agarró una antorcha para iluminar su camino al adentrarse a la casa. Todo estaba desordenado, parecía el escondite de una banda delictiva y marginada. Pero la fealdad del panorama no fue un impedimento para ella, Gabriella bajó poco a poco las escaleras del sótano, tenía los nervios a flor de piel.
Encontró el lugar repleto de cenizas, un repugnante olor a químicos y orina impregnaba el ambiente. Justo en el centro del sitio, encontró un bulto bajo una sábada blanca, la misma sábana que habían dejado Candace y ella al huír.
¿Cómo era posible que siguiera intacta? Ahogó un gemido de pánico al colocarse se cuclillas y estirar los dedos temblorosos hacia la impóluta tela.
Pero el grito horripilante desgarró sus cuerdas vocales al desmantelar el cuerpo de su madre y contemplar cómo los interminables hematomas adornaban su piel. Muchas partes de su piel estaban negras por el plumaje que había dejado de imitar, su cabello estaba hecho un desastre y los ojos estaban salidos de sus cuencas.
Al ver la desnudez de su madre, tan torturada y castigada, Gabriella no sintió más que un ineludible placer. Brígida había sufrido un destino aceptable. Merecía todos y cada uno de esos golpes que le dieron para demostrarle cómo se sintió la bastarda de su hija durante los quince míseros años que la torturó con la excusa de poner a salvo su alma que estaba tan perdida como su misericordia.
Todos habían visto un cuervo, pero simplemente era Brígida disfrazada de aquel animal, guardando su verdadera imágen para los ojos de su hija mayor.
Gabriella derramó sobre el cuerpo inerte de su madre, los litros de combustible que habían dejado allí, como si lo hubiesen puesto para que la chica finiquitara el acto malévolo con extasis y alevosía. Una sonrisa divina adornó su rostro al arrojar la antorcha al suelo, y al ver cómo las llamas se avivaban conforme transcurrían los segundos.
Después de todo, esa noche sí quemaron a una bruja.
Y la frase de "Eres lo que temes y repudias" nunca antes había tenido tanto sentido.