Realidad como una morgue.

1019 Words
Una sensación escalofriante besa mi piel mientras una voz macabra e irreal me susurra al oído que no hay diferencia entre mi vida y mi muerte. Creo que estoy conformada por una densa y desfigurada niebla que existe entre tantos cuerpos inamovibles. Les hablo, pero no oigo ni mi propio timbre de voz, he decidido no abrir la boca, pues los habitantes de este sitio ni siquiera me oyen. Los veo directamente a los ojos, incluso ellos me regresan la mirada, pero, por alguna extraña razón, parece que lo hacen porque no tienen más remedio, porque me atravieso en medio de su panorama. Tengo entendido que Coldrick es un pueblo irrevocablemente maldito, ¿pero de verdad el demonio es tan cruel que los obliga a ignorarse entre sí? Las yemas de mis dedos se deslizan como una leve caricia por sus gélidas pieles, pero ellos ni siquiera se inmutan ante mi roce. La voz de mi cabeza continúa lanzando comentarios burlistas que me hacen querer escapar, pero la única salida es un enigmático abismo que se encuentra al final del pasillo. Me dice que estoy en el limbo, y que soy tan miserable que no puedo hacer nada para que estas personas me noten. Corro hacia cada persona inerte que me encuentro, pero el traspasar sus anatomías me frustra tanto que me recuesto de una pared. Llevo las manos a mi cabeza, no entiendo por qué mis gritos se ahogan, mi pulso cardíaco disminuye a medida que mis manos tiemblan enrredadas en mi cabello. ¿Dónde estoy? ¿Por qué nadie se percata de que estoy aquí? La voz de mi cabeza continúa riendo a carcajadas maniáticas a causa de mi asfixiante desespero. Camino lentamente hasta el centro del lugar y empiezo a bailar bajo una melodía muda, una que sólo suena en mi cabeza. La bailo porque se escucha relajante, lástima que los cuerpos presentes no puedan darse cuenta de que me gusta. Muevo mi cuerpo y acompaño mi sonata ficticia con pasos que surgen en medio de mi intento de ignorar la voz de mi cabeza, aquella que intenta conducirme a una perdición despreciable. La falda de mi vestido acaricia la escasa brisa al levantarse con cada vuelta que doy, y al sentir el aire frío arremeter contra mis piernas, hago que mi danza tome una velocidad más mínima. Me muevo entre los cuerpos que van de un lugar a otro con un propósito que desconozco, alzo mis brazos y muevo mis caderas con delicadeza mientras cierro los ojos y tarareo la música a pesar de saber que mi entorno está ensordecido. Abro los ojos para continuar con mi travesía entre cuerpos vacíos y carentes de empatía, pero entonces me detengo al verlo. Un hombre alto y delgado camina hacia mí con un semblante curioso, luce algo cansado y escuálido por su ropa tan desgastada y por las arrugas de su frente. Él me nota. Al estar frente a mí, me ofrece su mano y yo la tomo sin dudar, una sensación de alegría me embarga por completo al saber que este hombre presta atención a mi existencia. Bailamos bajo la escasa luz que se proyecta desde un sitio indescifrable, su mano libre acaricia mi cabello mientras despego mis labios para hacerle una pregunta que me carcome más que la efímera felicidad. —¿Quién eres? —pronuncio, intentando no sonar confundida ante el acto de presencia de mi voz quebrantable. —Soy la voz de tu cabeza —contesta, como si hubiese esperado muchísimo tiempo para desahogar su récito. —¿Soy un alma en pena? —inquiero, mirando sobre mi hombro los centenares de cuerpos que ahora se han detenido para ser partícipes visuales de nuestro dúo —¿Por qué nadie se mueve? ¿Por qué nadie nota mi presencia? Lanzo aquellas preguntas de manera apresurada, mi pareja de baile se limita a apretar mi mano y a hacerme caminar por el sinuoso pasillo. Intento detenerlo, intento tomar zafarme de su agarre tan autoritario, pero soy débil, entonces dejo que me arrastre hasta el borde del abismo. Él me suelta mientras se acerca a mi cuerpo, dejando entre nosotros unos minúsculos centímetros tentadores a una cercanía absoluta. Miro hacia atrás, los cuerpos continúan estáticos en su sitio, con miradas ininteligibles y expresiones de las que no puedo discernir significado alguno. ¿Son muertos? ¿Por eso no me escuchan, ni me hablan, ni me tocan? La escasa iluminación, el ambiente frío, los cuerpos tan quietos e ignorantes a mi presencia... —¿Estoy en una morgue? —es la pregunta que huye de mis labios. El hombre delgado niega con la cabeza. —Estás en el mundo real, ellos no te notan porque simplemente eres irrelevante para sus vidas —susurra con dulzura, intentando disfrazar la crueldad de sus palabras. —¿Entonces...? —Ese abismo que ves ahí —interrumpe, señalando hacia abajo con un gesto de su boca—, es el camino a la muerte. Con mis ojos abiertos al límite, retrocedo unos centímetros para alejarme del interminable hoyo n***o. El hombre se acerca hasta mí y su mano cálida se cierra con suavidad sobre mi menton. —¿Q-Quién eres? —tartamudeo la misma pregunta de hace un par de minutos, pero él me brinda una respuesta totalmente distinta. —La muerte —me reveló su verdadera identidad con una sutileza nata. Acerca sus finos labios a mi rostro y deposita un pequeño beso en mi frente. A pesar de que la situación debería resultarme extraña y terrorífica, la serenidad quien que me recibe. Él me da la espalda y se sitúa al borde del abismo, un poco más allá de donde estuve de pié hace unos segundos. Me sonríe antes de soltar unas últimas palabras que no suenan con la intención de dedicarme un adiós. —Puedes venir cuando te canses de ser invisible. Y luego salta, perdiéndose en la penumbra. Miro hacia los cuerpos que me ignoran y hacia el hoyo que divide la vida de la muerte. Suspiro, mirando consecutivamente hacia ambas direcciones. ¿Qué diferencia haría...?
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