La atracción de Froda.

4116 Words
Los pobladores de Coldrick son básicos, visten simples prendas de MilkMaid y trajes con suspensores, no pueden ser bellos, pues es un pecado. Froda los perseguiría hasta causarles desequilibrio mental. Te han contado sobre Afrodita, la Diosa de la belleza, que todas sus creaciones son perfectas. Pero, ¿Alguna vez oíste hablar de Froda? Por supuesto que no, te causaría pesadillas de por vida. Y ahora, puede que yo sea la responsable de tu próxima visita al psiquiatra. Froda fue una de las primeras creaciones de Lucifer, incluso existió mucho antes que la tierra. Ella era la Súcubo más deseada del infierno, los demonios de los siete pisos destilaban suspiros y deseo apenas la veían pasar. Era gordita, pero no de esas que sólo poseían muslos gruesos y caderas anchas, no. Froda era una gorda de verdad. Tenía los senos grandes y un poco caídos por su peso, las aureolas gruesas y los picos escondidos con frecuencia. Su barriga era ancha, su hombligo una línea horizontal y su vientre el escudo de su pelvis. No tenía una cintura pequeña, tampoco unos glúteos enormes. Tenía bultos entre la cara externa de las axilas, cauchos de piel tras la espalda y brazos bien gruesos. No contaba con un rostro perfecto, sólo simples ojos grandes y negros, una uniceja sobre los párpados, labios carnosos y nariz respingona. Aún con su carencia de gracia corporal, todos la admiraban. Ella estaba enamorada de la Diosa Afrodita, aprovechaba cuando El Diablo no la veía para ir al purgatorio y espiarla a escondidas como toda una voyeurista. Afrodita nunca la miraría con deseo, mucho menos con amor, pues todo en la Diosa era superficial. Pero, aún así, Froda fantaseaba con un tal vez. Nadie podía arrebatar los deseos de su corazón, y ese era su poder. La Demonia no prestaba atención a los miles de pretendientes que tenía, tenía ojos y corazón nada más para Afrodita, aunque no tuviese ni la más mínima oportunidad de que la Diosa supiese siquiera de su existencia. Froda era tan inconforme como los humanos. A ella sólo le gustaban las mujeres, se convencía de ella a medida que pasaban las eternidades y conocía más a los demonios crueles. Ella también tenía un poco de maldad en su interior, pero quería creer que no. Una tarde, visitó el limbo, vió a todas sus almas en pena por múltiples razones. Con uno de sus cinco poderes, vio el pasado de cada una, la mayoría eran bebés que murieron sin ser bautizados. A pesar de que buscó y buscó el alma de alguna fémina que llamase su atención, no la consiguió. Todas eran sombras blanquecinas sin rumbo. Esa misma noche, Froda se concedió a sí misma el privilegio de subir a la tierra, ahí se enamoró apenas vio a la primera mujer. Su corazón hecho para el complot latía con más fuerza a medida que pasaban mujeres, pero sólo le gustaban las mujeres arregladas y cuidadas. Se olvidó de Afrodita apenas vio que una adolescente morena con cabello crespo y ojos negros le sonrió. Las humanas eran aún más bellas que las Diosas. Dejó salir su maldad natural cuando tomó a una jóven de veinticinco años y la arrastró consigo hasta el infierno, le colocó unos cuernos y unas alas para hacerla pasar por una demonia más, estaba demasiado obsesionada con las humanas como para dejarlas ir. Pero como la chica había sido creada por Dios, falleció a la semana. Froda, despechada por la pérdida, regresó a la tierra y tomó a otra. Y así pasan los siglos, Froda se lleva al infierno a todas las mujeres hermosas y solteras que ve, esas que a pesar de ser bellas, carecen de amor. Ahora, te hablaré sobre el motivo principal del por qué te cuento esta historia, la desición de Kenna Gales. Era una refrescante tarde de otoño, las hojas cobrizas danzaban por el aire para morir en el suelo, el viento era fresco y cómo. Kenna se encontraba guardando sus libretas correspondientes del día en su mochila, suspiraba, cansada de tener que asistir nuevamente al infierno que se hacía llamar escuela. Kenna no era muy agraciada, tenía una uniceja que contrastaba evidentemente con la piel de su frente, su cabello era rizado y largo, hasta la cintura. Sus labios eran finos, sus ojos tan negros como el fondo de un abismo, tenía la nariz puntiaguda con varios puntos negros que nacían en su curvatura con frecuencia. Su cuerpo era delgado, carente de curvas, buenos glúteos o senos abultados, Kenna Gales era todo el antónimo de lo que un muchacho superficial querría para su vida. La muchacha se colgó la mochila en el hombro y se echó a andar al edificio blanco y desgastado, caminaba a paso lento, observando a sus alrededores por las rendijas de sus ojos, miraba su espejismo en los charcos transparentes del suelo y apartaba su vista por el desagradable espectáculo que brindaba su apariencia. A pesar de ser Coldrick un pueblo pequeño, la mayoría de los adolescentes eran como los de cualquier ciudad, superficiales y engreídos. Al entrar a su salón, comenzó a apuntar lo que decía en el pizarrón a su libreta. Risillas y susurros se oían a sus espaldas, sus compañeras molestas de siempre. Su mirada adquirió un brillo inefable cuando paseó su vista a la entrada del salón, suspiró por inercia ante el deleite visual que le dio la aparición de Carter Smith. Él era el chico más popular del último año, no era un idiota como los que alardeaban tener un buen nivel aristocrático, pero su belleza le hacía el favor de darle un excelente puesto en la pirámide de la fama escolar. Penélope y Greisy, las compañeras molestas, pillaron cuando Kenna colocó un pechón de cabello detrás de su oreja con timidez y volvió la vista a su libreta. Una bola de papel arrancado de un cuaderno golpeó el hombro de Kenna y aterrizó junto a su lápiz. Ella suspiró, cansada de la rutina humillante de siempre, y echó a un lado la bola de papel para continuar con su tarea. Pero las personas abusivas nunca se cansan de j***r. Es mentira eso de que al ignorarlos, ellos harán lo mismo contigo, más bien buscarán la forma de humillarte más y más, incluso hasta hacerte tomar la desición de un s******o para que ya no seas un estorbo para su existencia. Otra bola de papel aterrizó con éxito sobre el escritorio de la chica invisible, le siguió la tercera y la cuarta, hasta que sonó la campana del recreo y pudo encerrarse en uno de los cubículos del baño a desahogar su impotencia con lágrimas, a contarle sus penas al inodoro y al suelo de cerámica blanca que había puesto amarillenta de tanto desgaste. Su mente era débil, estaba harta de tener que soportar el bullying constante. No era ningún problema para ella pasar desapercibida, pero tampoco era problema para sus compañeras gritarle sus opiniones venenosas a través de papeles, apodos crueles y juegos nefastos. Sentía que era imposible ahogar su llanto, miraba hacia el techo, sabiendo que más allá estaba un Dios, invisible para los habitantes del pueblo maldito, pero ella creía en él. Le preguntaba a través de cada lágrima el por qué la hizo tan fea, por qué no podía ser bonita como sus otras compañeras de clase, o por qué no la hizo crecer en una familia acaudalada, para que así su apariencia pasase a un segundo plano. —Ay sí, Greisy, no entiendo cómo esa niñata repugnante sigue en esta escuela— Kenna reconoció los finos zapatos de Penélope bajo la puerta del cubículo. Kenna no pudo más, secó las lágrimas que corrían a chorros por sus mejillas, y, sin importar que sus ojos hinchados pusieran en evidencia que había estado llorando; salió. —Ah, es que el adefesio nos estaba escuchando— comentó Greisy mientras se trenzaba el cabello. Escaneó la falda escolar que casi le llegaba a las pantorrillas a Kenna e hizo una mueca—. No sirves ni para estar al momento con el uniforme, suicidate. —¡Déjenme en paz!— imploró, y salió corriendo del baño bajo los comentarios burlistas de Penélope y Greisy. Todavía quedaban al menos diez minutos de receso, Kenna aprovechó el descuido de los profesores para escaparse y regresar a casa. Corría, la brisa adhería su cabello churco a su rostro indeseado, el agua de los charcos chapoteaba bajo sus piés, mojando sus medias de mala calidas. Tropezó y cayó al suelo, por culpa de sus retinas cristalizadas y el bloqueo de su cabello. Su paladar detectó el sabor a tierra en cuestión de segundos, se levantó y no se molestó en sacudir el barro de su vestimenta, no cambiaría nada en la perspectiva que los demás tenían sobre ella. Al llegar a su humilde y vieja casa, el semblante tranquilo de su abuelo cambió a uno angustiado. —¿Qué te pasó, mija?— inquirió el anciano al verle el uniforme tan sucio y la cara rasguñada. Ella no contestó, lanzó su mochila al sofá, y se metió a su cuarto de mala gana. Soltó un gruñido al no poder azotar una puerta, era tan pobre que lo único que le daba privacidad era una delgada cortina que más bien parecía una servilleta. No tenía nada, sus padres se fueron del pueblo a hacer un viaje de negocios y murieron, haciendo cierta una de las tantas leyendas. «No puedes salir de Coldrick por más de cuarenta y ocho horas». Su abuelo se encargó de su crianza. No tenía ni dónde caerse muerta, lo único que le daba un sustento para comer y comprar ropa usada cada dos meses; era la panadería que humildemente trabajaba su abuelo. Kenna se metió al baño, tallaba sus piel con el jabón barato de trigo, y se lo quitaba con valdes de agua fría. Pasaba con rudeza el jabón por su rostro, queriendo borrarse a sí misma en lugar de quitarse sólo los restos de barro. Su pecho se sentía caliente bajo el agua fría, la taquicardia era su peor tormento. Sus lágrimas se mezclaban con las gotas de agua, ella quería creer que su sufrimiento era nulo de esa forma. Se sentó en el piso rústico, apoyó su espalda en la pared cubierta por una densa capa de moho, y golpeaba su cabeza mientras ahogaba gritos que morían por acabar con su existencia. † D e tanto llorar, Kenna se había quedado dormida sobre su colchón duro. Somnolienta, miró por la ventana, el cielo estaba oscuro, y supuso que era de madrugada, pues el canto de los grillos era lo único audible. Sintió hambre, entonces salió a la sala y hurgó en una canasta que estaba sobre la mesa, sacó un pan de mantequilla y lo mordió con ganas, apenas y había desayunado el día anterior. Cuando se dio media vuelta para volver a su cuarto, retrocedió de un respingo, al pan hasta casi se le cae de las manos. —Abuelo, me asustaste— dijo, intentando recuperar su respiración común—. Caray, ¿Qué haces ahí? El abuelo se apoyó de su bastón para levantarse del mueble individual de madera, y se acercó un poco a ella. —No saliste de tu cuarto desde que llegaste de la escuela, llena de tierra, y dos horas antes de la salida. Me tienes muy preocupado. Kenna agachó la cabeza. —Otra vez me estaban molestando— confesó. —Hija, no les prestes atención— el señor Pancho intentó acariciar el hombro de su nieta, pero ella se apartó, como si aquellas palabras le quemaran. —¡Estoy cansada de que siempre me digas eso, abuelo! ¡Estoy cansada de ser fea! ¡Ya no quiero que ser burlen de mí! ¡Quiero tener amigas, quiero que los muchachos se fijen en mí! ¡Estoy cansada de ser así! El señor Pancho frunció sus labios, su viejo corazón, pese a las heridas de todo un pasado fuerte, se fragmentó un poco más ante las palabras de su nieta. —No seas bonitas como ellas, Kenna— le agarró la mano—. Sé bonita como tú. No tienes que dejarte llevar por las opiniones de los demás, ellos te molestan porque no están conformes con sus vidas propias. Buscan sembrar incomodidad en los demás porque así son ellos, son como una plaga. Tú eres bonita mija. Kenna rodó los ojos, agarró otro pan de la canasta, y se fue a seguir durmiendo para no continuar con un conversatorio que no tenía ningún sentido para ella. † —Abuelo, voy al boulevard a darle de comer a las palomas— dijo Kenna, agarrando una bolsa de papel de la mesa. —De ninguna manera— se opuso el señor Pancho—. Anoche lavé tu uniforme y lo puse detrás de la nevera para que hoy estuviera seco, así que póntelo, que te vas para el colegio. —Yo no quiero volver a ese tonto colegio— murmuró. —¿Qué dices? —Que no quiero volver a ese tonto colegio— dijo más alto—. Estoy cansada de que se burlen de mí. —Tú vas a estudiar, Kenna, no a causar buena impresión. Me gustaría que tuvieras amigas, pero de ninguna manera voy a permitir que las tengas por aparentar ser alguien que no eres. —Nunca voy a tener amigas— se quejó la muchacha, dejando la bolsa en la mesa otra vez— porque las otras niñas del pueblo son bonitas y yo no. Ni modo que voy a irme para buscar amigas. No pienso volver a un colegio donde me reprochan a cada rato que no soy linda. No importa si voy a buscar amigos o no, sus molestias son algo que simplemente no puedo ignorar, por más que así lo quiera. —Si yo te contara que es mejor así, mija— suspiró el abuelo, moviendose hacia la ventana para atender a un cliente que acababa de llegar—. Ya eres bonita, pero si llegaras a ser más bonitas, podrías correr el riesgo de que Froda te lleve. —Otro de tus cuentos, abuelo— ella rodó los ojos y se dio la vuelta para acostarse a seguir durmiendo. —¿Cuándo has visto que alguien de este pueblo haya sobrevivido después de experimentar una leyenda?— Kenna se detuvo— Nunca, ¿Verdad? Lo que hacen es darle más créditos. Kenna sintió intriga sobre la tal Froda, tenía completamente claro que nunca sabría ni la mitad de todas las leyendas del pueblo maldito en el que estaba condenada a vivir. —¿Quién es Froda?— inquirió. El cliente al que su abuelo estaba atendiendo hizo una delgada línea con los labios. —Froda es una demonia del infierno, a veces se disfraza de humana y viene a Coldrick a buscar mujeres lindas para llevarselas para abajo. —Eso no tiene por qué pasarme a mí— farfulló ella. —No subestimes las posibilidades— le advirtió el anciano—. Anda a vestirte, que llegarás tarde a la escuela. —¡Que no voy a ir!— siguió ella de terca. El señor Pancho se aferró a su bastón, caminó lentamente a su nieta con una mueca empática. Llevó su mano arrugadita a la frente de la muchacha y se la tocó con el dedo índice. —Esta es la parte más hermosa del cuerpo. Si tus compañeras te molestan porque no eres como ellas, es porque carecen de lo que tú tienes, de inteligencia. A ellas que se las lleve Froda, tu inteligencia puede llevarte más lejos. Debes ignorar, a veces hay que ir ignorante por el mundo para vivir una vida plena y sin riesgos. Y más en este pueblo. Pero cuando te hacen tanto daño, en tu mente se queda plasmada la memoria de todas esas noches donde te sentiste insuficiente, como un tatuaje que se expande a lo largo de tu alma, perpetuando todo el dolor en tu mente. Te llenas de rencor, quieres demostrarle a todos que no harás lo que ellos quieran contigo. Y si no tenía lo recursos necesarios para volverse bonita, optaría por la última alternativa que tenía para acabar con su fealdad. Y no, no hablo del amor propio. Kenna se fue a su cuarto, se cambió la ropa normal por su uniforme y regresó a la sala. Visualizó que su abuelo estaba ocupado con unos clientes en la cocina, y lo tomó como un punto a su favor al agarrar un cuchillo y esconderlo en su espalda, bajo el uniforme. —Ya me voy, Abuelo— dijo, abriendo la puerta. —Vaya pues, mija. Su infierno acabaría, al menos momentáneamente, pero no de la forma en que ella pensaba. † P or supuesto que durante la primera clase Penélope y Greisy siguieron molestándola, ya esa era una costumbre permanente. Kenna se limitó a tomar respiraciones profundas, consolándose con la idea de que pronto terminaría todo ese martirio. Entre empujones, fue una de la primeras en salir apenas sonó la campana. Subió las escaleras de incendios hasta llegar a la azotea del edificio, desde ahí pudo ver todo el pueblo. El horizonte estaba cubierto por el característico color naranja que representa el otoño, el cielo estaba nublado. Veía a los pueblerinos como hormigas, pensaba en las ironías mientras se permitía ver cada rincón del pueblo maldito por primera y última vez. A simple vista, podrías vivir en Coldrick como si fuera un pueblo común y corriente, pero esas posibilidades de disipaban junto a tus esperanzas apenas cruzabas palabras con alguno de sus habitantes. No hay un día en que dos individuos mantengan una conversación normal, sin mencionar alguna de sus leyendas mientras tiemblan del temor. Vivir con miedo, sencillamente no es vivir. Kenna dejó su mochila en el suelo, sacó el cuchillo de su espalda, y jugueteó con la hoja en sus manos, tenía los pelos de punta. Muchos creen que las personas que se suicidan son corbardes, pero la verdad es que son incluso más valientes que aquellos que deciden vivir. —Hey— ella volteó de inmediato al oír una voz masculina. El chico que le gustaba abrió los ojos de par en par al visualizar el arma blanca entre sus manos—, ¿Qué carajos...? —¿Q-qué haces aquí?— cuestionó ella. —No, ¿Qué haces tú aquí?— se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo. —Vete— musitó ella, empuñando el cuchillo. —¿Por qué debería?— inquirió, expulsando el humo— Ninguno tiene permitido subir, pero aquí estamos. Entonces supongo que ninguno tiene más derecho de estar aquí que el otro. —¡Que te largues!— se alteró la muchacha. —A ver, ¿Qué ibas a hacer con ese cuchillo, Kenna?— indagó él. Kenna no pudo ocultar su impresión, aflojó el agarre en el mango del cuchillo y dio unos pocos pasos hacia adelante. —Dijiste mi nombre— lo dijo en voz alta para convencerse de que así había sido. —¿Qué? ¿Es un nombre prohibido?— cuestionó él, pasivo, sin ningún tono de burla. Aquello fue lo que hizo que el corazón de Kenna latiera con un sentimiento distinto, que estaba hablando, por primera vez en su vida, con alguien que no le echaba en cara alguno de sus defectos—¿Por qué ibas a suicidarte? —¿Para qué preguntas que qué iba a hacer si luego llegarías a esa conclusión? Carter puso una mueca de indiferencia. —En realidad, era para que me explicaras el por qué. Pues, supe tus intenciones desde que te vi sacar el cuchillo de tu espalda. —Estoy cansada de ser fea— le confesó, sintiendose con confianza, con la seguridad de que él no se burlaría de ella. —No eres fea— dijo él, aplastando la colilla del cigarro en el piso—. Tienes una belleza diferente a la común. La curvatura de los labios de Kenna se elevó en una pequeña sonrisa ladeada, la cual se disipó por la llegada de otro pensamiento negativo. —¿Entonces, por qué no tengo amigos?— su voz se rompió, la carencia de autoestima regresó. —Porque no los buscas— contestó él—. Pero, si la falta de amigos es lo que te planta el deseo de acabar con tu vida, he venido a tu rescate— se levantó—. Yo seré tu amigo. Ella lanzó el cuchillo al suelo, extendió su mano para estrecharla con la de si nuevo amigo, él se acercó y la abrazó. De cierta forma, el infierno había acabado. Pero, cuando se está desesperado, uno tiende a pensar cosas que no son. A ver cosas donde no las hay. † Y así pasaron los días, Carter y Kenna se juntaban en el recreo, y salían una que otra tarde a caminar por la calle. La compañía del chico era agradable, tanto que Kenna comenzó a aferrarse a él. Cuando Penélope y Greisy se metían con ella, Carter la defendía a todo dar. Era un amor, eso aumentaba la envidia de las dos fastidiosas, que él se la pasaba con la fea y que ellas le caían mal. Kenna empezó a sentir algo más que un cariño por Carter, empezó a enamorarse, a obsesionarse. Y, para la desgracia de su atracción enfermiza, su felicidad murió un jueves en la salida. —Quiero presentarte a alguien— Carter halaba del brazo de Kenna con insistencia, mientras ella guardaba los últimos libros en su mochila. Los dos bajaron rápidamente las escaleras y se apresuraron a la salida. Caminaron hasta donde una muchacha de cabello castaño y ojos verdes los esperaba. —Kenna, ella es mi novia, Jane. El rostro de Kenna adquirió una mueca de decepción nunca antes creada. La palabra novia hacía eco en su subconsciente, la situación le restregaba en la cara la realidad. —He escuchando sólo cosas buenas sobre ti— mencionó Jane, extendiendo su mano. Kenna la miró con horror y salió corriendo. Pero, al llegar a su casa, no derramó ni una lágrima. Su abuelo estaba tomando una siesta, ella sacó de uno de sus cajones unos cuantos billetes y salió corriendo a la casa de una costurera a comprarle los vestidos más bonitos que tuviera. Con lo que sobró, fue a donde una vecina que le alisó el cabello con una plancha de ropa, y también compró un brillo de labios y unas sombras para ojos. Fue hasta la casa de Carter y tocó la puerta con insistencia. —¿Cómo me veo?— cuestionó apenas él la recibió. —Estás muy linda... Ella no lo dejó terminar, se abalanzó sobre él y le plantó un beso en los labios. Sonrió al separarse de él, Carter frunció el ceño. —¿Qué haces? No vuelvas a besarme— le dijo, llevandose los dedos a los labios. —¿Por qué?— le preguntó Kenna, con la cabeza ladeada. —Tengo novia— dijo con obviedad. —¡Pero dijiste que estoy linda! —¡Sí, estás linda, pero no me gustas! Ella retrocedió, recibiendo aquella declaración como cientos de puñales que se clavaban en su pecho. —Kenna...— Carter intentó remediar su error, cayendo en cuenta de la gravedad de sus palabras. La susodicha corrió, como siempre, con la decepción latente en su memoria y en toda su piel. —A mí sí me gustas— una voz femenina la hizo detener su corrida hacia la nada. Se volteó, con sus manos temblando y el corazón adquiriendo un atisbo de esperanza. La mujer gorda avanzaba hacia Kenna con un largo vestido n***o—. Me llamo Froda. Kenna, a pesar de reconocer que había caído en un gran peligro, no sintió miedo. Se acercó a la mujer infernal con su pecho subiendo y bajando vehementemente por el cansancio. «—Froda es una demonia del infierno, a veces se disfraza de humana y viene a Coldrick a buscar mujeres lindas para llevarselas para abajo.» Kenna ya no quería vivir, Kenna quería morir siendo hermosa para los ojos de alguien. La humana cortó la poca distancia que las separaba y se lanzó a sus brazos, sientiendo el calor de las llamas al instante. Froda la envolvió en un manto penumbroso, la tierra las absorbió, llevándose a su nueva presa al inframundo, al orígen de la maldad en su superficie. Kenna besó los labios de su amada demonia, feliz de ser bonita para ella. Encantada de haberse convertido en la atracción de Froda.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD