Harry
Le doy un último vistazo a la imagén impresa en el papel y luego a la cabaña. Sí, en efecto, este es el lugar.
Me persigno antes de tocar la puerta para que Dios me dé buena suerte. Me parece algo extraño que la reunión sea tan lejos, pudiendo hacerla en casa de uno de nosotros... O también hay cabañas en Oregon, donde vive Kaller.
Abigail es quien me recibe, extendiendo sus brazos a mi dirección. Bajo la maleta para corresponder su abrazo y me adentro al lugar sin cerrar la puerta.
—Sólo hemos llegado nosotros— me hace saber—. Encontré una escoba en uno de los cuartos y estaba quitando algo de polvo— sonríe.
—Deja te ayudo.
Dejo mi maleta en una silla y agarro la escoba para quitar las telas de araña de las esquinas de los techos y de las paredes.
—Hola, holaaaaaa— la voz entusiasta de Kaller hace presencia en la sala. Tiene los brazos en jarra cuando volteo a verlo—. Ay, no me avisaron que teníamos esperancito.
Me bajo de la silla donde me había subido y le doy un abrazo.
—¿Es cierto de que tienes prohibido vivir la vida loca?— me pregunta al separarnos.
Río con una exhalación mientras niego con la cabeza. Estaba por responder cuando Abi nos interrumpe.
—Hey, vengan a ver esto— nos hace una seña con la mano. Ambos nos dirigimos al sitio y yo arrugo las cejas al ver de lo que se trata— ¿Estará muerto?
Es un gato n***o al lado de la puerta de lo que— al parecer— fue alguna vez la cocina. Tiene tres largos rasguños que no parecen ser recientes. Aparentan ser producto de algún objeto bastante filoso, ya que son muy finas para haberlas hecho un humano.
—Kaller, revísalo— dice Abigail.
—Ajá, soy pediatra, no veterinario— se cruza de brazos.
—Yo soy lesbiana y estoy en una cabaña en medio de la nada con dos tipos y un gato que aparenta estar muerto— le da una mirada obvia—. Así que no entiendo cual es tu punto.
—Yo soy quien no entiende una mierda— mantiene Kaller su postura—. Si la casa no tiene ningún electrodoméstico, ¿por qué tiene esas marcas?
—Quizás llegó así— opino.
—Pero, ¿Por donde entró? Si todas las ventanas estaban cerradas cuando llegué— me contesta Abigail—. Kaller, revisalo y ya, chico.
Él rueda los ojos y se acerca, cuando se agacha frente al animal, éste sale corriendo y desaparece por un agujero que hay en la ventana de la cocina.
—O entró por ahí— se burla Abi.
Kaller hace una mueca remedándola y chilla cuando sale a la sala.
—¡Muchachas!
Cuando entro a la escena seguido de Abi, abrazamos a las gemelas que acaban de llegar.
—¿Llevan mucho desde que llegaron?— pregunta Margo.
—No— le contesta Kaller—. Lo suficiente para haber resucitado a un cat.
—¿Eh?— inquiere Margo y Abigail le hace una seña de que no le preste atención.
Kaller le quita unas sábanas a los sillones de la sala (que parecen ser lo único hóspito de la sala) y comienza a repararlos. Dianne se encarga de subir nuestras maletas a las habitaciones y Abi va tras ella para ayudarla a asear las mismas. Margo, Kaller y yo, nos dividimos para terminar de limpiar lo que falta con trapos y escobillones.
—Buenas— Danielle por fin llega, nos saluda desde la entrada— ¿Como estamos?
Me acerco para ayudarla con sus maletas y me quedo rígido cuando la puerta se cierra sola detrás nosotros, que raro, pues no hay brisa. Me encojo de hombros y subimos las maletas a su habitación. Danielle se pone a chillar de la emoción junto con los demás.
—Bien, creo que ya todo está relativamente limpio— aviso al ver todo—. Si me permiten, iré por unos crucifijos que traje en mi maleta, para colocarlos en cada uno de los cuartos.
—Sí, mientras tanto vamos a encender una fogata afuera, ya está comenzando a oscurecer— ofrece Dianne.
Todos bajamos a la sala y yo subo otra vez para colocar los crucifijos en la pared de cada habitación. Apenas intento colocar uno, se cae, y vuelve a hacerlo cuando lo intento otra vez. Decido entonces dejarlos junto a las camas.
—Margo ya encendió la fogata— avisa Abigail, invitándome a ir con ella.
Al salir, los chicos reunieron troncos para sentarnos alrededor de la fogata.
—Mañana Dianne y yo iremos al pueblo por provisiones— hace saber Kaller.
—¿Por qué aquí?— la pregunta se la hace Margo a Dan.
La rubia se encoje de hombros.
—Supuestamente está maldita— lo dice con simpleza, a lo que yo arrugo las cejas—. Sería una nueva aventura para La Demencia.
—¡¿Estás loca?! ¡No pasaré la noche ahí dentro entonces!— exclama Abigail— Ya decía yo que era demasiado extraño vernos tan lejos.
—Ay, relaja la pelvis— dice Kaller en un bostezo fingido—. Como que si no hicimos cosas peores en la secu.
—Verdad, quedate quieta— secunda Danielle—. Aquí tenemos a un santo por si acaso— me señala.
—Oigan, apenas estoy en formación, no me anden metiendo en líos. Por favor— hago un ademán de súplica con las manos.
—Bueno, entonces buscamos ajo y estacas y ya está— dice Dan mientras enciende un cigarrillo con las llamas de la fogata.
—Eso es para los vampiros— le recuerda Margo.
—Ajá, sí, y Kaller no es gay— rueda los ojos y expulsa el humo.
—¿Qué tienes contra los gays?— Abigail le lanza una piedrita.
Había olvidado que la mayoría del tiempo la pasábamos discutiendo entre nosotros mismos.
—Nada— le devuelve la piedra—. Solo quería ser sarcástica.
—Hey, miren allá arriba— Dianne señala una parte de la casa. Es una pequeña ventana redonda que parece tener una luz encendida.
—Un ático— digo.
—Vamos a ver— Danielle trota hasta la casa.
—Yo no iré a ver una mierda— se opone Abi.
—Sí, vamos a ver— Dianne también regresa a la cabaña y Kaller la sigue.
—Bueeeno— intento buscar un tema de conversación—. ¿Qué hay de ustedes? ¿Cómo las trata la vida?
—Yo soy cheff— contesta Margo.
—Genial— le alzo los pulgares y volteo a ver a Abi.
—Bueno... Como saben ustedes, me gradué en derechos. Pero en realidad soy maestra de álgebra onlyne, me quedo en casa cuidando a mi hijo mientras Amanda trabaja, ella sí ejerció la carrera— relame sus labios— ¿Tú?
—Pues, dediqué mi vida al señor y...
—¡Chicos, tienen que ver esto!— Dianne me interrumpe al gritar desde la ventana del ático.
—Bueno, vamos. Ya están allá— digo.
Abi y Margo me siguen hasta donde están los demás.
—Bien, ¿qué hay?— cuestiona Abigail.
—¡Un twister!— exclama Dianne con euforia— Juguemos.
—Me parece buena esa idea— Margo apoya a su hermana, viendo la caja del juego.
—Sí, vamos a jugar eso— opino.
Los tres nos dedicamos a salir del ático todo polvoriento, pero Danielle detiene nuestros pasos.
—¡Hey! ¡Vuelvan aquí!
—¡Puta madre!— Kaller le quita una tabla de las manos a Danielle— ¡Hay que jugar, we!
—¿Qué?— cuestiona Abi, quien retrocede cuando ve de qué se trata— ¡La que te parió!
—No seas aburrida, Abigail— resopla Dan—. Quizás podamos hablar con tu difunto sentido del humor.
—¿Eh?— me confundo.
—Es una ouija— me hace saber Kaller.
—Oigan, no— se mantiene Abigail—. Esto es muy cliché de película de terror. Un grupo de amigos en una cabaña que al parecer está maldita encuentran una ouija y se ponen a jugar, se saben la ruta, ¿no?
—Lo de Abi— secunda Margo—. Mejor quedémonos con el twister.
—Sí, yo opino lo mismo— digo.
—Pff, no sean aguafiestas— se queja Kaller—. Son sólo mitos de la gente del pueblo.
—Además, traje unas velas porque supe que el lugar no tenía iluminación y toda la cosa. Kaller, ¿trajiste los cubiertos que te pedí?— Él asiente— Entonces jugamos sólo nosotros dos y ya, qué tanto.
—Pero no sé cómo se juega— dice Kaller.
—Pues, yo sí— Dan se encoje de hombros, pasando la mano por la tabla para quitar el polvo—. Una vez vi un tutorial.
—Vete a la mierda, Danielle— Margo hala a su hermana con en Twister en manos, supongo que se fueron a la sala.
—Oye, Danielle. Ese juego es un arma de doble filo, es mejor que busquemos otra cosa, ni siquiera sabes como se juega y...— me interrumpe.
—Ajá, echale agua bendita si tanto te asusta— me reta.
—Bueno, cada quien— habla Abi—. Vamos con las chicas, Harry.
Los cuatro bajamos a la sala, Danielle es la última en hacerlo por estar buscando las velas, fósforos y eso.
En uno de los sofás hay paquetes de chucherías, abro una bolsa de ruffles y como de estas mientras las gemelas preparan la broma del twister.
—Ve a llenarlos con el agua del riachuelo que está afuera— Danielle le da unos vasos de vidrio a Kaller.
—¿En serio lo harán?— cuestiona Dianne con incredulidad, Dan asiente sin mirarla— que les den.
Kaller llega con los vasos de agua.
—¿Jugaremos twister con esta oscuridad?— pregunto— la luz que entra por las ventanas no es suficiente.
En seguida Danielle me ofrece unas velas para colocarlas en sitios específicos y que así, nos brinden algo de luz.
—Leí en internet que no hay que hacerle preguntas al espíritu para ver si de verdad es él o un impostor— le dice Danielle a Kaller en lo que se sientan frente al tablero con las velas encendidas y el agua de los lados—. También dice que mínimo se necesitan dos personas para jugar, bueno.
—La ouija no es un juguete, Danielle— aclaro—. Tienes que demostrar respeto a la hora de usarla y ni siquiera preparaste las cosas bien. La ouija abre portales que son muy difíciles de cerrar. No sabemos con exactitud qué pasó con esta casa, pero se recomienda no utilizar el tablero en lugares donde hubieron asesinatos o suicidios.
—Ajá, pero, ¿Vas a jugar tú o yo?
—Danielle, los expertos dicen que la ouija es un objeto personal que no debe ser prestado a otros, ni siquiera tenemos idea de a quién perteneció. Dejala, por favor.
—O nos ayudas a preparar las cosas bien, o cierras el culo y nos dejas en paz— vocifera Kaller con molestia.
—No me meteré en su lío— coloco las manos al frente con indiferencia—. Pero deberían informarse antes de hacer las cosas.
—¿A quien contactamos?— Danielle cambia de tema, dirigiéndose a Kaller.
—En las películas muere primero el n***o— menciona Abigail—. Pero como no hay morenos aquí, morirá primero la rubia— se mete un puñado de ruffles a la boca.
Danielle le saca su dedo medio.
—No llevamos ni un día aquí y ya andan haciendo vainas estúpidas— se queja Margo.
—Me lo chupas, Margo— la insulta Kaller—. No sé, we— se dirije a Dan— ¿Tienes a algún familiar muerto?
La rubia niega.
—Un compañero de mi universidad se suicidó, era bastante chevere— sonríe como con melancolía—. Me gustaría preguntarle por qué lo hizo.
—Hagamos eso tons— acepta Danielle.
Los ignoro y me pongo a jugar twister con las muchachas. Dianne rueda la ruleta mientras Margo, Abigail y yo nos colocamos sobre el plástico con círculos de colores.
La cosa se complica cuando la ruleta me dice que debo colocar el pié izquierdo en un círculo verde y Margo tiene que arquear la espalda para que yo pueda hacerlo.
—Hey, Harry— Kaller me llama con la voz temblorosa.
—¿Eh?— le resto importancia.
—Te buscan, we.
Arrugo el entrecejo por la confusión, me disculpo con las chicas y voy hasta su lugar.
—¿Qué ocurre?
—Hablamos con el amigo de Kaller— dice Danielle casi en un susurro—. Pero luego comenzó a decir cosas extrañas, cre-creo que ya no es él.
Entreabro los labios, esto es demasiado grave. Quisiera decir "Se los dije" pero eso no cambiaría nada.
—¿Por qué?— inquiero.
—Comenzó a decir cosas extrañas y sin sentido— me explica Kaller—. Y a cada rato señala el número seis.
—Les dije que no me metan en su lío.
Les doy la espalda para volver a donde las chicas, pero un escalofrío me recorre el cuerpo al oír lo que Danielle susurra.
—Dijo que te busca.
El pecho se me agita, avanzo hacia ellos con las manos temblorosas.
—¡¿Tienen idea de lo que han hecho?!
Ambos se muestran cabizbajos.
—¡Dios! ¡No puede ser!— llevo una mano a mi rostro por la exhasperación— Despidanse.
Pero Kaller hace lo contrario.
—¿Quién eres?— pregunta con la mirada en el tablero.
—¿Qué crees que haces? Te dije que te despidas.
El oráculo comienza a deslizarse sobre la madera.
—Analisse— Danielle me ve— ¿Quién es Analisse?
—Vaya uno a saber— suelto un bufido—. Despid...— me retracto— Pregunten su apellido, y cómo nos conoce.
Danielle hace lo que le digo y me contesta cuando el ente le dice algo.
—Lovegood.
—¿Te conocemos?— pregunta Kaller.
Me acerco un poco más, claramente veo cuando el triángulo forma un "Tal vez".
Antes de que Danielle pueda formalizar otra pregunta, el oráculo comienza a moverse en círculos y luego señala a distintas partes, paso saliva cuando el triánfulo deja de moverse.
" Quiero decirle algo a Harry"
—Despidanse, entraré a una sesión.
Ambos se despiden de la tal Analisse, el triángulo señala donde dice "Goodbye" Apago las velas con las yemas de mis dedos.
—Busquen otras velas, boten esa agua y llenen los vasos con otra.
Ninguno refuta a la hora de hacer lo que les pido. Voy a la habitación por un rosario y un cuarzo que me dio mi madre cuando cumplí veinte años, bajo a la sala con ambos objetos para la protección y los coloco a los costados del tablero.
Enciendo las velas y coloco mis índices a los lados del cristal del Ojo de Horus.
—Quiero comunicarme con Analisse Lovegood— le hablo al tablero mientras cargo con las miradas de Kaller y Danielle sobre mí.
Cuando dejo de girar el triángulo, pregunto.
—¿Como me conoces?
Mis dedos se deslizan primero a la T y terminan en la E.
"Tú me dañaste"
—No sé de qué me hablas— suelto mis palabras con firmeza, manteniendo mi expresión seria.
"Lo sabes, pero juraste
hacer como que no lo recuerdas"
—No sé...
El oráculo comienza a moverse, sin darme oportunidad de gesticular oración alguna.
"Dios perdonó tus pecados,
Pero mi alma en pena no.
Yo no"
Y el recuerdo de aquella noche me golpea con fuerza.
"—Tiene pulso. Hay que llevarla a un hospital."
"—Yo opino que la dejemos junto al lago."
"—Creerán que fue un accidente."
"—Yo le agarro los piés. Margo un brazo y Dianne el otro."
—Perdón— mi voz sale en un susurro—. No tenía idea de lo que hacía.
Mis dedos temblorosos se mueven por el tablero.
"Todo es mejor con amigos,
Incluso la venganza"
—¿Qué...
"Goodbye"
†
No he logrado conciliar el sueño desde lo ocurrido hace un par de horas. Lo que dijo Analisse tiene muchísima razón y no me tomaré el atrevimiento de contradecirlo. Dios perdonó mis pecados, pero ella no. Y su alma está en pena por mi culpa... Porque si hubiese insistido más en llevarla al hospital aquella noche, quizás aún seguiría con vida.
Bajo las escaleras con un vaso de vidrio en una de mis manos, con la intención de recoger agua del riachuelo para beber.
Antes de salir de la habitación, revisé mi celular, faltaban cuatro minutos para las seis.
Cuando salgo de la cabaña, visualizo que el cielo ha comenzado a esclarecerse, pronto aparecerá el sol para iluminarlo todo e irradiar con su luz veraniega.
Recojo un poco de agua de la orilla y la bebo. Regreso a la cabaña y me sobresalto al ver unas manos en los posa brazos de los muebles.
—Cielos, me asustaste— digo en un suspiro.
Pero no me contestan.
Me acerco para ver de quién se trata y me encuentro con que es Danielle. La extrañeza me abarca cuando me percato de que está mirando al frente, sin parpadear. Paso una mano frente a ella para devolverla a la realidad, pero ni se inmuta.
Quizás sea sonambula.
Intento restarle importancia mientras subo las escaleras para intentar dormir, pero el vaso que yacía en mis manos, se estampó contra el suelo al ver a Danielle salir de su habitación.
Desesperado y ensordecido por el miedo, vuelvo a bajar por las escaleras y me asomo cuando voy por la mitad.
No hay nadie en el sofá.