Sweet Nightmares (parte 3)

2048 Words
Abigail. Kaller y yo subimos al auto de Dianne. Los demás se quedaron en la cabaña para terminar de limpiar el polvo que quedó y no quitamos por completo mientras que nosotros tres vamos al pueblo a comprar comida, carbón y unos fósforos. Sólo nos falta eso, debido a que Danielle trajo de su casa hasta una vajilla, ollas y calderas para cocinar. —No logré pegar un ojo en toda la noche— dice Kaller en los asientos de atrás con cansancio. —¿Y eso?— inquiere Dianne al volante. —Bueno, hay tres habitaciones, y a mí se me ocurrió la brillante idea de compartir la mía con Danielle— espeta él con sarcasmo. —¿Patea o habla dormida?— pregunto. —Peor. —¿Se orina?— cuestiona Dianne con burla. —Pff— resopla él—. Asusta. Harry me despertó como a las seis, preguntándome que si Danielle se había parado a orinar o algo. Supuestamente la vio sentada en un sofá de la sala y que cuando subió las escaleras ella estaba saliendo del cuarto. —Ajá, pero no entiendo— pregunto yo—. ¿Como va a estar en dos lugares al mismo tiempo? Te creo que se folle hasta a cinco a la vez, pero estar en dos lugares no. —A lo mejor Harry cree que fue un espíritu o no sé, supongo que cree mucho en esas cosas por la cuestión de su iglesia— opina Dianne. —Anda paranóico por lo de anoche— Kaller suelta un bostezo—. Andaba colocando cualquier excusa para no jugar con nosotros a la ouija. —Puede que también sea eso— opino yo—. Bueno, si quieres te quedas durmiendo aquí mientras nosotras compramos las cosas— lo miro por el espejo retrovisor. —Será. Dejando atrás el camino con piedras y ramas, nos adentramos a una carretera que nos llevará a Coldrick, es el sitio más cercano para comprar cosas. Ahora que lo analizo, parece ser un pueblo fantasma. —Oye— me dirijo a Dianne—. Yo nunca había oído hablar de Coldrick, ¿y tú? Ella niega. —No, también es la primera vez que lo escucho. Miro por el retrovisor para ver si Kaller se durmió, lo veo sentado con la vista al frente. —Está dormido, amix. Marco mi ceño al fruncirlo, cuando volteo, está acostado con la cabeza entre las manos. —No, Dianne— coloco los ojos como platos—. Acabo de verlo por ahí— señalo el retrovisor— y estaba sentado. —Mtch— ella hace ese sonido con la lengua sin quitar la vista de la carretera—, ¿Se te pegó lo de tu ex?— se burla. —Dianne, en serio, yo... —Sólo viste mal, Abi. No te agobies. Conduce por una última curva y aparca frente a un abasto. Me quito el abrigo antes de bajar, aquí sí está cálido, no como en la montaña que el ambiente es gélido sin importar que estemos en verano. Inmediatamente agarro el celular para llamar a Amanda, marco su número, pero me envía al buzón. Suspiro y le dejo un mensaje de voz. —Amor— hablo mientras Dianne camina a la entrada del pequeño negocio—. Bajé al pueblo con Dianne y Kaller a comprar provisiones, no creo volver a bajar en toda la semana. Sólo quiero decirte que estoy bien y que ya te extrañoooo— digo con voz de niña pequeña— y extraño a mi Jonas. Cuidense, los amo. Guardo el celular en mi bolsillo y me adentro al abasto. Agarro una cesta donde comienzo a meter verduras y unas carnes para hacer una sopa a la leña, así queda bien risa. También meto frutas como manzanas y bananas. —¿Será que compro harina de trigo?— me pregunta Dianne cuando la encuentro frente a un estante— así hacemos panqueques en la caldera. —Mejor no— hago una mueca mientras agarro un kilo de sal—. No creo que la harina de trigo y el fogón se lleven bien. Mejor compremos pan y tortillar para asarlas. Ella asiente, estando de acuerdo conmigo. —Compraré tres docenas de huevos y compuestos para hacer huevos revueltos y así— me dice. Nuestros pasos son lo único que se escucha al estar el local vacío. —Dame una calabaza— la voz de una mujer capta mi atención, está hablándole al que (supongo) es dueño del establecimiento. —¿Otro sacrificio, Calíope?— pregunta el señor— también tengo conejos por si Belcebú gusta. Aquello me eriza la piel, uy. —Ja-ja— la mujer suelta con ironía—. Soy Jitana, no sierva del diablo, Ramón. Ma veo sacar unas monedas. —No veo la diferencia— el señor de contextura delgada le entrega la calabaza y la mujer se va de mala gana—. ¡También fue un gusto verte! —Epa— Dianne me toca un hombro y me sobresalto—, ¿Qué? —Nada, me agarraste desprevenida— me excuso—, ¿nos vamos? —Ehh— ella le echa un vistazo a su cesta y a la mía. Se va a un estante, toma un pote de manteca vegetal, unos paquetes espagetti y unos enlatados—. Creo que ya. Nos vamos a pagar todo y Dianne intenta entablar una conversación con el señor, éste pesa las frutas, verduras y el compuesto para ver cuando llevamos de cada cosa. —Coldrick es un pueblo solitario, eh— comenta ella. —Ajá, ni siquiera aparecemos en los mapas, ¿son nuevas por aquí?— nos da una mirada rápida en lo que mete las cosas en las bolsas. —Vacaciones de verano— contesto yo. —Raro— el señor arruga un poco las cejas—, no es de costumbre ver turistas por aquí. —Ah, no. Estamos quedándonos en una cabaña a unos trecientos kilometros de aquí. El señor se tensa y deja de guardar las cosas en las bolsas para dedicarnos una mirada de horror. —La cabaña de los Brownbear— dice casi con un hilo de voz. —Esa— dice Dianne, chasqueando los dedos—. Dicen que está maldita, ¿usted que cree? —Necesito que se vayan— susurra cabizbajo. —¿U-usted sabe lo que pasó?— le pregunto. —Vayanse— reitera—. Llevense sus bolsas, no les cobraré nada, pero no vuelvan aquí. —Oiga, pero...— Dianne. —¡Vayanse! Dianne y yo nos miramos las caras, ella tiene una ceja levantada y yo me encuentro asustada desde hace rato por lo de el auto, lo de la mujer y ahora por esta mierda. Ella se alza de hombros y agarra las bolsas, dirigiendose al auto. —Saca las llaves de mi bolsillo y abre la maletera, please. Observo a una señora en lo que parece ser una plaza a unos metros. —No. Yo necesito saber qué pasa con esa maldita cabaña. Emprendo una carrera a donde la señora que acabo de ver, ésta permanece senta en una banca— supongo que— a la espera de un bus. —Buenos días— saludo al sentarme a su lado, simulando indiferencia. —Buenos días— ella me mira con una sonrisa ladina—, ¿Eres nueva por aquí? —Wow— comento con una sonrisa que muestra mis dientes—, parece que en este pueblo todos se conocen. —Es un lugar pequeño— ella asiente, dándome la razón. —Contestando a su pregunta, estoy de paso, buscando un lugar donde quedarme con mis amigos por una semana, ¿sabrá usted de algún alquiler? Un hombre por internet me dijo que hay una cabaña a varios kilómetros de aquí, la cabaña de...— intento recordar el nombre— ¿Los Rouders? La señora de color abre los ojos con exageración, igual que el señor del mercado. Como no contesta nada, decido hablar: —Ya le he preguntado a varias personas del pueblo sobre la cabaña, pero todos huyen sin decirme nada— resoplo—. Tendré que ir yo misma a sacar mi conclus... —Niña, no te acerques ahí si valoras tu vida. La cabaña de los Brownbear no es un sitio para habitar, está maldita. —¿Qué? ¿Por qué? Finjo mi mejor cara de que no sé un coño y a la señora no le queda de otra que suspirar y comenzar a contarme. —La tragedia ocurrió cuando yo tenía diez años— se persigna, a lo que yo marco el entrecejo—. Elauterio Brownbear había hecho un viaje de quince días a México, regresó enfermo y ningún médico se explicaba qué era lo que tenía— se tensa—. Su esposa despertaba con hematomas en todo su cuerpo, nadie creía que Elauterio agrediera a su mujer, eran la pareja más amorosa que todos conocíamos. Escucho atentamente su relato mientras juego con mis manos en mi pantalón. —Su hija de seis años dormía en su habitación y amanecía en la cocina, golpeando su frente contra la pared. Sucesos muy extraños comenzaron a ocurrir... —¿Y todos desde que él volvió de México? —Todos desde que él llegó de México— afirma—. Una noche el abuelo de mi amiga Claudia que en paz descansen estaba por ahí cerca, recogiendo unos duraznos que en ese tiempo allá era donde mejor se daban por el frío, y escuchó gritos. Decidió acercarse con su machete para ver qué pasaba. —¿Y... —Era la niña— farfulló con pavor—. El abuelo de mi amiga contaba que tenía los ojos completamente blancos y tenía los piés despegados del suelo— sus palabras salen con un hilo de voz—. El cuerpo de su Elauterio yacía colgado del techo y con la lengua bien afuera. El abuelo de Claudia se alejó rápidamente de la ventana cuando se dio cuenta de que no podía hacer nada porque aquello era un suceso paranormal. A los días unos vecinos fueron a revisar qué había pasado tras oír la historia aterradora del viejo. —¿Y...— ni siquiera soy capaz de formar la pregunta. —También los asesinaron, sólo una mujer logró escapar, pero al día siguiente la encontraron muerta en su casa. —Hay algo que aún no me encaja, si todo comenzó desde que el tal Elauterio volvió... ¿Qué fue lo que él llevó a la casa exactamente? ¿Nunca dijo a donde fue, ni qué hizo? —Nadie sabe nada— la señora niega—. A menos que...— calla. —¿A menos que qué? —Nada— vuelve a negar—. No sé de ningún alquiler por aquí, pero ese lugar es el menos hóspito para quedarse. La mujer morena se levanta con ayuda de su bastón y se aleja lo más rápido que pueda. —Señora— la llamo y finge demencia— ¡Oiga! La alcanzo, agarrándola con cuidado del hombro. —Estoy alojada con mis amigos en la cabaña Brownbear, si nos vamos, esa cosa nos perseguirá a donde sea que vayamos. Ayudenos— exhalo— por favor. —Alejate de mí— pide con cara de miedo. —Por favor, ayudeme. Se suelta de mi agarre y comienza a caminar lo más rápido posible. —¡Hay una ouija!— recuerdo el suceso de anoche— ¡Encontramos una ouija en el sótano! —¡Abigail, ya vámonos!— Dianne aparece y la señora aprovecha para desaparecer— ¡¿Qué mierda contigo?! Mi ritmo cardíaco comienza a descontrolarse, me siento en la banca sin saber qué hacer. Si me voy, me perseguirá hasta matarme, y podría meterse con mi familia. Si me quedo, nos matará a todos juntos. —¡Abigail!— Dianne corre hasta donde estoy— ¿Qué te pasa? —¡VAMOS A MORIR, ESTÚPIDA! ¡NOS VAN A MATAR! —¿Qué?— su frente forma tres líneas— ¿Quién? ¡Abigail! El nombre abandona mi boca como si ya lo supiera desde que nací. —Lilith.
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