La carcajada sonora del artista retumbó en el silencio de la plazoleta. — ¡Darwin diputado de la mayoría! ¡Darwin diciendo sí y no!... Y tras estas exclamaciones continuó sus risotadas de cómico asombro. — Ríase usted, feo; abra más esa bocaza; mueva sus barbas de apóstol. ¡Qué gracioso está usted! ¿Y qué tiene eso de particular?... Pero no se ría usted más. ¡Mire usted que me pone nerviosa! ¡Mire usted que me voy si continúa así!... Quedaron silenciosos largo rato. La condesa no tardó en olvidar sus preocupaciones con la movilidad y la ligereza que obtenía toda impresión en su cerebro de pájaro. Miró en torno de ella con ojos desdeñosos, deseando mortificar al pintor. ¿Y era aquello lo que tanto entusiasmaba á Renovales? ¿No había más?... Lentamente comenzaron su paseo, descendiend

