— Sí; ya sé lo que es eso—dijo Renovales rompiendo su largo mutismo.—Quieren ustedes anularnos; reinar sobre el hombre, al que odian. La condesa recordaba entre risas el feminismo feroz de algunas de sus acólitas. Como las más de ellas eran feas, abominaban de la hermosura femenil como un signo de debilidad. Querían la mujer del porvenir sin caderas, sin pechos, lisa, huesuda, musculosa, apta para todos los trabajos de fuerza, libre de la esclavitud del amor y de la reproducción. ¡Guerra a la grasa femenil!... — ¡Qué horror! ¿No le parece a usted, Mariano?—continuaba ella.—¡La mujer, lisa y escueta por delante y por detrás, con el pelo cortado y las manos duras, en competencia con el hombre para toda clase de luchas! ¡Y a esto llaman emancipación!... Buenos son ustedes: a los pocos día

