VI Renovales acabó de leer en la cama, según su costumbre los periódicos de la noche, y antes de apagar la luz miró a su mujer. Estaba despierta. Sobre los embozos de la cama vió sus ojos desmesuradamente abiertos, fijos en él con una tenacidad hostil, y los rabitos de su pobre cabellera, que se escapaban lacios y tristes por entre las blondas de la gorra de noche. — ¿No duermes?—preguntó el pintor con una entonación cariñosa, en la que había algo de inquietud. — No. Y tras este monosílabo duro, dió una vuelta en la cama, volviéndole la espalda. Quedó Renovales en la obscuridad, con los ojos abiertos, algo inquieto por el temor que le inspiraba aquel cuerpo, oculto bajo la misma sábana, tendido a corta distancia de él y que evitaba todo roce, achicándose con manifiesta repulsión.

