Capítulo IX

1332 Words
Ying-Yang y viceversa New York, E.U.A. A pesar de estar molesto con su padre Ethan no podía negar que sus contactos y múltiples extorciones le habían conseguido cientos de privilegios. Como el formar parte del equipo directivo de los centros médicos y hospitales que eran hospicianos por su familia, gracias a eso se encontraba sentado en ese lugar. Uno de los hospitales más prestigiosos del país estadounidense. Un suspiro cansado salió de su boca, tenía prácticamente toda la semana sin dormir. No podía, apenas y cerraba los ojos y las pesadillas llegaban como las polillas a la luz, y aunque sabía que no era el culpable de nada de lo que le había sucedido a su chica, no podía evitar sentirse de esa manera. Tenía la certeza de que ninguno de los dos había sufrido. Su muerte fue rápida e indolora y tuvo la oportunidad o la desdicha de ver a su ejecutor. Solo esperaba que ese mal nacido pagara con la misma moneda lo que había hecho. Algo de lo que sin duda, el karma o su padre se encargarían. ****************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************** Vanery rogaba piedad atada a los estribos de la cama, su cuerpo ya no podría soportar un segundo más la tortura al que estaba siendo sometido. Ya hasta había perdido la noción del tiempo que tenían en esa habitación, pero su cuerpo le daba la idea de que era mucho más del que se imaginaba. Bien podían ser días y ella lo creería fácilmente. Quería que eso se terminara de una vez por todas, pero tal parecía que Argent tenía una idea totalmente diferente a la de ella. El hombre la observaba fijamente desde el centro de la habitación, admiraba orgullosamente su obra. La primera vez que vio a Vanery, creyó ver a Joselyn, salvo el color de cabello y ojos, su tono de piel y forma de actuar era muy similar a la de su mujer. Pero a ella jamás podría hacerle algo como lo que le hacía a esa chica ahora. La joven se encontraba atada a los estribos, completamente desnuda y expuesta para él. Sus ojos vendados con un antifaz en los cuales se reflejaba la viva imagen de los ojos de su esposa, por un momento pensó en ponerle una peluca rubia, pero le pareció demasiado enfermo, así que lo dejo solo en los ojos por el momento. Un gag cubría su boca para acallar sus gritos, aun así era imposible sofocar sus lastimeros gemidos. Un par de pinzas para pezones cubrían cada uno de ellos y un consolador de doble cabeza a control remoto, ocupaba cada una de sus cavidades. Mientras sus quejas y gemidos le suplicaban que la dejara acabar, el no hacía más que prolongar su dulce tortura, disfrutaba sentirse el dueño y señor de su placer. La llevaba casi al final. Impidiéndole en el último segundo que culminara su clímax. Torturándola sin piedad, ni remilgos . En tanto él se estimulaba, se excitaba observando su obra, imaginando a su amada esposa. Por difícil que pareciese no la había tocado, salvo para colocarle la indumentaria utilizada. ****************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************** Un hombre colgaba de las vigas del techo rogando por su vida, pidiéndole al joven con la mirada desorbitada frente a él que tuviese piedad y lo dejase ir. — ¡Por favor señor! Yo no he hecho nada— Sollozaba, cual cobarde. —Soy inocente por favor, déjeme ir— Gritaba una y otra vez, implorando, ruegos que eran ignorados por su captor. Días atrás mientras Andrey acompañó a su hermano David al hospital donde el pequeño Bogar, hijo de Marshall se encontraba internado para sus tratamientos médicos, donde escuchó una conversación que llamó su atención. Un par de médicos del ala de oncología infantil, conversaban acerca de lo que un alto funcionario del gobierno los estaba obligando a hacer. Powell, había exigido a ambos médicos que inyectaran cloruro de sodio a todos los niños en lugar de su tratamiento habitual salvo a uno de ellos, al pequeño le tenían que inyectar cualquier cosa que provocara su muerte inmediata. No quería a ese niño en su hogar, por más que su mujer le dijera que eso era lo correcto para hacer, el hijo de su más fiel ama de llaves no podía ir a para a un orfanato, si ello podían hacerse cargo de él. No después de que su madre falleciera de causas “naturales”, sin embargo él no podía arriesgarse a que su mujer se enterara que ese niño era su hijo, eso lo haría quedar en la calle y acabaría con su vida. Andrey a pesar de ser hijo de un criminal jamás permitiría que algo como eso sucediera, así que nada más al escuchar a los médicos, les sacó la información amablemente sobre quién era ése funcionario y les ordenó no hacer nada con el niño. Y ahí estaba ahora, torturando a un idiota infiel, que quería remediar sus mierdas matando a inocentes. Disfrutando de la dicha que le provocaba dañar a tipos como ése, por un momento pensó en pedirle a su hermano a muñeca, pero eso sería demasiado rápido, y una basura como ésa merecía una muerte lenta y tortuosa y él estaba más que dispuesto a dársela. Tomó las pinzas cortadoras para cables y se acercó a él intimidándolo con la mirada. —Eres una basura y como tal, te voy a tratar hijo de perra— le escupió a la cara. —Pedir matar a tu propio hijo, eso sí que ser un hijo de puta eh! Ni siquiera yo que soy el criminal aquí— Dijo mientras tomaba la oreja del hombre y empezaba a cortar pequeños trozos de ella. Powell profería gritos de dolor, improperios y cientos de disculpas y lamentos pero Andrey no estaba dispuesto a escucharlo, demasiado molesto para prestarle atención y siguió con su ardua tarea de destrozar su oreja, hasta que esta se redujo solo al agujero del oído. La sangre de este escurría por todo su costado izquierdo, hasta su cuello y pecho, empapando así la ropa del cerdo infiel. En tanto Andrey tarareaba una canción mientras decidía que sería lo siguiente que haría, se acercó a la mesa y de ésta tomó un alicate y un tenedor del hereje, un viejo instrumento de tortura medieval que había comprado en internet. Viró a un costado de la habitación y observó a la dama de hierro, lista para ser usada, y a unos metros de ésta, se encontraba el toro de Falaris. Uno de sus favoritos. Lo usaría estaba decidido, el merecía morir lentamente, pero antes quería divertirse un poco más. Así que tomó el tenedor y extendió al máximo el cuello de Powell y se lo puso, luego presionó la cabeza de éste, provocando que los pinchos del tenedor se incrustaran en su piel. —Por favor, no. Juro que no le hare nada al niño— lloraba. —Lo prometo, seré el mejor padre que un niño pueda tener— sollozaba, pidiendo piedad. —Demasiado tarde amigo— demandó mientras cortaba uno de sus dedos con el alicate, provocando que la sangre que brotaba de éste manchara su camisa. — ¡Joder! Manchaste mi camisa favorita, idiota— gruñó cortando un dedo más. Powell poco a poco se quedaba sin fuerzas para gritar, tanta pérdida de sangre estaba menguando su vitalidad. Cuando se sintió totalmente satisfecho, luego de haber cortado tres dedos de cada mano, y un pedazo de la oreja que le quedaba, y estando su víctima a punto de desmallarse, lo desató dejándolo caer al piso con un ruido sordo que resonó en toda la habitación, lo arrastró hasta donde estaba el toro de falaris y lo desnudó por completo, lo introdujo y esperó a que el fuego empezara a calentarlo, unos minutos después los gritos agónicos de Powell llenaron el lugar mientras Andrey movía la cabeza de lado a lado y con el alicate marcaba el ritmo de sus lamentos, cuál maestro de orquesta.
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