Capítulo VII
Consecuencias Parte II
Para David escucha salir esas palabras de boca de su madre fue como recibir un millón de balas a quema ropa, sabía que su padre no era la mejor persona del mundo, ni el mejor hombre, y mucho menos el mejor esposo. No cuando no hacía mas que revolcarse con cuanta mujer le atrajera. Pero enterarse de esa forma tan abrupta que él y su hermano eran producto de los abusos sexuales de su padre a su madre fue un duro golpe. De no ser porque Joseline se interpuso entre él y Argent uno de los dos hubiese terminado muy mal herido, de preferencia su padre. Pues, aunque se encontraba en muy buen estado físico, no era rival para la juventud y fuerza de su hijo de 24 años.
Apenas y logro tranquilizar a su madre y Salió rumbo al despacho de su padre donde sabía que se encontraría en ese momento. Entro haciendo que la puerta se estrellara contra la pared, para encontrarse a una de las empleadas de servicio arrodillada a los pies del hombre que en ese momento estaba empezando a aborrecer.
—¡Que mierdas! — Exclamo este sin ver quien había entrado.
A David lejos de importarle la maldición de su padre miro a la joven con una expresión de asco. —Largo de aquí—. Ordenó haciendo que el hombre en la silla alzara la cabeza. Aunque parecía muy relajado a primera instancia. Su hijo lo conocía muy buen y pudo observar un resquicio de tristeza y dolor en sus ojos. —¿Por qué? —. Pregunto lloroso, sin corroborar la que la chica ya hubiese salido del despacho.
Argent no necesito que terminara de formular su pregunta, o que hiciera referencia a tan atroz hecho. Se puso de pie y a paso lento y cansado se acerco al más joven. Lo estrecho entre sus brazos con fuerza, David dejo que su padre lo abrazara por un momento, para segundos después alejarlo de su cuerpo. —¿POR QUÉ? — Exigió esta vez en medio de un grito. Sintiendo en el todo el dolor y frustración que debió sentir su madre en esos momentos.
—Toma asiento— Pidió el mayor de los dos. Cuando el más joven estuvo sentado, Argent se recargo en la mesa frente a él y se dispuso a contar su versión de la historia. — Era joven y estúpido— Fueron las primeras palabras que remarcó. —Y eso no te lo voy a negar, pero más que nada estaba molesto—. Remarco apretando los puños.
—¿Molesto? — Pregunto sin entender.
—Sí, molesto. Tu madre y yo teníamos años de relación, ambos sabíamos que, en algún momento de nuestras vidas, tendríamos que casarnos. Pero tenía que llegar ese idiota de Fredrick Baeva, la engaño, la engatuso, la enamoro. Y tu madre no hizo más que tratarme como idiota, burlarse de mi y engañarme a partir de ese momento. Obvio cuando me entere, sabía que ese mal nacido solo jugaba con ella para llegar a nosotros. Pero ella se negó a entenderlo. Prácticamente tu abuelo la obligo a casarse conmigo y a partir de ahí no hizo más que rechazarme. Una y otra vez, él día de nuestro matrimonio estaba cansado de eso, estaba ebrio, y no sabía lo que hacía— las lágrimas habían empezado a caer por su rostro hace unos momentos.
—Todo se salió de control, cuando menos pensé estaba sobre ella como un animal. Y tu madre no hacía mas que golpearme y maldecirme por destrozarles la vida—
Los ojos de David se llenaron de lágrimas, al asimilar lo que le decían, en su mente solo había un culpable en esa historia y no era por tratar de justificar a su padre. Fredrick Baeva era un tabú para toda la familia, pero para sus padres era más que eso, era el causante de que su relación se fuera a la basura.
Al salir de la oficina en su cabeza solo rondaba un nombre y la forma de vengarse de él. Y no sería lindo, las venganzas sangrientas eran sus preferidas, pero en esta ocasión podría conformarse con algo parecido a lo que hizo él con su madre.
Lina se encontraba perdida en sus pensamientos después de escuchar su nombre junto a la palabra matrimonio salir de la boca de su progenitor.
Por el contrario, a Elsa que no podía creer las palabras que salían de la boca de su padre, si bien Elena le había comentado algo al respecto siempre creyó que la “afortunada” por llamarlo de algún modo sería ella y no su dulce y pequeña hermana. Su padre estaba completamente fuera de sí, no podía obligar a Lina a casarse con ese desgraciado.
Había escuchado cientos de cosas a cerca de Shinoda, y ninguna de ellas hacía referencia a que fuese un hombre agradable. Además, era viejo, cruel y despiadado. Ni de cerca lo que un padre quiere para su hija y mucho menos para alguien tan tierna y dulce, que irradia inocencia como lo es su hermana. Era como enviar a una gacela a la jaula de un león.
—Se que esto es sorpresivo para todos, pero es por la familia. Y me parece que la indicada para esto es Lina, no quiero discusiones al respecto—. Remarco el hombre.
—No. Te has vuelto loco— Exclamo Elsa, indignada por la resolución.
—No, pero si queremos que los yakuza se nos unan en esto tenemos que ceder en esto— Explico, dando el motivo por el cual se llevaría a cabo el casamiento.
—¿Y Shinoda te pidió expresamente que fuera ella? — Pregunto.
Lina no podía creer como su hermana había salido en su defensa, pensó que a falta de Ethan se quedaría sola en esa casa. —No puedes hacerle eso a tu hija, el va a acabar con ella en menos de un segundo—.
—¿Y qué sugieres? No veo otra forma de hacer esto, Lina es dócil, manejable y no dará problemas—. Expreso su padre viéndola fijamente.
—Lo hare yo—.
Una risa incrédula salió de la garganta de Chencho. —No te ofendas hermanita, pero tu eres de todo, menos dócil y manejable— dijo burlándose de ella.
Su padre le dio la razón a su hermano con una mirada mientras la joven se cruzaba de brazos y observaba a todos en la habitación.
—Puedo hacerlo, confía en mi— Exclamo la chica hacía su padre. — Puedo hacerlo— Repitió, esta vez viviendo a Donovan. Mientras se acercaba a Lina que parecía no encontrarse en la habitación desde hace horas. —No permitiré que le hagas eso a Lina— Dijo abrazándola, en tanto esta empezaba a llorar desconsoladamente. Aún no podía creer las palabras de su padre.
En verdad estaba dispuesto a obligarla a casarse con ese viejo. La vida simplemente no podía ser tan injusta con ella, que había echo para merecer un Karma como ese, primero su madre la rechazaba, luego sus hermanos a penas la podían ver a excepción de Ethan y Elsa solo cuando estaba de buen humor y ahora la única persona que creyó jamás la decepcionaría venia y le hacía esto. Sin duda lo que ella debería hacer era dejar de existir y evitarse todos esos dramas.
—¿Estás segura? —preguntó Fredrick a su pequeña matona. —Una vez firmado el trato no puedes echarte atrás, nos causaría muchos problemas— La chica solo afirmo con la cabeza, no se atrevía a soltar a su hermana, pues sentía que caería al piso en cuanto lo hiciera. —Bien esta hecho entonces, le avisare a los japoneses—
Intento acercarse a Lina, pero esta retrocedió rápidamente evitando que su padre la tocara. —Sácala de aquí— Pidió Elena a Elsa desde el fondo de la habitación sin dejar de ver con incredulidad a su marido. No pensó que quisiera enviar a la niña rara al matadero, ni ella que no la soportaba lo habría hecho, y eso hacía que la situación fuera mucho más dramática de lo esperado.
Argent se encontraba en el bar esperando a que le entregaran su bebida, mientras observaba a la chica mover sus caderas al rededor del tuvo en el centro de la mesa. Debía admitir que era hermosa y desde la noche en la que las recibieron en el transatlántico hace ya algunas semanas no se la había podido sacar de la cabeza. Sin embargo, era la primera vez que iba a buscarla.
A pesar de ser un hijo de perra absoluto en algunos aspectos de su vida, amaba a Yoselin con todo su podrido corazón, aunque las cosas se hayan torcido desde su noche de bodas. Jamás fue su intención que las cosas se dieran de esa forma, pero ella no cedería y él no estaba dispuesto a que su matrimonio no se consumara.
Eso, sumado a las duras palabras que su padre y su suegro habían lanzado hacia él durante su despedida de soltero lo hicieron sentir estúpido, por haber permitido que su chica lo engañara. Ella le pertenecía y eso quedaba más que claro en los documentos que firmaron al casarse.
Nunca se había arrepentido de sus actos, jamás lo haría, pero recordar esa noche… no le era muy grato. Menos cada vez que veía en su mujer esa mirada de recriminación en su rostro.
—Señor, su bebida—. La voz del barman lo saco de sus malos recuerdos.
Tomo la bebida y sin siquiera agradecer se acercó hasta donde se encontraba la bailarina, un secretario de defensa estaba intentado sentarla en su regazo, cuando observo la mirada asesina del dueño del lugar.
Vanery Novac, era una mujer hermosa, su semblante relajado y sin preocupaciones, fue lo que más llamo su atención el día que la miro por primera vez. Pues a pesar de saber que se encontraba en la entrada del infierno, su rostro reflejaba una calma innata en una chica que acababa de ser “contratada” para trabajar en centros de entretenimiento para adultos.
Su larga cabellera y ojos color miel, lo atrajeron de inmediato.
—Ven conmigo— Exigió apenas estuvo frente a ella. Sin esperar respuesta se dirigió hasta una de las habitaciones del fondo. La joven jamás había estado ahí. Solo en los reservados y las áreas comunes, pues según tenía entendido las habitaciones estaba prohibidas. Se detuvo en la puerta mientras él se adentraba sin mirar atrás, a sabiendas de que ella lo seguía.
—Tenemos prohibidas las habitaciones— Susurro con un hilo de voz, fingiendo timidez por fin sucedía lo que había estado esperando desde que llegó ahí.
—No conmigo, entra—. Ordenó de nuevo.
Las piernas de la joven temblaban con aparente terror, ya había escuchado todas las historias que contaban de su jefe, aunque no había tenido la desdicha de vivirlas. Todas las que habían estado con el decían que era duro, despiadado a la hora de poseerlas, importándole una mierda nada más que su propio placer.
Observo como levantaba el teléfono de la mesa de noche y llamaba a alguien.
—Tráeme dos botellas especiales, y un número 14—
Había escuchado muchas veces en las últimas semanas hablar de las dichosas botellas especiales y lo que hacía con ellas, lejos de lo que los empleados pensarían que invitaba a sus sukas una copa. Su propósito era otro muy distinto. Si algo satisfacía al señor Douglas era lastimarlas, las dejaba tan maltrechas que tenían que dejarlas descansar durante días después de pasar noches completas en el servicio médico del lugar.
Lo que si jamás había escuchado era el número 14, las chicas usaban el 23 para referirse a látigos, 9 a consoladores, 78 para cuerdas, 55 para que entrara otra persona, 99 para cuchillos, 17 para el uso de gags, y un sinfín de números. Sin embargo, jamás las había escuchado mencionar el 14.
Sabía muy bien en lo que se metía al aceptar la asignación de este caso, principalmente porque lo consideraba una especie de venganza, atrapar a los asesinos de sus hermanas y hacerlos pagar por las cientos de familias que al igual que la suya, sufrían por sus chicas. Pero esto estaba siendo demasiado. Qué tal si la habían descubierto y todo su trabajo de años terminaría así. Con ella muerta y nadie quien fuera testigo de ello.
El sonido de la puerta la sacó de sus pensamientos. Uno de los camareros entro con un carrito. Una cubeta con hielos y dos botellas se encontraban en una orilla, algunas bandejas de plata cubiertas estaban del otro lado, no tenía ni la menor idea de que era, pero no le daba buena espina. El joven la vio y le guiño un ojo, claro como si esto fuera bueno pensó.
—Adelante— Escuchó decir a Argent, sabes dónde colocar todo.
El joven entro, puso la cubeta en la mesa, al igual que las bandejas, la joven se ponía cada vez más nerviosa al desconocer que tanto era eso. Tal vez las chicas lo habían mencionado antes y no lo recordaba. Algo impropio de ella.
Observo atenta como salía de la habitación y la dejaba a merced de un sádico en toda la extensión de la palabra. Su cuerpo no dejaba de tiritar y en esta ocasión a diferencia de muchas otras no era mera actuación, lo único bueno de esto era que por fin estaba a solas con Argent y podría buscar la forma de obtener información.
Un golpe seco en la cama la sacó de sus pensamientos, viro su cara y miro como el hombre ponía una maleta negra en la cama.
—Acércate— ordenó impaciente. Oprimió el botón de un control remoto que la chica no había notado, dando paso a una pared corrediza que dio pasó a una cruz de San Andrés inmensa y varios estantes donde se podían observar infinidad de instrumentos b**m flogers, fustas, plugs anales, antifaces, paletas de madera, pinas para clítoris, pezoneras, cintas de sujeción y bondage y un montón de cosas más que no pudo reconocer. Los ojos de la joven se abrían cada vez más, al observar lo que se encontraba dentro del estuche…