Capítulo IV.
De venganza en venganza.
Dekante Restaurant (Múrmansk, Rusia)
El silencio de aquel lugar era demasiado perturbador, colocando a Fredrick más nervioso que nunca mientras que éste repasaba mentalmente las propuestas que iban dirigidas al jefe de la mafia más peligrosa del mundo del narcotráfico, Los Yakuza.
La mafia japonesa se distingue por estar dividida en clanes que forman parte de las principales organizaciones más peligrosas del mundo, sus mayores actividades delictivas son extorsiones, tráfico de drogas, blanqueo de capitales, prostitución, apuestas y casinos ilegales, tráfico de armas y trata de seres humanos.
Baeva estaba tan distraído que no se dio cuenta de la llegada de los hombres del clan Yamaguchi-gumi. La más grande organización criminal yakuza en Japón.
Se levantó e hizo una gran reverencia al líder del clan y con una sonrisa los invitó a que se sentaran.
― Shinoda San, es un placer tenerlo aquí con nosotros, en Rusia―. Espetó con zalamería.
―Mi querido Baeva, para mí es un placer compartir esta cena contigo―. Expresó el hombre con una mirada calculadora. ― Maravilloso restaurante, espero con ansías probar su comida―. Alabó astutamente.
Ichho Shinoda un hombre cruel que ha vivido miles de desgracias desde que era apenas un niño, su vida cambió drásticamente cuando ascendió como líder y desde allí se convirtió en el ser más despiadado y siempre conseguía lo quería sin importar las consecuencias.
― Gracias, mandé a preparar el mejor platillo para usted y sus invitados―. Comentó mientras que un mesero les servía el mejor vino de la casa.
Desde ese momento, surgió un silencio un tanto tranquilizador para los japoneses, pero desesperante para Baeva que no dejaba de sonreír falsamente y de vez en cuando no dejaba de observar los cuadros medievales que decoraban las paredes de aquel restaurante.
― Es momento de hablar de negocios. ―Dijo al fin Shinoda, analizando cada movimiento de su contrincante. ― Rusia siempre me ha llamado la atención desde que adquirí el cargo, pero no tenía contactos que me facilitara esta oportunidad―.
― Éste es un maravilloso país que necesita a personas como usted Shinoda San y que más si está aliado con mi imperio que es uno de los más poderosos de Rusia, ¿tiene idea de poder que podría adquirir? Eso sin contar todas las facilidades a la que los podría hacer acreedores―.
― Interesantes propuestas Baeva, podemos tener a Rusia bajo nuestros pies, pero tengo mucha intriga acerca de algo. ― Expresó evaluando sus facciones. ― Tú ya realizas estas actividades que yo puedo ofrecerte, entonces ¿Para qué me necesitas? ―.
― Ahí es donde quería llegar Shinoda San, para tener a Rusia bajos nuestros pies y estar encima de la ley, más de lo que ya estamos, debemos acabar con el imperio que nos obstaculiza―Lo miró sonriendo genuinamente por primera vez en la noche.
Shinoda lo miro fijamente sonriendo. ―Ya veo a dónde quieres llegar―.
―Exacto, ahí es donde entran ustedes―. Terminó Fredrick sin cambiar la expresión de su rostro.
Elena caminaba nerviosamente por las calles de Múrmansk, su abrigo de piel no la resguardaba del gélido aire de la noche. Solo faltaban unas cuadras para llegar a su objetivo. Solo que no pensó mucho al momento de escaparse de la mansión.
Iba elegantemente con un vestido ceñido a su cuerpo que no dejaba mucho a la imaginación, su esbelta figura, tacones altos con puntas de aguja y un enorme sombrero que tapaba gran parte de su rostro.
Llegó a un hotel de baja categoría que contrastaba abismalmente con su aspecto y esperó pacientemente en el callejón para encontrarlo.
― Mí amada Elena. ― Le susurró coquetamente a sus espaldas mientras que le agarraba la cintura con extrema delicadeza. ― Cuando te dije que seas cautelosa, no me refería a que llegarás en semejantes pintas. ―Musitó dejando besos alrededor de su cuello y le mordía suavemente el lóbulo de la oreja. Elena se separó abruptamente de sus caricias para verlo con sorpresa y una pequeña chispa de excitación, asalto a su cuerpo congelado.
― No me vuelvas a besar más el cuello. La última vez me dejaste un chupetón que fue muy difícil de ocultar. ― Exclamó molesta.
― ¡Oh Vamos!, necesitas un poco de color en tu pálida piel―. Espetó con sorna.
― Douglas, llegué hasta aquí porque estuve pensando seriamente…Si Fredrick nos descubre, estamos muertos. Estás muerto, mejor dicho―Expresó con tristeza mientras que se le nublaba la vista.
Douglas cambió su semblante para tornarse serio y retiró dulcemente las lágrimas de sus ojos.
― No podemos volver a vernos, no puedo perder a mi familia por mucho amor que nos prodiguemos ahora y si Fredrick se entera… no quiero ni pensarlo―Tembló ligeramente―Se desataría una guerra. Más cuando sepa quién eres―.
― Elena―. espetó mimoso, levantando ligeramente su barbilla. ― Sé que esto no es fácil para ti mi reina, para mí tampoco lo es. Estar ocultando que te amo. No soy como él lo sabes―.
―Por favor Douglas, es mejor así―. Rogó ―Prefiero perderte y saber que estás vivo, a que nos maten a ambos― Pidió con desesperación.
― Y yo prefiero arriesgarme contigo a dejarte ir. Te protegeré lo prometo, es más vámonos juntos, huyamos de toda esta mierda―
― No podemos hacerlo, nos encontraran y nos mataran y aunque lo hiciéramos, jamás viviremos tranquilos sabiendo que en cualquier momento podemos amanecer muertos en un callejón― su rostro era marcado por el terror a cada segundo.
El rostro del hombre se desfiguro al ver la resolución Elena. ―Por favor Elena, no nos puedes hacer eso, te amo por favor―.
― También te amo. ― Y con esto le dio un beso que demostraba todo el amor que le tenía― Nunca te olvidaré, siempre serás parte de mí.
― Te amaré hasta el resto de mis días, conejita. ― Exclamó con el motín que le gustaba llamarla y con otro beso de despedida, Elena se fue corriendo como si la vida se fuera en ello, derramando varias lágrimas en el acto.
El ambiente en el restaurante estaba más tranquilo mientras degustaban de la fabulosa comida japonesa. Fredrick esperaba atentamente mientras tomaba una copa de vino, moviendo sus pies en un tic nervioso.
― Veo que eres muy impaciente Baeva― Espetó mirándolo sabiamente. ― La paciencia es una virtud que no todo el mundo tiene y por tal razón terminan equivocándose muchas veces. ―.
― Lamento si lo incomodé Shinoda San, Pero el hecho de no conocer su respuesta me frustra mucho. ― Se sinceró.
― Tranquilo Baeva que solo estaba pensando en tu propuesta y es muy interesante todo esto. Pero me gustaría saber ¿Por qué tanto afán por eliminar a los Douglas? ―.
― Nuestras familias siempre han estado en guerra por diversos asuntos que sucedieron tiempo atrás, antes de que yo naciera. Pero Douglas lo hizo personal cuando su novia y él se burlaron de mí en mí en mis narices― Expresó con rabia y rencor al recordar ese episodio de su vida. Jamás había sentido tanta humillación.
― Todo esto es por una mujer. ―Sonrío macabramente. ―Interesante…Acepto tus propuestas Baeva, a nuestro clan le encantaría ser parte de tu imperio y gobernar a Rusia.
― Gracias Shinoda San, sabía que usted era el adecuado para esta situación. ― Terminó haciéndole una reverencia.
― Pero…. Necesito que me des algo a cambio. Debemos estar camuflados bajo la mira de la ley rusa y de eso te encargarás tú―.
―Tranquilo, ya había pensado en ello, tengo muchas propiedades que puedo poner a tu nombre y realizar muchos trámites para que tu estadía y la de tus hombres sea lo más legal posible―.
―Eres un hombre muy inteligente Baeva. Pero necesito algo más seguro para que el negocio perdure y no me traiciones en un futuro. ― Habló duramente, dejando a Fredrick en shock y mostrándole al verdadero Ichho Shinoda. ― Necesito que me comprometas con una de tus hijas. Preferiblemente la más hermosa. ― Terminó con superioridad.
Eso no se lo esperaba. Pensó Fredrick, no sabía qué hacer. Ése viejo era más listo de lo que se atrevió a imaginar. Estaba entre la espada y la pared. Deseaba vencer de una vez por todas a Douglas y vengarse de él, pero meter a sus pequeñitas en éste lío era lo más complicado.
Tomó rápidamente su decisión y rogó a los cielos que su familia lo perdonase por meterlos en la boca del diablo.
―Tenemos un Trato Shinoda ― Habló con seguridad, tendiendo su mano para cerrare el acuerdo. Ahora solo quedaba decidir a cuál de sus hijas entregaría al mismo satanás.
Múrmansk City Children's Clinical Hospital
Días más tarde, Sergio se encontraba entre los pasillos de la sala de urgencias con la mano magullada y llena de sangre, con moretones en la cara y el labio partido. Se había metido en una pelea nuevamente.
― Se está haciendo costumbre verte por aquí una vez por semana, Sergio. ―Lo sorprendió una agitada Lydia, por atender a varios pacientes continuamente sin descanso alguno. ― Ven, sígueme a mi consultorio. ―.
Se retiró de la sala sin dejarlo responder, pero a sabiendas de que iría tras ella.
― Redecoraste este lugar… de nuevo―Afirmó, entrando al consultorio.
― ¿Sabe Mérida que estás aquí? ― Preguntó ignorando el comentario anterior mientras se disponía a limpiar la sangre seca de su rostro.
― En realidad, ella estaba conmigo anoche en las carreras. Unos estúpidos intentaron propasarse con ella mientras estaba corriendo―Resopló con la mirada gacha. Una imagen poco vista por las personas. Estaba cansado y si lo conocían bien, diría que arrepentido―. Fui un estúpido por dejarla sola, me dio tanta rabia que le di una golpiza a esos malnacidos por tocarla―.
― ¿Por qué la llevaste a ese lugar? ¡Joder! Ella no pertenece allí―Dijo una enojada Lydia, que le tenía mucho aprecio a Mérida ― ¿Dónde está ahora? ―.
―Calma tigresa, ésas son muchas preguntas. ―Gruñó cuando la pelirroja se propasó con el alcohol en la herida amoratada― Ella y yo nos vamos a casar, necesito que conozca mis actividades esporádicas y se introduzca de lleno en mis prácticas sexuales. Solo voy paso a paso― Se quejó cuando sintió el alcohol en su labio partido. ―Ella se quedó en la casa de mis padres mientras se tranquilizaba, a sabiendas de que tú me ibas a curar―.
― ¡Estás loco! Mérida no practica el swinger, ni mucho menos se droga. ¡Qué te pasa Sergio! Jamás aceptaría tus gustos tan extravagantes―Gritó histéricamente, mientras terminaba de limpiar sus heridas.
― Ya cállate. Si ella no acepta eso de mí que se joda, al fin y al cabo, puedo tener más mujeres a mi alcance―Dijo mientras le agarraba las caderas y la besaba efusivamente.
― ¡Basta! Lo nuestro se terminó hace tiempo ― Se retiró, empujándolo en el acto. ― Yo amo a Ethan, lo que tuvimos fue un error. Soy una estúpida, me acosté contigo estando borracha y de paso acato tus órdenes como si fuese uno de tus hombres…. Pe…pero lo peor de todo es que no permití que atendieran al hijo de Marshall Viena sin que Ethan se diera cuenta, por tu culpa. Ese pobre niño no tenía la culpa de las acciones de sus padres―Terminó gritando, mientras lloraba llena de remordimientos.
― Tú me sigues amando Lydia, no lo puedes evitar―Decía mientras se acercaba a ella sigilosamente. ―No es fácil olvidarse de tu primer amor―.
―vete al diablo siempre fuiste un ególatra de mierda Sergio, te amé, lo acepto. Te amé tanto que en ese tiempo estuve dispuesta a darlo todo por ti y tú me lo pagaste con mentiras. Engaños, lo mismo que éstas haciendo con Mérida― Lloró desahogándose. ― Tú me dejaste tirada mientras te comprometías con ella―.
― Ya sabes que un Baeva no puede mezclarse con la clase baja―Exclamó impasible. ― Nuestra relación no iría a ningún lado, mi madre no lo hubiese permitido. ―Siguió con la mirada gacha y apretando los dientes―Yo no soy feliz por eso Lydia, a mí me dolió ¿Por qué crees que engaño a Mérida todo el tiempo? No es fácil pertenecer a una de las familias más importantes de Rusia. Todo el peso recae sobre nosotros, tenemos que casarnos con personas importantes, mantener el negocio familiar y cuidarnos de las palabrerías de la gente.
― No soy feliz Lydia, quiero que me comprendas, no fue fácil para mí dejarte ir y verte con el bastardo de Ethan―Terminó revelando sus sentimientos por primera vez desde hace mucho tiempo y solamente con el amor de su vida. Aunque no lo quiera admitir, separarse de Lydia fue la peor decisión que pudo tomar y todavía la seguía amando como el primer día que se quedó maravillado con sus hermosos ojos que le recordaban al whisky.
― Lo siento Sergio, ya no es lo mismo y hoy me entere de algo maravilloso. Quiero dejar el pasado atrás, mi futuro está con Ethan. No quiero que lo estropees―.
― ¿Me dejaste de amar rojita? ― Exclamó dolido por sus palabras.
― Estoy embarazada Chencho, tengo dos meses― Dijo decidida sin importarle los sentimientos de su ex. Tenía que ser egoísta por ella, por su futuro. ―Estoy embarazada de Ethan―.
Al escuchar dichas palabras, Sergio no aguantó más y salió acongojado con el corazón en la boca, cuando salió del hospital, buscó un callejón y gritó con todas sus fuerzas, liberando sus miedos, angustias y tragedias mientras que el tráfico vehicular camuflaba su dolor.
La puerta resonó avisando a los integrantes de la casa, la llegada de una Elsa aburrida y con cara de pocos amigos.
Ella estaba de mal humor desde hace dos días después de su momento de pasión con Andrey. Esa misma noche, se quedó pensando sobre su comportamiento y la mañana siguiente decidió resarcir el malestar de su amigo-novio, pero se llevó la sorpresa de no encontrarlo y sus empleados le avisaron que se fue en las horas de la madrugada en un yate desconocido. Seguramente era propiedad Douglas.
―Vaya, Vaya ¿Pero a quién tenemos aquí? La hija pródiga volvió. ―Exclamaron a sus espaldas.
―Donovan, no estoy para tus chistes. ―Bostezó mientras se quitaba las gafas de sol, tremenda borrachera la que se lio. ― ¿Sabes dónde se encuentra Elena? ―.
― ¿Tu madre?, sí está en su habitación. ¿Dónde más estaría a estas horas de la mañana? ― Espetó con sarcasmo. ―Por Dios niña, te vez del asco. Ve a tu habitación y descansa un poco para que puedas estar presentable delante de tus padres. ―.
― Ujum, le dices a Anya que me lleve el desayuno dentro de dos horas ― Sin dejarle responder, subió las escaleras a pasos lentos.
Llegó la reina del lugar, Pensó sarcásticamente Donovan. Aunque en algo tenía razón, la única que podía doblegar a Elena por alguna razón era ella.
Al terminar de desayunar, Elsa estaba arreglando su abundante cabellera, cuando la puerta de su habitación se abrió dejando ver a una Mérida preocupada y con su maquillaje corrido. Señal de haber llorado.
― Donovan me aviso de que habías llegado―. Susurró casi sin voz, como si hubiese gritado toda la noche, Y con la expresión de su cara, dudaba que fuese consecuencia de una larga noche de sexo desenfrenado.
― ¿Qué sucede Mér? ―Preguntó preocupada.
Mérida la abrazo mientras le contaba lo sucedido de la noche anterior en las carreras clandestinas.
― Chencho es un estúpido, no debiste pasar por eso Mér―. Siguió abrazándola, cuándo se escuchó un tímido golpe en la puerta. ―Adelante―.
―Hola, Donovan me dijo que ya habías llegado―Susurró nerviosamente Lina a sabiendas del carácter gruñón de su hermana, mientras que abría la puerta lentamente.
― ¡Grandioso! Donovan es una lengua larga, espero que no se lo haya contado a Elena o mi padre―refunfuñó. ―Pero sigue Lina no te quedes ahí. ¿Qué más hermanita, qué ha pasado en mi ausencia? ― Dijo mientras que la abrazaba y la llevaba a la cama junto a Mérida.
― Mamá ha estado más odiosa que de costumbre y papá entretenido en los negocios con los japoneses. La casa no es lo mismo sin ti, he estado aburrida y lo peor de todo es que estoy en épocas de parciales―. Hizo un tierno puchero mientras le narraba sus “desgracias”. ― ¿Sabes lo difícil que es estudiar sin una pizca de chocolate en tu sistema? Tú eres la única que me ayuda a esconder chocolate sin que mamá se dé cuenta. Te lo juro, está pendiente de qué cómo y qué no. ―Bufó, mientras se recostaba en la cama.
―Típico de ella, tiene miedo de que te engordes. Pero ignórala, yo lo he hecho desde los quince―.
― Qué malas son con su madre, ¿Enserio les prohíben comer chocolate? Yo moriría si no me cómo una barrita diaria― Mérida estaba divertidísima con la situación, siempre criticaban a Elena por sus métodos tan anticuados de cuidar la figura.
―Si― Respondieron las hermanas al unísono, mientras que Elsa sacaba de su bolsa, un paquete de chocolate ―Sabía que Elena no te dejaría comer uno de éstos, así que te traje un poco para los siguientes días pequeña. ―Se lo entregó mientras le guiñaba el ojo.
―Ahhhhh eres la mejor―Gritó con euforia, abrazando a su hermana.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió abruptamente por tercera vez en la mañana.
― ¿Qué es este escándalo? ― Elena observaba a sus hijas muy felices y vio en las manos de Lina, una caja pequeña de chocolate y eso la enfureció, arrebatándola de sus manos. ― Eres una cerda Lina, te prohibí los chocolates y sigues comiéndolos. Me repugnas niña. ¿Es qué no te quieres cuidar? Esto. ―Señaló la caja haciendo énfasis de lo que decía―Engorda y daña tu cutis. ―Terminó tirando la caja al suelo y pisándola en el acto.
― Mamá, ¿Por qué lo hiciste? ―Sollozó Lina por las acciones de su madre.
― Mér, Lina ¿pueden dejarme con mamá a solas? ― Mérida dejó la habitación en shock mientras que Lina estaba llorando y antes de que se marchara, Elsa le agarró el brazo y le susurró―Llévate mi bolsa, en el cierre más pequeño hay otra caja. ¡Disfrútalo! ―Dijo guiñándole el ojo. Lina le agradeció con la mirada, sin atreverse a decir nada por miedo a su madre y salió de la habitación con el bolso en mano.
― ¿Qué te pasa mamá? Asustaste a Lina―.
― Esa niña no me obedece, no me sorprende que no tenga novio si come como una cerda. ¿Es qué no la viste? Una caja de chocolate por Dios. ―.
― ¡Mamá! Lina tiene un cuerpo excelente, no se nota porque le gusta usar blusas holgadas.
―Bueno ya, no quiero hablar de tu hermana. Ahora lo importante. ¿Dónde estabas y con quién? ―Preguntó alzando las cejas.
― Ambas sabemos con quién estaba, mamá. Por lo que veo a ambas nos atrae los Douglas. ―Exclamó desafiante. ― Pero lo mío con Andrey ya es historia. ― Resopló recordando su último encuentro.
― Lo mío con él, también se terminó. ―Dijo derramando un par de lágrimas. ― Lo que no entiendo es ¿Por qué no le has contado a tu padre? ―.
― Solo puedo decirte que nada se hace gratis en esta vida…mamá―.
El sonido del ascensor se escuchó por todo el estacionamiento del hospital, sacando a una Lydia de sus pensamientos. Estaba caminando hacia su auto, un poco cansada después de un ajetreado día. En el largo pasillo no pudo evitar sonreír al revocar las escenas vividas durante el día.
*FLASHBACK*
― ¿Qué estás pensando mi vida? ― Se exaltó al escuchar a un Ethan detrás de ella, éste le agarraba la cintura y le tocaba el vientre sin saber lo que se resguardaba en ese lugar.
― Hola mi amor, solo estoy descansando. Me ha tocado revisar a varios pacientes y estoy que me desmayo. ―Suspiró mientras se recostaba en su pecho y colocaba sus manos sobre las de él.
―Necesitamos hablar sobre algo, podemos hacerlo al acabar nuestro turno. Si te apetece. ―Ethan arrugó la nariz al escuchar la famosa frase “Tenemos que hablar”. ― Descuida, no voy a terminar contigo. ―Se río al imaginar su cara disgustada, así que se giró para confirmarlo. Tanto lo conocía, lo besó al ver su ceño fruncido.
El beso empezó lento solamente rozando sus labios de manera pausada y provocativa, pero a medida que pasaba el tiempo, se fue tornando más hambriento y voraz. Ethan la besaba con furor, sus manos no dejaban de tocarla y en un momento de arrebato, la cargó y la posicionó en la mesa con las piernas a su merced mientras que sus manos se colaban en el interior de su falda.
El gemido que salió de la boca de Lydia fue el incentivo que necesitó para que se adentrara a su núcleo y la hiciese ver las estrellas.
―No me asustes, joder. Debería castigarte por jugar conmigo. ― Le dijo mientras le introducía dos dedos en su coño y Lydia se arqueaba. ― ¿Qué me tienes que decir? ― Preguntó besando su boca, callando sus continuos gemidos.
―N…No…No. ― Siguió gimiendo y movía su cuerpo al compás de las embestidas que le proporcionaba su novio. ―Es secreto.... Tienes qu…que esperar hasta la...la noche. ― Dejó de hablar al sentirse en la cima, retorciéndose de placer.
Ethan movía sus dedos como si de una competencia se tratase, con la bata del hospital arrugada y con el cabello mojado debido al sudor producido por el calor del momento.
Lydia agarró la bata de Ethan en un puño mientras que mordía su cuello, intentando acallar sus gritos al llegar a su orgasmo. Temblorosa le dio un último beso al momento de que se escuchó una pequeña alarma proveniente de un teléfono celular.
―Tengo que darme prisa, ahora me toca realizar una operación de corazón abierto―. Musitó rozando su nariz con la de ella, para después lamer y chupar la evidencia que tenía en sus dedos, bajo la mirada atenta de Lydia.
―Está noche después de tu turno, te espero en mi casa. ―Sonrió más relajada con el cuerpo estirado por toda la mesa y su figura desaliñada y sonrosada por su anterior actividad. ―Te amo, espero con ansias que sea de noche ―. Confesó enamorada.
Ethan le dio un último beso antes de marcharse del lugar sin responderle. Siempre qué le confesaba que lo amaba, le cambiaba el tema o la distraía con besos. La estimaba mucho, pero no la amaba como ella esperaba. No podía mentirle, no era bueno con las mentiras.
*FIN FLASHBACK*
Al llegar a su auto, desbloqueó la puerta del piloto y guardó sus cosas en los asientos traseros del coche. Cuando de repente, sintió una presencia detrás de ella. Estaba tan asustada que las llaves de su auto se cayeron al suelo. Temblorosa se giró haciendo caso omiso a sus instintos de salir despavorida del lugar y con gran dificultad de la oscuridad que ofrecía el estacionamiento, pudo observar a un hombre de aspecto macabro, con una tremenda cicatriz que cruzaba del ojo derecho hasta el pómulo izquierdo, iba vestido con un jersey y pantalones de color n***o, pero lo que más le daba pavor era su mirada letal. Como si estuviese a punto de matar a un pequeño cordero.
― ¿Lydia Mormount? ―Preguntó con voz gruesa, el extraño.
―Sí, ¿Qué necesita? ―Susurró muerta del pánico mientras que abrazaba su vientre. Dándole protección a su pequeño bebé.
―Douglas te manda saludos. ―Sonrió macabramente, al mismo tiempo de que le apuntaba una pistola a su cabeza.