CAPÍTULO V

2539 Words
Capítulo V Disparos, un sobre y varios corazones rotos. Cuando el sonido de los disparo se escucharon por todo el estacionamiento del hospital, Ethan jamás imagino que se tratara de su novia, sin prestar atención a lo sucedido entro en el área de quirófanos, tenía que ayudar a salvar una vida, del disparo ya se encargaría alguien más. Diez arduas horas de operación debido a algunas complicaciones, pero gracias al excelente cirujano al cual estaba asistiendo todo salió bien, solo quedaba esperar. El joven salió de la sala listo para ir a casa de Lydia. Las caras largas y mirada de compasión que vio a su paso no le gustaron para nada. Uno de los residentes de medicina se acerco a él a paso rápido, impidiendo que saliera del lugar.  —Dr. Baeva, el Dr. Clarence quiere hablar con usted en dirección—. Susurro sin mirarlo a los ojos. —Gracias Charles, voy enseguida—. Respondió dirigiéndose hacia donde le habían indicado. Al entrar a vio el bolso de Lydia en el escritorio. —¿Lydia sigue aquí? — Pregunto al hombre de color sentado en el escritorio, este desvió la mirada hacía otro lado, haciendo que el cuerpo del joven se tensara al momento.    Andrey siempre pensó que el desapego que mostraba Elsa hacía el era meramente fingido, pero lo que había sucedido en su último encuentro demostró que la pequeña matona de Baeva era igual que todas las mujeres que se topaba en su vida, solo lo querían por el placer que podía proporcionarle y nada más. El chico se quedo viendo fijamente a la chica que bailaba en el centro de la mesa, siempre que iba a LD, lo único que hacía era sentarse ahí a ver a las chicas bailar, lejos de lo que muchos pensaban que se revolcaba con cuanta figura de largas piernas se cruzara en su camino, el joven Douglas era bastante selectivo en cuanto a revolcones se trataba, a sus 22 años, tenia aprendido que tenia que cuidar muy bien de sus espaldas, y más en el mundo tan duro que le había tocado vivir. Por eso le gustaba ir ahí, prostranstvo era uno de los lugares mas exclusivos de la ciudad. Solo personas de altos mandos, o muy acaudalados tenían reservado el derecho a entrar. Era literal el dicho, lo que pasa en prostranstvo se queda en prostranstvo, nadie jamás sabría que habías estado ahí, ni con quien o quienes. Desde que había salido pitando del yate de los Baeva hace ya algunas semanas. Andrey pasaba en ese lugar casi todos los días, salvo esa noche que salió para ayudar a su padre a recoger la mercancía.  Su vista viajo de nuevo al escenario donde una de las nuevas chicas entro en acción, era una alta pelirroja. Curvas pronunciadas, pero con muy poco busto. Nada como Elsa, pensó el joven. Seguía sin entender el porque de su encaprichamiento con la Baeva, pues a pesar de su espectacular cuerpo, era una perra de lo peor. Tal vez era el hecho de que le habían prohibido verla, y lo prohibido atrae. Quizá era su espectacular manera de enloquecerlo al mecer su cuerpo sobre el suyo, mientras la penetraba. Y ella gemía su nombre una y otra vez.  Fuese lo que fuese, había terminado con ello, no la seguiría más, sus días de perseguirla habían llegado a su fin. Estiro su brazo hacía la exuberante morena que pasaba frente al él y la tiro a su regazo, nunca en su vida había tocado a la mercancía, pero su mal trecho corazón en esta ocasión necesitaba olvidarse de todo. O mas bien olvidarse de ella.  La desconocida al ver de quien se trataba estuvo más que dispuesta a hacer todo lo que el jefe pidiera, este a su vez la hizo sentarse a horcajadas, mientras liberaba su erección, solo el pensar en su nombre lo hacía ponerse como el hierro. Se enfundo un preservativo, corrió el pequeño tanga de la chica y la penetro sin cuidado alguno, arrancándole un grito de dolor. Importándole un carajo si estaba lista o no.   David recorría el gran parque central de Moscú acompañado de su apreciada mascota, libre como si fuese natural que un gran tigre siberiano atravesara los espacios verdes y recreativos de este. Haciendo que los visitantes huyeran despavoridos. No podía dejar de recordar como la pequeña darla había terminado inmóvil en sus brazos, si bien estaba acostumbrado a realizar esa clase de actos atroces, jamás lo había hecho con alguien que le importara. A pesar de que habían sido pocas las ocasiones que él y darla se habían visto, tenia un cariño especial por la chica y por como protegía a sus hermanos a toda costa, lo demostró incluso con sus brazos y piernas destrozadas el día de su deceso. Si tan solo el idiota de Marshall hubiese hablado unos minutos antes… sacudió la cabeza sacando de su cabeza esos idiotas pensamientos, las cosas pasaban por algo y ya estaba hecho. No había nada más que hacer. Un gruñido de muñeca llamo su atención, esta estaba en modo de ataque con toda su atención puesta en un grupo de personas, que temblaban de miedo, entre ellos un niño con un pequeño rifle de juguete.—Tranquila muñeca— Pidió, poniendo su mano en la cabeza del animal. Este ronroneo ante la caricia dejando de prestar atención a lo que hasta hace unos segundos considero una amenaza. La familia salió corriendo alejándose lo más posible de la bestia y el loco de su dueño. Ethan seguía viendo el bolso de Lydia, no se explicaba cómo es que seguía en el hospital si hace más de diez horas dijo que había terminado su turno, se suponía que ya debía estarlo esperando en su casa. Tenían algo importante de lo cual hablar según le había comentado, la última vez que la vio en su oficina. — ¿Donde esta Lydia? — Pregunto sin quitar la vista del bolso, algo en el rostro del hombre lo tenía inquieto, no podía explicar que era. —Hijo lo siento mucho— Expreso el médico, dejando a una lágrima rodar por su mejilla. Ethan no podía dejar de verlo extrañado. — ¿A qué se refiere Doctor? —. Pregunto de nuevo. Temiendo escuchar la respuesta. —han encontrado a la doctora Mormount, sin vida en el estacionamiento. Tenia un disparo en la cabeza y tres más en el pecho— Dijo esperando ver la reacción del joven. Cuando este no hablo continúo. — No pudimos hacer nada, cuando llegamos ya estaba sin vida y tenia una nota en la mano con tu nombre— expreso entregándole el bolso. — Todas sus cosas están dentro, junto con la nota. Nadie la ha leído, y no vimos conveniente entregarla a la policía—. El joven dejo rodar sus lagrimas por su rostro sin intentar esconderlas de su mentor, a pesar de no haber amado a Lydia, la quería mucho y no merecía que se ensañaran con ella de esa forma. Estaba seguro de que era un ajuste de cuentas en contra de su familia. Pero no entendía porque con ellos, si jamás habían tenido nada que ver con ese negocio. Ethan tomo el bolso empezando a revisarlo. —Esperare fuera por si necesitas algo— Dijo el médico antes de dejarlo solo. Al abrir la bolsa lo primero que miro fue su móvil, descartando a un lado empezó a buscar la nota de la cual le habían hablado, necesitaba cerciorarse de que sus sospechas eran ciertas. Por un costado de la costosa bolsa de marca que le había regalado para su cumpleaños encontró un sobre. A pesar de que le habían dicho que era una nota. Lo tomo y lo abrió. Sus ojos se llenaron aun más de lágrimas, no podía ser real. Un grito desgarrador salió de su garganta espantando al Doctor que seguía en la puerta de la oficina. La rabia se acumulaba en el cuerpo del joven que rápidamente se puso de pie y empezó a patear todo lo que tenía en frente, era posible que un corazón pudiera romperse dos veces en un solo día. Al parecer si y el suyo acababa de ser completamente destrozado, seguro que eso era la cosa importante de la que tenían que hablar. Si tan solo se lo hubiera dicho en su oficina antes de irse, no la hubiese dejado irse sola. La hubiera llevado el mismo, y habrían dado la noticia a sus familias lo más pronto posible. Un bebé, iba a tener un bebé. Y si sus suposiciones eran ciertas, su hijo ya no estaba. Por culpa de su familia.  Sin importarle nada, Ethan siguió llorando y pateando todo en la oficina. Quebró ambas sillas y todo lo que había sobre el escritorio. Incluyendo la computadora y varias fotos de la familia del Doctor. Este al ver que el joven estaba fuera de control, entro rápidamente apresándolo entre sus brazos. —Estaba embarazada— sollozaba, en el pecho del doctor. —íbamos a tener un hijo. Y ahora ambos se han ido— decía una y otra vez, apretando al doctor hasta el punto de hacerlo jadear del doctor. —estaba embarazada…m..m..mi hi…hijo— dijo con un hilo de voz.  El médico quedo en shock al escuchar la confesión del joven. —Dios mío, lo siento tanto hijo— Exclamó, tomando el rostro del joven expresándole todo su pesar. — Habrías sido un gran padre— — ¿Por qué Hands? ¿Por qué? — Pregunto, — ¿quién fue tan cruel para dejar esta nota? — Hands tomo la nota de las manos de Ethan y frunció el ceño. —Esta no es la nota que estaba junto a su cuerpo— dijo extrañado. — ¿de dónde la sacaste? — —De su bolso— dijo tomándolo de donde había caído. Hands tomo el bolso de nuevo y saco la nota que habían encontrado. Así caerán uno por uno, por meterse con quien no deben… La nota estaba escrita con restos de recortes, firmada con una gran D al final de la página y eso no hacía más que corroborar lo que el ya sabía. Sin importarle nada lo que su amigo y colega pudiese pensar, salió despavorido de la oficina, tomo su automóvil y se dirigió a la mansión, tenia que arreglar algo con su familia, si antes ya odiaba lo que hacía, ahora no podría seguir cerca de ellos, no después de que fuesen los culpables de que su hijo, ya no tendría la oportunidad de nacer. Condujo tan a prisa que tardo menos de diez minutos en recorres un camino por el cual se hacia mas de tres cuartos de hora, se pasó semáforos en rojo, no respeto paseos de cebra, zonas escolares y estuvo a punto de atropellar a más de un peatón. Pero en ese momento eso le importaba un carajo. Su hijo estaba muerto… lo mejor que le podía pasar en ese momento era morir él también. Bajo del auto con ambas notas en la mano, al entrar se percato de que había mas autos de lo normal, algo debía estar pasando, entro a la casa y vio a varios funcionarios en la sala, sin embargo, no vio a su padre, Elena en cambio estaba sentada en uno de los sofás individuales con su sonrisa de comercial. Dejando a un lado el desagrado que sentía por la mujer, se acerco a ella y con una voz que jamás había utilizado pregunto. — ¿dónde está mi padre? — la mujer volteo a verlo extrañada, a pesar de las millones de veces que lo había tratado como basura, el joven jamás le había hablado de esa forma, era un joven educado y agradecido. Aunque a ella le costara reconocerlo. —Está en su ofici…—sin esperar a que la mujer terminara se encamino hacía allá— Ethan detente está ocupado, pidió no ser interrumpido— Grito saliendo detrás de él. Ni el mismo demonio lo detendría en ese momento, sentía como la sangre bombeaba fervientemente en su sistema, millones de palabra hirientes se agolpaban en su cabeza, cientos de atrocidades que habían hecho y el único que terminaba pagando hasta ahora era él. Entro sin tocar algo impropio de él, su padre se encontraba sentado en su escritorio frente a uno de los mandatarios del estado. — ¿Qué dem…— se detuvo cuando vio el rostro de su hijo enmarcado por el dolor y las lágrimas? —Todo esto es tú culpa— Gritó, dejándose caer de rodillas, preso del dolor que lo embargaba. El padre sin entender nada de lo que estaba pasando, se puso de pie rápidamente caminando hasta su hijo, que ya se había puesto de pie, y murmuraba cosas inentendibles para los presentes mientras daba vueltas por toda la oficina. Estaba fuera de sí.  Fredrick volteo a ver a su mujer en busca de una respuesta, esta se encogió de hombros haciendo saber que al igual que el desconocía la razón. —Hijo, ¿Qué pasa? — pregunto el hombre intentando acercarse, pero tal parecía que el joven deseaba estar lo más lejos posible de él. —Los mataron, los mataron y todo es tu culpa— Grito, arrojando las notas en la cara de su padre. De no haber estado tan sorprendido y desconcertado por la actitud de Ethan se hubiese molestado, pero ignorándolo tomo los papeles y comenzó a leer. Primero leyó la nota de amenaza, sabía tan bien como Ethan que era de los Douglas. Pero ¿a quiénes habían matado? Su interrogante quedo resuelta al leer la segunda prueba en su mano, una prueba de embarazo positiva, a nombre de Lydia Mormount. La sangre escapo de su rostro haciéndolo palidecer, su hijo iba a ser padre y por riñas entre familias, ahora su nieto estaba muerto, y no sabía como su hijo los perdonaría por eso. Chencho, pasaba por la oficina de su padre, sabía que estaba reunido con el secretario de estado, hablando sobre un aumento al impuesto por protección y cosas por el estilo, cuando escucho el grito desgarrador de su hermano. —Los mataron, los mataron y todo es tu culpa—grito, en un principio se sintió desconcertado, no entendió a que se refería su hermano. —Lydia y mi hijo están muertos por su culpa— Sí creía no tener sentimientos en ese momento comprobó cuan equivocado estaba, sintió como si un tren de carga le pasara por encima del corazón a una velocidad sumamente lenta y lo arrollara poco a poco. Sus rodillas perdieron toda la fuerza y sus ojos empezaron a derramar lágrimas, lagrimas que jamás creyó caerían de su rostro, y menos por una mujer. Asomo su cabeza a la habitación y pudo observar como su padre intentaba acercarse a Ethan pero este se alejaba, sin permitir su   consuelo. Entro y vio como las lágrimas salían del rostro de uno de los hombres más duros de Rusia, pues el no solo había perdido un nieto ese día, todo daba a entender que había perdido también a un hijo, desgarrando el corazón del hombre. 
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