02. ¿Quién?
Milán
Una punzada atravesó las sienes de Costanza acompañada por el eco de martillazos en la distancia. Sentía náuseas y mareos, como si el suelo se moviera debajo de ella. Abrió los ojos o, por lo menos, lo intentó. Sus párpados pesaban como si llevara el peso del mundo encima y esa sensación de sequedad en la garganta empezó a desesperarla.
—Finalmente estás despierta.
Costanza distinguió la voz femenina en medio del caos que era su cabeza. Pero era una voz que no reconocía. Definitivamente, no pertenecía a nadie de su círculo.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz pastosa, intentando enfocar la mirada en un punto fijo. El lugar olía a humedad y moho, la habitación no tenía ventanas y la cama debajo de ella era tan dura e incómoda que los huesos crujieron al moverse. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?
—¿Es necesario que te responda? —preguntó con burla, señalando a su alrededor. No estaba sola, había diez personas más. Hombres y mujeres, y lo único que tenían en común era la edad. Toda esa gente no tenía más de veinte.
Costanza tragó saliva, movió las manos solo para darse cuenta de que estaban atadas.
Más bien, ¡esposadas!
Esposada a una cadena que se anclaba a las patas de la cama, igual que todos.
—¿Qué es lo que pretendes? —preguntó con el miedo anudándose en sus entrañas. Ya no era la rica heredera de la familia Nerucci; si había sido secuestrada para pedir rescate… perderían el tiempo. Lo único que tenía era lo que llevaba puesto.
El recuerdo de lo ocurrido en su antigua residencia casi la desbarató; se mordió el interior de la mejilla para tragarse el gemido que subió por su garganta. Esa gente no sabía que ya no tenía nada, así que tenía que esperar una oportunidad para intentar escapar. Tenía que hacerlo o, de lo contrario, estaría perdida. Nadie, absolutamente nadie pagaría por su rescate.
—Lo primero que debes aprender es que tú no haces preguntas y yo no doy respuestas —espetó la mujer, tirando un cuenco de comida al suelo como si ella fuera un animal y no una persona.
Costanza miró la comida. No sintió hambre; por el contrario, su estómago protestó con la náusea subiendo por su garganta.
—¡Escuchen todos y escuchen bien! —gritando una fusta en la que Costanza no había reparado—. Aquí. Ninguno de ustedes tiene voz; son solo mercancías que irán al mercado para ser adquiridas. Si tienen suerte, terminarán en la cama de alguien rico e influyente que los cuidará hasta que se aburra de la novedad. Pero si su suerte es tan mala como su vida, no pasarán de la primera noche con sus dueños —espetó, mirando a Costanza con burla.
Ella sintió la bilis subir a su garganta. Esa maldita mujer hablaba como si ellos no fueran humanos, como si no tuviesen sentimientos.
—Aliméntense, no venderé costales de huesos —vociferó, saliendo de la habitación.
La tenue luz de una lámpara que parecía estar a punto de pasar a mejor vida iluminó la habitación. Costanza miró de reojo a los hombres y mujeres; parecían ya resignados a su destino. Todos comían en completo silencio, pero lo hacían como si no hubiesen probado bocado en días.
Ella tenía la esperanza de que las palabras de la mujer solo tuvieran un fin. Asustarlos.
—Deja de pensar y come, no sabes cuándo será la próxima vez —susurró una joven menuda; tenía la boca llena y las manos sucias.
Costanza quiso llorar, pero se contuvo. Las lágrimas no iban a ayudarla; tenía que pensar en cómo salir de ese lugar. Pedir ayuda a… ¿A quién? No tenía a nadie, estaba sola en el mundo.
Un amargo sollozo subió a su garganta; apretando los labios, se lo tragó. Tomó el pan viejo y mordió con rabia. No por hambre, sino por supervivencia. Tenía que salir de eso para consumar su venganza. Silvio y Alessio tenían que pagar el precio de su traición.
Ese deseo ardiente en su corazón le hizo soportar cada día de su encierro. Cada humillación que sentía al recoger el pan del piso como si fuera un perro. Y así, perdió la noción del tiempo. Ya no sabía cuándo era de día y cuándo era de noche. Lo peor era que no había tenido una sola oportunidad de buscar un agujero por donde escapar.
Llevaba posiblemente meses sin ver la luz del sol; su cuerpo se sentía pesado, sucio. Incluso no recordaba cuándo fue la última vez que le habían permitido bañarse. Recordarlo era una humillación.
Se había desnudado bajo la atenta mirada de su perra guardiana. Esa mujer que parecía disfrutar de cada maldita cosa que ahí sucedía. Por suerte, no había pasado de eso. De miradas lascivas que le erizaban la piel.
Las arcadas sacaron a Costanza de su liviano sueño. La puerta se abrió con brusquedad y quedó así por varios minutos. Tiempo en el que finalmente pudo ver un rayo de sol. ¡Era de mañana! Y… también era su oportunidad para escapar. Llevaba tiempo sin ataduras; si no era hoy, no sería nunca.
En un ataque de valentía, tal vez de idiotez, Costanza arrancó la carrera. Cruzó el umbral de la puerta sin saber qué rumbo tomar. El lugar era un maldito laberinto, pasillos y puertas, todas del mismo color. El corazón de Costanza se agitó; la adrenalina en sus venas le hizo correr con las pocas fuerzas que tenía. Intentó abrir puerta tras puerta sin tener ningún maldito éxito.
Sus fuerzas fueron decayendo junto a sus esperanzas de conseguir su tan ansiada libertad. En un último intento, aferrada a la fe de conseguirlo. Hizo un esfuerzo titánico para llegar a la puerta, la más grande de todas, pero antes de que sus manos consiguieran tocar el pomo. Un fuerte golpe sobre su nuca la lanzó al piso, arrastrándola a ese mundo de fría oscuridad que tanto temía.
Cuando abrió los ojos de nuevo, no lo hizo lenta ni pesadamente. Fue abrupto; el agua fría se derramó por su cuerpo, cortando su respiración. Trayéndola de regreso a su cruda realidad.
—¡¿Qué demonios tratabas de hacer, idiota?! —medio gritó, medio preguntó la mujer, soltando una bofetada que marcó el rostro de Costanza. Un golpe que la hizo gemir cuando la sangre brotó de la comisura de su labio.
—Ten cuidado, es mercadería valiosa —advirtió otra voz que Costanza no había escuchado en todos sus días de cautiverio.
—Me importa una mierda; si no le ha quedado claro quién manda en este lugar, no tengo ningún puto problema en hacerlo entender a golpes —respondió la mujer con rabia, mirando a Costanza con desprecio.
Ella tocó su mejilla, que rápidamente empezó a inflamarse, se limpió la sangre de su barbilla y miró desafiante.
—No conseguirás nada de mí, nadie pagará el rescate. ¡Soy más pobre que una rata, solo gastas energías y comida en mí! —gritó finalmente, perdiendo la compostura, pero la risa sórdida de la mujer la congeló.
Los ojos de su carcelera brillaron con diversión y burla.
—¿Rescate? —preguntó esbozando una sonrisa fría—. ¿Quién dijo que iba a pedir rescate por ti?
Costanza tembló y no era por el frío del agua empapando su cuerpo, sino que era algo más profundo que le calaba los huesos.
—Si no buscas obtener dinero por mi rescate, ¿por qué estoy aquí? —preguntó con un hilo de voz, no muy segura de querer escuchar la verdad.
—Porque tu estadía aquí no es una puta casualidad, Costanza. Alguien… mejor dicho, hay varias personas que te querían fuera del camino y pagaron gustosos para borrarte del mapa.
La mujer se miró las uñas como si hablara del clima mientras Costanza sentía que el corazón le dejaba de latir. No necesitaba preguntar quiénes eran esas personas. Silvio, Alessio y Giuliana.
—Pero sería un pecado matarte en lugar de sacarte un mejor provecho. Tienes un rostro bello, piel blanca y cremosa, por no mencionar tus bonitas y perfectas curvas. Un poco ancha —pronunció y Costanza no supo si era desprecio o fascinación—. Siempre habrá alguien que se interese por ti —agregó.
El estómago de Costanza se le revolvió al entenderlo todo. Iban a venderla como una vil prostituta.
—Ahora date prisa, tenemos que movernos. El momento que hemos esperado finalmente ha llegado y, Costanza, no quiero que lo de hoy se vuelva a repetir, ¿entendido? —preguntó y, sin dejarle responder, continuó—: Sería una pena tener que matarte y lanzar tu cuerpo a una alcantarilla.
Un escalofrío recorrió la columna de Costanza; sin embargo, y por primera vez, no respondió. Tenía la mirada clavada en el suelo, su corazón latía desbocado dentro de su pecho. No había escapatoria; si no la vendían, la mataban.
Silvio y Alessio habían hecho muy bien su trabajo. Tomaron todas las medidas para borrar su rastro, desaparecerla de manera que nunca pudiera volver y reclamar lo que por derecho le pertenecía.
Doce horas después, sin esperanza y sin fe, caminó junto al resto de sus compañeros, todos esposados, encadenados como si fueran presos peligrosos. Solo eran víctimas, pero a nadie le importaba.
—Vamos, vamos, caminen, no podemos dejar que nos sorprendan —dijo uno de los hombres que custodiaba la puerta con una escopeta en mano mientras las once víctimas caminaban, solo Dios sabía a dónde. Su destino ya no estaba en sus manos; su vida dependía de esos hombres que los movilizaban como ganado, listos para el matadero.
Sin embargo, no fue tan rápido ni sencillo. Luego de lo que pareció varias horas de viaje, finalmente la furgoneta se detuvo. Cuando las puertas se abrieron, la tenue luz del amanecer los recibió.
Costanza calculaba que era entre las tres y cuatro de la mañana. El frío caló sus huesos cuando salieron del calor que los había envuelto toda la travesía. El ritual no fue distinto; caminaron uno detrás de otro. Solo habían cambiado de infierno, porque seguían teniendo al mismo diablo…
—Bienvenidos, este será su último día con nosotros. ¿No estamos contentos? —preguntó la odiosa mujer.
Costanza agradecía no saber su nombre, pero estaba segura de que jamás olvidaría su rostro.
¡Imposible!
Ninguno respondió; todos fueron separados en distintas habitaciones. Costanza encontró ropa limpia y utensilios de aseo personal. Curiosamente, no sentía ningún interés en correr al cuarto de baño. Intuía las razones para recibir tal privilegio; esa noche serían ofrecidos en el mercado, no como personas, sino como trozos de carne. Sin derecho a nada.
Costanza no se equivocó. El maldito lugar era un hervidero de hombres poderosos. Hombres a los que no les importaba pagar una fortuna solo para salirse con la suya. Ansiosos de dejar en claro su estatus, su poder por encima del otro. No era una compra directa, sino una jodida subasta. Sin embargo, entre aquel montón de hombres de negocios, políticos y otro tipo de hombres que Costanza no podría encasillar, estaba él. Serio, sereno, como si todo aquello le aburriera. No lo había visto levantar la mano para pujar ni una sola vez.
—Llévate a la mujer con el número ocho, ya ha sido vendida.
El susurro fue bajo, así como el miedo que corrió por la columna de Costanza al darse cuenta de que ella tenía el número ocho. ¡Ya había sido comprada! ¿Quién? La pregunta nació con la mirada fija en aquel hombre, mientras se levantaba y dejaba el lugar como si fuera un puto dios del Olimpo.
«Vendida.»