03. Una jaula de oro
Isla Il Silenzio, Cerdeña.
La punzada atravesando las sienes de Costanza. El eco de los martillazos en el fondo de su cabeza, las náuseas y el mareo fueron un déjà vu para ella. Sin ánimos, intentó abrir los ojos; apenas recordaba nada de lo sucedido en la subasta. La única cosa que se repetía una y otra vez era esa maldita palabra «vendida».
Su cuerpo tembló, no de frío, sino de absoluto miedo. Parpadeó varias veces hasta enfocar su mirada en un punto fijo; quería y no quería conocer su nuevo infierno. Sin embargo, la claridad de la habitación le sorprendió.
Costanza no esperaba despertar en una habitación tan… lujosa. Ella, acostumbrada a vivir entre riquezas, aún se sorprendió. Quizá porque en el fondo esperaba encontrarse encerrada en alguna mazmorra, encadenada a una pared y rodeada de mugre y moho. No fue así.
Las sábanas que cubrían su cuerpo eran de fina seda, la cama suave y cómoda. Costanza tragó con fuerza, apartó las sábanas con cuidado y temerosa de lo que iba a encontrarse. Estaba vestida, no con el vulgar vestido de anoche, sino con una bata fina, como las que ella estaba acostumbrada.
La confusión le hizo fruncir el ceño y levantarse por completo. Tenía que conocer el lugar donde estaba y quizá… escapar. Sus pies descalzos tocaron el piso pulido en madera y, sin importar el frío, corrió para apartar las cortinas y dejar que los rayos del sol atravesaran el cristal.
Costanza sollozó al ver el cielo azul; era la primera vez en semanas, quizá meses. Quería sentir el aire sobre su piel, la brisa del mar acariciando su rostro. Anhelaba ser libre y recuperar todo lo que le había sido robado, empezando con su vida. Con desespero, intentó abrir la ventana; esta no cedió ni un centímetro. No estaba en una mazmorra, pero seguía dentro de una prisión. Una jaula de oro.
La verdad la golpeó, pero esta vez no había más lágrimas que derramar. Su vida ya no era suya, era una cruel realidad; sin embargo, prefería estar muerta antes que convertirse en juguete de un pervertido. No iba a someterse ante nadie nunca más, no volvería a confiar.
Los pasos apresurados sobre el piso le hicieron girarse abruptamente, preparándose para enfrentar a su comprador; sin embargo… no fue un hombre lo que encontró parado en el umbral de la puerta, sino a una empleada con una bandeja y desayuno para un ejército.
Solo entonces, Costanza fue consciente del hambre voraz que tenía. La comida olía tan deliciosa que las tripas le rugieron; si hubiese podido, se habría sonrojado, pero su color estaba más pálido que una hoja de papel. Apenas parecía llevar sangre en las venas.
—Buenos días, señorita Romano —saludó la empleada con simpleza.
Costanza abrió la boca para contradecir a la mujer, pero no le dieron ni tiempo. Un pequeño grupo de mujeres con el mismo uniforme desfiló delante de ella, confundiéndola mucho más. ¿Qué era todo esto? ¿Acaso había muerto y renacido en otra ciudad? Esa era una maldita y descabellada idea, pero era la única jodida explicación para lo que estaba viviendo.
¿Señorita Romano? ¡Al diablo! Definitivamente, se había vuelto loca.
—El señor espera que se alimente como es debido y vista adecuada —dijo una de las muchachas sin verla—. La estará esperando en la terraza en dos horas.
Eso fue todo. Las mujeres salieron de la misma manera en que entraron. Costanza seguía sin creer esta nueva realidad. ¿Quién era la familia Romano? Ella no recordaba a ningún amigo o pariente con ese nombre. Si lo pensaba mejor, tampoco conocía a todo el círculo social que su padre solía frecuentar. Desde niña odió los eventos públicos y prefería quedarse en casa, dibujando, que era su pasatiempo favorito.
Haciendo a un lado sus pensamientos, se acercó a la bandeja sobre la mesa. Sus tripas rugieron ante el manjar delante de sus ojos. Era una tentación difícil de ignorar y, aun así, no se atrevió a tocar la comida. ¿Y si era una trampa para que se confiara? No podía arriesgarse.
Costanza tenía la seguridad de que había sido drogada para traerla a este sitio y seguía sin conocer a su «dueño», así que no. No podía darse el lujo de confiar; muriéndose de hambre, cambió de objetivo. La ropa llevaba la marca de uno de los diseñadores más importantes de Italia. Podía reconocerlo con los ojos cerrados.
Su mano acarició la fina tela, sintiendo nostalgia, rabia. Apretó sus dedos alrededor de la prenda, arrugándola, lanzándola al piso como si con eso su rabia y su dolor menguaran. No sucedió.
La tranquilidad de aquel lugar solo lograba inquietarla más. El silencio era demasiado perfecto, demasiado limpio. No saber qué le esperaba resultaba más perturbador que haber estado encerrada entre cuatro paredes, sumida en la oscuridad, con las muñecas marcadas por las cadenas.
Porque no hay nada más cruel que rozar aquello que no te pertenece.
Libertad.
Dos horas más tarde, ni un minuto más, ni un minuto menos… Costanza fue custodiada a la terraza. La arena de la playa era blanca y sus aguas transparentes; era casi una ilusión dolorosa. Desde la distancia podía apreciar las formaciones rocosas de la isla.
Desde las alturas podía apreciar el muelle, un helipuerto, pero no era eso lo que tenía captada su atención. Sino el humo del cigarrillo que sostenía una mano grande y morena. Un escalofrío le recorrió la columna al detenerse a unos pasos de su comprador.
—La señorita se ha negado a probar bocado —avisó una de las mujeres a su espalda. La mano se tensó y el corazón de Costanza se agitó. ¿Se enfadaría? ¿Cómo tomaría su negativa?
—Déjenos a solas —pidió. Su voz era grave, profunda. Era la voz de un hombre acostumbrado a mandar, a dominar, y Costanza estaba en su poder, en su territorio. Donde su palabra seguramente era ley.
Costanza miró cómo la servidumbre, incluso los guardaespaldas, abandonaban la terraza, dejándola sola con él.
—¿Por qué no desayunaste? —preguntó, sin levantarse de su asiento, sin darle la cara.
—No hablaré con tu espalda —espetó ella, con un valor nacido de la convicción de que ya no tenía nada que perder.
Una risa baja y ronca causó que los vellos de su nuca se erizaran. Costanza tragó el nudo en su garganta; su minuto de valentía estaba a punto de irse a la mierda.
—No soy ganado para el engorde; si vas a tomarme, lo harás en las condiciones que esté —agregó, sin atreverse a mover.
—Palabras muy valientes, o quizá muy insensatas.
—¿Lo dice el hombre que compra mujeres para su placer?
Un pesado silencio llenó la terraza.
—¿Qué pruebas tienes de que yo te compré? —preguntó; su voz tenía una falsa calma que se coló bajo la piel de Constanza.
—Estoy aquí, ¿no es suficiente?
—No. —Respondió firme—. El que estés aquí no prueba nada. Pudiste ser el regalo de alguien que intenta congraciarse conmigo —agregó.
Costanza se mordió el labio, ¿podía ser?
—O mejor aún, el pago por alguna deuda.
El corazón de Costanza martilló dentro de su pecho; apretó los labios intentando contener el sollozo que subió a su garganta.
—¿Importa realmente el motivo por el que estoy aquí? —cuestionó, tragando saliva—. Ya sea comprada o regalada, estoy aquí por ti y para ti.
Él se levantó de la silla; Costanza retrocedió dos pasos. Era alto, muy alto, y su complexión no era la de un hombre débil. Sus hombros anchos se marcaban bajo el traje n***o hecho a medida. Su cabello, tan oscuro como una noche sin luna, era… intimidante.
Se giró lentamente, que el tiempo pareció detenerse un instante, como si nada más existiera en el universo. Esos ojos grises intensos se clavaron en ella; su mandíbula era dura, lo que lo hacía ver intimidante y perfecto.
Costanza pensó que se había vuelto loca, ¿cómo podía admirar a ese hombre? Era bello, como un dios, pero peligroso como el mismo diablo…
—Stefano Romano —dijo con esa voz grave que le erizó de nuevo los vellos de la nuca—. Tu dueño.
El encanto se rompió en cuanto las palabras abandonaron los labios de Stefano, haciendo que una rabia e ira desmedida ardieran en el interior de Costanza. Lo sabía, era demasiado perfecto para ser humano. ¡Era un demonio!
—¿Siempre sacas conclusiones apresuradas? —preguntó Stefano casi divertido.
Costanza lo miró sin entender a lo que se refería. No se dio cuenta de que había gritado su último pensamiento.
—No sé de qué diablos estás hablando —dijo—, pero voy a dejarte algo claro. ¡No soy una prostituta! Y antes, prefiero estar muerta que ser utilizada por un maldito pervertido como tú —declaró, levantando el mentón.
Stefano sonrió; apenas fue perceptible, pero lo hizo.
—No tengo ninguna intención de acostarme contigo, ¡mírate! Eres un costal de huesos —señaló.
Costanza se sonrojó violentamente, mordiéndose los labios con fuerza para no llorar por el insulto. Aunque no era verdad. No estaba en los huesos; ya su figura tampoco era la misma. Y… moría de hambre.
—Te sugiero que no te saltes el almuerzo, Costanza —dijo; la manera de pronunciar su nombre le hizo levantar la cabeza de golpe. ¿Él la conocía? Podría ser que…
—El fin de semana voy a presentarte a alguien, por favor, pon de tu parte y no me hagas quedar mal. Esa persona es realmente importante y tú… serás el regalo perfecto.