04. Tómame y déjame ir

1709 Words
04. Tómame y déjame ir Isla Il Silenzio, Cerdeña. «Esa persona es realmente importante y tú… serás el regalo perfecto.» «El regalo perfecto.» Costanza apretó la cortina con fuerza mientras miraba por el ventanal. ¿Cómo había terminado así? Su vida privilegiada se había ido a la mierda y ahora solo era un objeto que podía cambiar de dueño en cualquier momento. Su vida ya no era suya. Las rebeldes lágrimas llenaron sus ojos, bañando sus mejillas. Las limpió con rabia, pero seguían brotando como cascadas. Lloraba de impotencia, de rabia, de dolor. La confianza ciega que había depositado en su padrino y en Silvano le estaba cobrando muy caro. Su dignidad y su orgullo habían terminado en la basura. —Señorita… Costanza tragó saliva, se limpió las lágrimas, mas no se giró para ver a la mujer que entraba a su habitación. —El señor le ha enviado un regalo, espera que sea de su agrado y, si no le gusta… por favor, hágamelo saber. Costanza se giró lentamente; el vestido sobre la cama era de alta costura, los zapatos Jimmy Choo, considerados los más caros del mundo, y un monedero más humilde, no más barato. Un Mouawad hecho con diamantes. ¿Qué era esto? ¿Qué es lo que ese tipo pretendía? Era evidente que no tenía intención de impresionarla a ella; seguramente, pensaba que era incapaz de saber la fortuna que llevaría encima en el momento que usara todo aquello. —Señorita. Costanza se mantuvo en silencio, sopesando sus acciones. No sabía a dónde iba a parar; Stefano no le había dicho nada más sobre la persona a la que pensaba entregarla. Era posible que no corriera con la suerte que hasta ahora tenía; tal vez… si accedía de buena manera, encontraría una oportunidad para escapar. Si iban a la ciudad, las posibilidades se hacían mayores. Podía incluso buscar ayuda en la policía. Stefano había participado en una actividad ilegal. No podía ser tan bueno y mucho menos un hombre honorable. —Dile que bajaré cuando esté lista —respondió finalmente con miles de ideas rodando en su cabeza. Si algo le había enseñado Silvano y Alessio era a no confiarse ni de su sombra. —Vete —ordenó con ese tono que el derecho de cuna le otorgó desde su nacimiento. La arrogancia que nunca utilizó con su personal. Todos ellos a quienes trató bien y que no dudaron un segundo en echarla como a un perro cuando su suerte cambió. Apretó los dientes hasta sentir dolor en la mandíbula, aflojó sus dedos y atravesó la habitación con paso lento. Estiró la mano para acariciar la fina tela del vestido; no se había equivocado, era un diseño de Gucci. Tenía que reconocer que Stefano había elegido algo decente y no pretendía exhibirla como una prostituta barata. Con resentimiento, tomó el vestido, no le dio más vueltas al asunto y optó por ponerle fin a la lenta agonía que vivía. La incertidumbre de quién sería su nuevo dueño iba a terminar en el momento que dejara la isla. Sintiéndose medianamente bien, se calzó los zapatos y se recogió el pelo sin darle mayor atención. Se aplicó un poco de maquillaje y, por último, tomó el monedero que esperaba fuera vacío, pero el peso le sorprendió. Con el corazón latiéndole fuerte, lo abrió. Había dinero, un teléfono celular que sacó de inmediato, pensando a quién podía llamar, dándose cuenta de que… no tenía a nadie conocido a quien recurrir. El recuerdo bastó para aplastar su reciente emoción. Pero su decisión; llegaría el momento en que podría usarlo. Stefano le había dado un arma que no pensaba desaprovechar. Primero, tenía que dejar la isla y no iba a conseguirlo sin Stefano Romano. ⤝⤞ Stefano movió el vaso, viendo fijamente el líquido ambarino en el fondo, creando olas que se estrellaban contra el hielo. Bebió con calma, cruzándose la pierna sin ninguna preocupación. —Ya me he encargado de borrar la evidencia de tu estadía en el club el día de la subasta. Stefano levantó la mirada y sonrió. —Sabía que ibas a conseguirlo —dijo, viendo a su mejor amigo—. No me sorprende. —Pues déjame decirte que yo sí estoy malditamente sorprendido. ¿Cómo terminaste en ese maldito club? ¡Y peor aún! ¡¿En qué momento se te ocurrió comprar a una mujer?! Stefano siguió impasible. —¿Sabes que cometiste un delito? —preguntó. —El delito lo cometieron esos tipos que se dedican a la trata de personas. Yo… solo tomé lo que pusieron a mi alcance. Para ser honesto, me ahorraron mucho trabajo. Raffaele dejó el vaso sobre la mesa de centro con un golpe que vació la mitad del contenido sobre la fina madera. —Por supuesto, pero tú has comprado a un ser humano; la mantienes aquí. ¿Desde cuándo actúas tan impulsivamente? Stefano suspiró. —No fue una compra impulsiva, Raffaele. Pero debo admitir que tampoco fue una compra planeada y mucho menos inteligente. Es por eso que te pedí que te hicieras cargo de borrar todo sobre mi presencia en el club esa noche. —Por lo menos, reconoces tu error, aunque no sirva de mucho. ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Acaso tú…? Stefano le dedicó una mirada que le hizo guardar silencio. —¿Sabes qué edad tiene? —preguntó él con fingida serenidad. —Diecinueve. —¿Crees que yo tenga algún tipo de interés en una mujer como ella? —preguntó y, sin dejar responder a su amigo, continuó—: Dice el dicho: duerme con niños y amanecerás meado. Raffaele entornó los ojos con fastidio. —Entonces, ¿por qué la retienes? —preguntó, tomando el vaso y bebiendo el líquido que aún quedaba en él. —No la retengo, no tiene a dónde ir —respondió con simpleza. —¿Sabes al menos quién es? Stefano asintió. —Voy a llevarla a Londres, ya la esperan allí… Costanza se quedó de piedra en el umbral de la puerta. Todas sus esperanzas se fueron a la mierda al escuchar a Stefano. El infeliz iba a sacarla de Italia, lejos; no tendría ninguna oportunidad. Cerró las manos en dos fuertes puños, sus uñas se enterraron en la palma de su mano hasta sentir dolor. Sus ojos picaron, pero se negó a llorar. No le daría el maldito gusto. Mientras viviera, lucharía para encontrar una oportunidad de huir. Con una calma que no sentía y una elegancia capaz de imitar a la realeza, golpeó la madera con dos suaves golpecitos, anunciando su presencia. —Estoy lista, señor —murmuró bajito. Stefano odió su tono, no por la manera en que lo llamó, sino por la manera en que su cuerpo reaccionó. Vestida así, no se veía tan niña… —Stefano… —Nos vemos en Roma —dijo como despedida, levantándose del sillón. Atravesó la estancia con la seguridad y la letalidad de un emperador. Costanza podía sentir el aura y el poder emanar de su cuerpo y penetrar en el suyo. De repente, fue consciente de que Stefano Romano no era alguien de quien podía burlarse fácilmente. —Vamos —dijo, tocándola por primera vez. El cosquilleo de una corriente eléctrica corrió por el brazo de Costanza; se mordió el labio para no pedir que la soltara. Su estómago se encogió, como si tuviera retorcijones. Era una sensación abrumante, inquietante. Ella no estaba lista para este tipo de emociones o quizá solo era el miedo a lo desconocido. El viaje no duró la eternidad que Costanza deseaba. Sintió que Londres estaba a la vuelta de la esquina y no las tres horas de vuelo que duró el viaje. Sin contar con el trayecto que hicieron de la isla hacia el aeropuerto de Roma. Ni siquiera sabía cómo había conseguido sus documentos para sacarla del país. Cuando le echaron de su casa, se había ido con lo puesto. Sin un peso y sin ninguna identificación. La duda le hizo levantar el rostro para buscar a Stefano; no estaba lejos, pero no tenía su atención puesta en ella. Como un adicto, tenía la cabeza enterrada en la laptop, tecleando como un maniático. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? Iba a regalar a un ser humano, pero actuaba como si fuera a obsequiar a una simple mascota. —¿No tienes conciencia? —preguntó sin poder evitar escupir las palabras cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Heathrow. —Depende —respondió Stefano tras un largo silencio. Justo cuando Costanza pensaba que iba a ignorarla. —Soy un regalo. —Lo eres —confirmó sin apartar la mirada de la pantalla, como si eso fuera lo más importante del mundo. —Eres un desalmado, ¡no muy distinto de esa gente que me secuestró! —gritó, cerrando de golpe la laptop. Stefano no respondió, no reaccionó. —Soy un ser humano, Stefano. No soy una cosa, ni un animal para que decidas a quién darle mi vida —dijo, conteniéndose para no echarse a llorar. El mundo en su garganta la ahogaba, pero si no rogaba ahora… más tarde quizá sería inútil. —Pagué una fortuna por ti, Costanza —respondió con voz ronca, como si estuviera conteniéndose. No sabía si era ira o algo más—. ¿No tengo derecho a darte el uso que yo quiera? —preguntó, girando el rostro, viéndola con esa mirada gris y fría como el metal. —Entonces… úsame aquí, ahora y déjame ir —suplicó y, con un movimiento atrevido, temerario, tomó la mano de Stefano, colocándola sobre su redondo pecho. El calor invadió las mejillas de Costanza, temblaba como una hoja mecida por el bravo viento y, aun así, no se apartó del ardiente toque. Stefano se quedó quieto como una estatua de mármol, su mano se cerró sobre el redondo pecho, apretó hasta que la escuchó gemir. —Tómame y déjame ir —insistió Costanza. —¿Una vez? —preguntó él con voz ronca. Ella asintió, incapaz de encontrar su voz. —¿Crees que una vez vale todo lo que pague por ti? —cuestionó, luchando contra su instinto. ¡Era un hombre, no un puto santo! —Soy virgen.
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