Londres Costanza seguía petrificada, viendo a la mujer con el hombro tatuado en la mirada; no podía creer que Vittori la mejor amiga de su madre, estuviera ahí, justo delante de ella. —Lamento haber llegado tarde. —Esas fueron las primeras palabras de Vittori y que rompieron el dique que contenía todas las emociones de Costanza. El primer sollozo fue imposible de contener y los que siguieron sencillamente no necesitaban permiso. Las lágrimas brotaron de sus ojos, empapando sus mejillas. Cuando Vittori abrió los brazos, Costanza corrió a ella como si su vida dependiera de que ese momento fuera real. Lo necesitaba; si era un sueño, no quería despertar. El abrazo de Vittori era demasiado cálido, tanto que no quería apartarse de ella. Esos brazos que la sostenían como si fueran los brazos

