Las luces de una segunda camioneta se encendieron en la penumbra. Apenas Dmitri se perdió en la carretera, las puertas se abrieron y tres hombres bajaron con movimientos calculados. El líder, un hombre de traje oscuro y cabello rapado, miró el cuerpo sin vida de Carlota con indiferencia. —Qué lástima. Uno de los escoltas escupió al suelo y resopló. —Se metió con la persona equivocada. El otro sacó un par de guantes de látex y se los puso con calma. —Pensó que podía pasar por encima de las órdenes. —Y ya ves cómo terminó. El líder se agachó y revisó el pulso de Carlota. No hacía falta, sabía que estaba muerta. Pero siempre era mejor asegurarse. Se incorporó, sacó un cigarro y lo encendió. —Llévenla. Los dos hombres se miraron y asintieron. Uno sujetó los brazos. El otro, las

