Capítulo II - Donde Susurran Los Ecos

1189 Words
El silencio en Arandor ya no era paz, era una ausencia. Aldren lo sentía en cada rincón del reino, en cada paso que daba sobre la tierra que una vez vibró con vida. Los árboles seguían en pie, las montañas no se habían movido, los ríos aún corrían… pero algo en el mundo se había quebrado de una forma que no podía verse. Era como si la magia misma respirara con dificultad. Aquella mañana, el cielo permanecía cubierto por una neblina tenue, casi imperceptible. No era natural. No lo había sido desde el eclipse. Aldren avanzaba solo por el antiguo sendero de piedra que conducía a las ruinas del santuario del Este. Su capa oscura se movía con el viento frío, y su mano descansaba cerca de la empuñadura de su espada, no por miedo… sino por costumbre. Desde aquella noche, no había vuelto a dormir en paz. Los sueños habían comenzado como recuerdos, fragmentos, sombras de lo que había perdido. Pero con el paso de los días… habían cambiado. Se detuvo, había algo; un leve pulso en el aire, no era magia común, era… irregular. Como un latido que no pertenecía del todo a ese mundo. Aldren cerró los ojos un instante, concentrándose. Extendió su percepción, dejando que su conexión con la magia fluyera más allá de lo visible. Y entonces lo sintió, un susurro; no un sonido, no exactamente. Era más bien una sensación… una presencia rozando su conciencia, como una memoria que no lograba formarse del todo. Sus ojos se abrieron de golpe. —No… —murmuró. El pulso desapareció, el bosque volvió a quedarse en silencio. Pero ya lo había sentido y eso era suficiente. Aldren continuó caminando, más rápido ahora. El santuario se alzaba entre los árboles como un vestigio de otro tiempo, sus columnas agrietadas cubiertas por enredaderas luminosas que apenas brillaban. Antes, ese lugar había sido un punto de convergencia mágica, ahora… apenas sobrevivía. Al cruzar el umbral de piedra, el aire cambió, era más denso, más pesado. Como si el propio espacio recordara lo que había ocurrido. Aldren avanzó hasta el centro del santuario, donde una vez existió un altar. Ahora solo quedaban restos de piedra y una g****a tenue en el suelo, sellada… pero no completamente olvidada. Se arrodilló, apoyó una mano sobre la superficie fría y dejó que la magia fluyera. Durante un instante, nada ocurrió. Pero entonces… una chispa, un destello breve, casi imperceptible, recorrió la g****a. Aldren contuvo la respiración. —No es posible… La g****a estaba cerrada. Él mismo lo había visto, él había estado allí cuando… cuando ella… Su mandíbula se tensó. No, no iba a pensar en eso; aún no. Pero la magia no mentía, algo seguía allí. No abierto, no activo, pero tampoco muerto. Como una herida que se niega a cicatrizar. Aldren retiró la mano lentamente, observando el suelo con intensidad. Su mente analizaba cada posibilidad, cada teoría… pero ninguna terminaba de encajar. El Intersticio había sido contenido, eso era un hecho. Entonces, ¿por qué…?, un sonido lo interrumpió, su cabeza se alzó de inmediato. No provenía del santuario, venía del bosque, un crujido leve; como pasos. Aldren se puso de pie en un instante, girándose hacia la entrada. Su energía se tensó, lista para responder. —Muéstrate —ordenó, su voz firme, cargada de autoridad. Silencio, pero no el mismo silencio de antes. Este… estaba vivo, algo se movía entre los árboles; una sombra. Rápida. Aldren no dudó. Extendió su mano, y una luz azulada surgió en su palma, iluminando el entorno con un resplandor suave pero intenso. —Sé que estás ahí— la figura se detuvo. Por un segundo, el mundo pareció contener el aliento; y entonces… desapareció, no huyó, no corrió. Simplemente… dejó de estar, como si nunca hubiera existido. Aldren frunció el ceño, eso no era normal, ni siquiera para criaturas mágicas. Avanzó unos pasos fuera del santuario, observando con detenimiento. Sus sentidos estaban completamente alerta. Nada, ni rastro, ni energía residual; nada. Y eso era lo más inquietante de todo. Bajó lentamente la mano, dejando que la luz se disipara. —Esto no ha terminado… —susurró. El viento sopló entre los árboles, arrastrando consigo un murmullo casi imperceptible. Aldren se quedó inmóvil; había algo en ese sonido, algo… familiar. Pero cuando intentó enfocarse en ello, desapareció. Como siempre. Esa noche, el sueño volvió. Pero esta vez… fue diferente. Aldren estaba de pie en un lugar que no reconocía, no era Arandor; no completamente. El cielo no era cielo, era… algo más. Se extendía en todas direcciones, como una inmensidad viva, pulsante, llena de luces suaves que se movían lentamente, como si respiraran. El aire era cálido y silencioso, demasiado silencioso. Frente a él, un sendero de flores luminosas se abría paso entre la oscuridad, guiándolo hacia un punto lejano. Aldren comenzó a caminar, no sabía por qué; pero algo dentro de él… lo llamaba. Cada paso se sentía ligero, como si el mundo no tuviera peso. Como si no perteneciera del todo a ese lugar. Y entonces… la vio, a lo lejos sentada en un columpio que colgaba de las ramas de un árbol gigantesco. Su figura era tenue, rodeada por una luz suave que parecía formar parte de ella. El tiempo se detuvo, Aldren dejó de respirar. No, no podía ser. Su mente se negó a aceptarlo; su corazón, en cambio… ya lo sabía. Dio un paso adelante, luego otro; pero la distancia no cambiaba. Era como si el espacio mismo se resistiera. —Ly… —intentó decir su nombre, pero su voz no salió. La figura no se movió, no lo miró. Solo permanecía allí, balanceándose suavemente, como si el tiempo no existiera, como si estuviera esperando. Aldren sintió algo romperse dentro de él. Dolor, esperanza, miedo; todo al mismo tiempo. Intentó avanzar de nuevo, con más fuerza, con más desesperación; pero el mundo comenzó a desvanecerse. —No… —esta vez su voz sí salió, quebrada. La luz comenzó a apagarse, el árbol, el columpio, la figura; todo se deshacía como polvo. —¡No! Y entonces… oscuridad. Aldren despertó de golpe, su respiración era agitada, el sudor frío recorría su piel, sus manos temblaban. Pero no era miedo, era otra cosa; algo que no había sentido desde hacía mucho tiempo. Se incorporó lentamente, pasando una mano por su rostro. El cuarto estaba en silencio, todo estaba igual; sin embargo… nada lo estaba. Aldren miró hacia la ventana, donde la luz tenue del amanecer comenzaba a filtrarse. Su corazón aún latía con fuerza, pero ya no era por el dolor, era por la duda. Cerró los ojos un instante. Y la imagen volvió, el árbol, el columpio, la figura. No había hablado, no se había movido pero había estado allí. Eso no había sido un recuerdo, ni un sueño común. Aldren lo sabía, lo sentía en lo más profundo de su ser. Se levantó lentamente, algo estaba cambiando; algo que no entendía pero que no podía ignorar. Y por primera vez desde el eclipse Aldren no sintió solo pérdida, sintió… una posibilidad. Leve, frágil, pero real. Y eso… Lo cambiaba todo.
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