Capítulo III - Donde La Luz No Muere

1161 Words
El amanecer no llegó con luz, Llegó con ceniza. Una neblina gris se extendía sobre Arandor, filtrando el sol hasta convertirlo en una sombra pálida. Desde la ventana, Aldren observó cómo la ciudad despertaba bajo ese cielo apagado: figuras que se movían lentamente, puertas que se abrían, humo elevándose en espirales torcidas. Todo seguía en marcha, pero no había vida en ello. Apretó los dedos contra el marco de piedra. El frío se filtró en su piel, anclándolo por un instante al presente, no había dormido, otra vez. Cerró los ojos, y la imagen volvió sin pedir permiso, el árbol, el columpio, la figura. Esta vez no había sido un simple reflejo, ni un recuerdo distorsionado. Había algo distinto en la forma en que la luz la rodeaba… en la manera en que el aire parecía sostenerla, como si ese lugar la necesitara. Aldren abrió los ojos con brusquedad. —No —murmuró. Su voz sonó seca, ajena. Se apartó de la ventana y tomó su capa, el peso de la tela sobre sus hombros le resultó más reconfortante de lo que debería. Necesitaba moverse, hacer algo, cualquier cosa que le impidiera quedarse quieto con esos pensamientos. El pasillo estaba vacío, sus pasos resonaron contra la piedra, marcando un ritmo constante, casi mecánico. Cada giro, cada escalón descendido, lo llevaba más lejos del silencio de su habitación… y más cerca del murmullo del mundo. Pero no era suficiente, nunca lo era. Cuando salió al exterior, el aire lo golpeó con un frío húmedo. No era el frío limpio del amanecer, sino uno más denso, que se adhería a la piel como una advertencia. Aldren avanzó sin rumbo fijo, no necesitaba uno, su cuerpo ya había tomado la decisión por él. El bosque comenzaba donde la ciudad terminaba, no había transición, solo piedra y luego raíces. Los árboles se alzaban altos, inmóviles, sus hojas apenas susurrando entre sí. El suelo estaba cubierto por una capa de humedad que amortiguaba los pasos, volviendo cada movimiento más silencioso, más… contenido. Aldren se adentró sin detenerse, algo lo guiaba. No era un pensamiento, no era lógica, era una presión leve, constante, en el centro de su pecho. Como si una cuerda invisible tirara de él, marcando una dirección que no podía ver… pero que no podía ignorar. Se detuvo de golpe, el aire cambió, no fue un sonido; fue una sensación. El mundo se tensó, Aldren alzó la mirada lentamente; frente a él, entre los árboles, algo se movía, no una forma clara, no una figura definida. Era más bien una distorsión, como si el espacio se doblara sobre sí mismo por un instante y luego intentara recomponerse. El pulso de la magia atravesó su cuerpo, fuerte, inestable, Aldren extendió la mano sin pensarlo. La energía respondió de inmediato, encendiéndose entre sus dedos con un brillo azul que crepitaba de forma irregular. Demasiado irregular. —Sal —ordenó, su voz baja, firme. El bosque no respondió, pero la distorsión sí. Se contrajo, como si lo hubiera escuchado, como si lo reconociera. Aldren dio un paso adelante, la luz en su mano vibró con más fuerza, proyectando sombras que no coincidían con los árboles. Algo estaba mal, muy mal. Y entonces… un susurro, no vino del aire, no vino del bosque; vino de dentro. Aldren se tensó. Giró bruscamente, buscando el origen, pero no había nada, solo árboles, solo silencio, solo ese eco. —… —intentó enfocarse. El sonido volvió, más claro, más cercano; pero aún imposible de entender. No eran palabras, no del todo. Era una intención, una presencia rozando su mente como si intentara… atravesarla. La luz en su mano se descontroló, un destello más fuerte iluminó el bosque, y por un segundo — La vio. Entre los árboles, inmóvil, observándolo. Su silueta era apenas una forma de luz, tenue, como si no perteneciera del todo a ese lugar, Aldren dejó de respirar; no se movió; no habló, solo miró. Y entonces, la figura retrocedió, no caminó, no giró. Simplemente… se desvaneció entre la niebla. La luz en la mano de Aldren se apagó de golpe. El bosque volvió a su estado normal, pero él no; su pecho subía y bajaba con dificultad, sus dedos temblaban levemente; no de miedo, de certeza. Dio un paso adelante, luego otro. Pero ya no había nada, ni rastro, ni magia, ni presencia. Nada, y sin embargo se llevó una mano al pecho. Ahí estaba, esa sensación; más fuerte ahora, más real. Como si algo hubiera cruzado una línea invisible, como si el mundo… ya no pudiera ocultarlo. Esa noche, no luchó contra el sueño, lo esperó. Se sentó en el borde de la cama, las manos entrelazadas, la mirada fija en la oscuridad. Cada segundo se alargaba, cargado de una tensión que no sabía cómo soltar. Cuando cerró los ojos… cayó, no hubo transición, no hubo resistencia. El bosque lo recibió pero no era el mismo. Las flores brillaban con más intensidad, el aire vibraba, el cielo respiraba. Aldren avanzó sin detenerse, ya no dudaba, ya no cuestionaba. Sabía a dónde iba; el claro, el árbol, el columpio. Y esta vez… no estaba vacío. La figura estaba allí, sentada balanceándose suavemente. La luz que la rodeaba era más fuerte, más definida. No cegadora… pero imposible de ignorar. Aldren sintió cómo algo dentro de él se quebraba. Un paso, la distancia no cambió. Otro paso, nada; el mundo lo mantenía lejos. Pero esta vez… ella se movió, muy levemente. El columpio se detuvo, el aire se tensó. Y giró levemente el rostro, no lo suficiente para verla con claridad; pero sí lo suficiente para saber que era ella. Aldren sintió el golpe en el pecho. —Lyrianne —su voz salió apenas como un suspiro. El mundo comenzó a deshacerse, más rápido que antes, más violento. La luz se fragmentó, el árbol se desvaneció, el suelo desapareció bajo sus pies. Pero esta vez no apartó la mirada, aunque todo se rompiera, aunque no pudiera alcanzarla. Se quedó hasta el último instante. Despertó con el nombre en la garganta. No lo dijo, no pudo; pero estaba ahí. Ardiendo, vivo. Se incorporó lentamente, el pulso aún acelerado, la habitación estaba en silencio; pero él no. Se levantó, cruzó el espacio y abrió la ventana. El aire frío entró de golpe, despejando apenas el torbellino en su mente; miró hacia el horizonte. El cielo comenzaba a aclararse, pero ya no le parecía vacío. Aldren apoyó ambas manos en el marco, sus nudillos se tensaron, respiró hondo. Lento, controlado, pero sus ojos no reflejaban calma; reflejaban decisión. Porque ahora lo sabía; no con palabras, no con lógica. Pero lo sabía. Eso no era un sueño, nunca lo fue. Y lo que fuera que estaba ocurriendo no iba a detenerse. Aldren entrecerró los ojos, el viento movió su cabello. Y por primera vez desde el eclipse no sintió solo pérdida, sintió dirección. Algo lo estaba llamando. Y esta vez… iba a responder.
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