El Sello del Deseo

1597 Words
El eco del encuentro en el callejón seguía reverberando en el cuerpo de Ismeiry mientras conducía su descapotable por las calles iluminadas de la ciudad. El moretón en su muslo palpitaba bajo la tela de su vestido, un recordatorio de Alejandro que la hacía apretar el volante con más fuerza. No era solo el dolor físico lo que la mantenía despierta; era la forma en que él la había mirado, como si pudiera desarmarla con una sola palabra. Nadie la había hecho sentir así: expuesta, deseada, y al mismo tiempo, insignificante. Quería más. Estacionó frente a su mansión, una monstruosidad de cristal y acero que sus padres habían comprado para ella como regalo de graduación. La casa estaba vacía, como siempre. Sus padres, ocupados con sus negocios inmobiliarios, apenas pasaban por la ciudad. Ismeiry no los necesitaba; el dinero que le daban era suficiente para mantener su vida de excesos. Pero esa noche, la soledad de la casa se sentía más pesada. Se sirvió un vaso de vodka puro y se dejó caer en el sofá de cuero blanco, revisando su teléfono. Mensajes de seguidores, invitaciones a fiestas, un texto de Stefany: —Ismeiry, en serio, ¿qué fue eso con el tipo del club? Ten cuidado. Ella puso los ojos en blanco y dejó el teléfono a un lado. Stefany siempre había sido la voz de la conciencia que Ismeiry ignoraba. No necesitaba sermones; necesitaba acción, algo que la sacara del aburrimiento que la perseguía como una sombra. El timbre sonó, sorprendiéndola. No esperaba a nadie. Caminó descalza hacia la puerta, el suelo de mármol frío bajo sus pies. Al abrir, se encontró con Alejandro, apoyado en el marco, con una camisa negra que parecía moldeada a su cuerpo y una expresión que oscilaba entre diversión y peligro. —¿Cómo sabes dónde vivo? —preguntó Ismeiry, cruzándose de brazos para ocultar el temblor en sus manos. —Eres Ismeiry Valdez. No es exactamente un secreto —respondió él, entrando sin esperar invitación. Cerró la puerta tras de sí, el sonido resonando en el vestíbulo vacío. Ella lo siguió, consciente de cada paso que él daba, como si estuviera marcando territorio. —¿Qué quieres, Torres? Pensé que habías dejado claro que lo del callejón no significaba nada. Alejandro se giró, su mirada recorriéndola de pies a cabeza. —No significa nada. Pero no puedo dejar de pensar en cómo gemiste cuando te toqué. Las palabras la golpearon como un latigazo, encendiendo algo en su interior. Dio un paso hacia él, desafiante. —Si no significa nada, ¿por qué estás aquí? Él no respondió de inmediato. En cambio, acortó la distancia entre ellos, su mano encontrando su cintura con una fuerza que la hizo retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared del salón. El vodka en su mano se derramó, el vaso cayendo al suelo con un estruendo. —No juegues conmigo, Ismeiry —dijo, su voz baja, casi un gruñido. Sus dedos se clavaron en su cadera, justo donde el moretón del callejón aún dolía. —Esto es un error, pero no puedo evitarlo. Ella rió, aunque su corazón latía desbocado. —Entonces comete el error, Alejandro. No necesitó decir más. Él la levantó con una facilidad que la hizo jadear, sus piernas envolviéndose instintivamente alrededor de su cintura. La llevó hasta la mesa de comedor de cristal, sentándola en el borde con un movimiento brusco. Sus manos subieron por sus muslos, rasgando la tela de su vestido como si fuera papel. Ismeiry no protestó; el sonido del tejido rompiéndose solo avivó el fuego en su pecho. —Tienes una boca que pide problemas, —murmuró él, mordiendo su labio inferior con tanta fuerza que ella sintió el sabor metálico de la sangre. —Y tú tienes manos que saben darlos, —replicó ella, tirando de su camisa hasta que los botones saltaron. Lo que siguió fue una danza salvaje, diferente al encuentro rápido y crudo del callejón. Aquí, en la privacidad de su mansión, Alejandro era más deliberado, más cruel en su precisión. Sus manos no solo la tocaban; la marcaban, dejando huellas rojas en sus muñecas, su cuello, sus caderas. La giró, presionándola contra la mesa, el cristal frío contra su pecho mientras él se inclinaba sobre ella, sus dientes rozando su hombro antes de morder con fuerza. Ismeiry gritó, no de dolor, sino de una euforia que la consumía. Cada embestida era un reclamo, cada moretón un sello de su presencia. Él no era gentil, y ella no quería que lo fuera. Cuando terminaron, ella estaba jadeando, el cuerpo cubierto de sudor y marcas. Alejandro se apartó, ajustándose la ropa con una calma que contrastaba con la intensidad de hacía momentos. La miró, tirada sobre la mesa, el vestido hecho jirones a su alrededor. —No te confundas, Ismeiry —dijo, su voz fría como el cristal bajo ella. —Esto es solo sexo. Ella se incorporó, ignorando el dolor en sus muñecas. —Sigue diciéndote eso, Torres. Pero volverás. Él no respondió, solo salió de la casa sin mirar atrás. Ismeiry se quedó allí, tocando el moretón fresco en su hombro, una sonrisa curvándose en sus labios. Por primera vez, sentía algo más allá del vacío. No era amor, no aún. Era obsesión. A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las cortinas de su habitación, arrancándola de un sueño inquieto. Se miró en el espejo del baño, examinando las marcas que Alejandro había dejado. Cada una era un trofeo, un recordatorio de que él había estado ahí, de que la había poseído de una forma que nadie más había logrado. Se puso una bata de seda y bajó a la cocina, donde Stefany ya estaba esperándola, sentada en la isla con una taza de café. —¿Qué demonios te pasó? —dijo Stefany, sus ojos abriéndose al ver los moretones en el cuello de Ismeiry. —Nada que no quisiera, —respondió Ismeiry, sirviéndose un jugo de naranja como si no hubiera pasado nada. —Ismeiry, esto no es normal, —insistió Stefany, dejando la taza con un golpe seco—. Ese tipo, Alejandro, no me gusta. Y esos moretones… ¿qué carajos te está haciendo? —Relájate, Stef —dijo Ismeiry, sentándose frente a ella. —Solo es diversión. No es como si estuviera enamorada. Pero incluso mientras lo decía, sentía una punzada en el pecho. No era amor, se repetía. Era el sexo, la intensidad, la forma en que Alejandro la hacía sentir viva. Pero una parte de ella, una parte que odiaba admitir, quería más que eso. —No eres así, Ismeiry —dijo Stefany, su voz suavizándose. —Sé que te gusta jugar, pero esto… esto se siente diferente. Y peligroso. Ismeiry rió, aunque no llegó a sus ojos. —¿Peligroso? Por favor. Soy yo quien está en control. Stefany la miró, claramente no convencida. —Solo ten cuidado, ¿sí? No quiero verte rota por un tipo que claramente no te respeta. Ismeiry no respondió. En cambio, cambió de tema. —¿Y tú? ¿Qué pasa con Jake? Lo vi mirándote anoche como si quisiera comerte viva. Stefany suspiró, jugueteando con su taza. —Jake es… complicado. Es dulce, pero a veces es demasiado intenso. Y luego está Eduardo, que no para de enviarme mensajes. Ismeiry arqueó una ceja. —¿Eduardo? ¿El abogado amigo de Alejandro? Vaya, Stef, no pierdes el tiempo. —No es eso, —protestó Stefany, ruborizándose—. Solo… no sé. Eduardo es diferente. Más estable, supongo. Pero Jake… él me gusta, aunque me saque de quicio. —Suena como un desastre divertido, —dijo Ismeiry, sonriendo. —Tal vez deberías probarlos a los dos y decidir después. Stefany puso los ojos en blanco. —No todas somos como tú, Ismeiry. La conversación fue interrumpida por el sonido del teléfono de Ismeiry. Un mensaje de un número desconocido: “No puedo dejar de pensar en anoche. Pero esto no cambia nada. —A.” Ella sintió un calor subirle por el pecho. Guardó el teléfono antes de que Stefany pudiera verlo, pero su amiga notó el cambio en su expresión. —¿Quién era? —preguntó Stefany, entrecerrando los ojos. —Nadie importante —mintió Ismeiry, levantándose—. Voy a ducharme. Nos vemos luego. Subió las escaleras, su mente dando vueltas. Alejandro podía decir que no significaba nada, pero ella sabía que estaba tan atrapado como ella. Y si no lo estaba aún, lo estaría. Ismeiry Valdez siempre conseguía lo que quería. Mientras tanto, en un apartamento al otro lado de la ciudad, Sofía Morales miraba su reflejo en el espejo de su baño. Había pasado la noche sola, otra vez, con Alejandro enviándole un mensaje vago sobre “trabajo tarde”. Pero algo en su voz, en la forma en que evitaba su mirada últimamente, la tenía intranquila. Se cepilló el cabello, tratando de ignorar la sensación de que algo se estaba rompiendo. —Alejandro, ¿dónde estás? —susurró para sí misma, mirando su teléfono. No había mensajes nuevos. En su oficina, Alejandro miraba por la ventana, el skyline de la ciudad extendiéndose ante él. Su mente debería estar en los contratos que tenía que revisar, pero todo lo que veía era a Ismeiry, su cuerpo contra la mesa, los sonidos que hacía cuando la tocaba. Sabía que estaba jugando con fuego, pero no podía parar. No quería parar. —Esto es solo sexo, —se dijo, apretando el puño. Pero incluso él sabía que estaba mintiendo.
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