La luz del mediodía se filtraba a través de los ventanales del estudio de arquitectura donde Sofía Morales revisaba planos con un lápiz entre los dientes. A sus 28 años, había construido una carrera sólida, su nombre asociado a diseños innovadores que adornaban la ciudad. Pero esa mañana, su mente no estaba en las líneas precisas de los edificios. Estaba en Alejandro, en las ausencias que se acumulaban como grietas en una fachada.
—Sofía, ¿estás con nosotros? —dijo Clara, su socia, desde el otro lado de la mesa de conferencias. Un cliente esperaba su opinión sobre un proyecto de condominios.
—Perdón, sí —respondió Sofía, forzando una sonrisa. Se enderezó, señalando el plano—Creo que deberíamos ajustar la orientación de las terrazas para maximizar la luz natural.
Clara asintió, pero su mirada era inquisitiva. Sofía sabía que no estaba engañando a nadie. Últimamente, llegaba tarde, olvidaba detalles, y sus ojeras eran más notorias. Todo porque Alejandro, el hombre con el que había planeado un futuro, se sentía cada vez más como un extraño.
La noche anterior, él había llegado a casa pasadas las dos de la mañana, con el aroma de whisky y algo más que Sofía no pudo identificar. Cuando le preguntó, él murmuró algo sobre una reunión con inversores y se metió a la ducha sin mirarla. Sofía se quedó en la cama, mirando el techo, con un nudo en el estómago.
—¿Quieres almorzar juntas? —preguntó Clara cuando el cliente se fue.
—No, tengo que terminar unas cosas —mintió Sofía, recogiendo sus papeles. —Nos vemos luego.
Salió del estudio y caminó hacia un café cercano, buscando un momento de calma. Sentada en una mesa junto a la ventana, pidió un latte y sacó su teléfono. Dudó antes de escribirle a Alejandro:
—¿Todo bien? Anoche llegaste tarde otra vez.
El mensaje quedó en “enviado” durante minutos que se sintieron eternos. Finalmente, él respondió:
—Todo bien, Sof. Trabajo. Te amo.
Las palabras deberían haberla tranquilizado, pero solo aumentaron su inquietud. “Te amo” sonaba mecánico, como una frase aprendida. Sofía dejó el teléfono boca abajo, tratando de ignorar la voz en su cabeza que le decía que algo estaba mal.
A pocas calles de allí, Ismeiry estaba en un gimnasio privado, corriendo en una cinta con auriculares que reproducían música electrónica a todo volumen. El sudor le caía por la frente, pero no era el ejercicio lo que la tenía acelerada. Era Alejandro. Su mensaje de la mañana seguía dando vueltas en su mente: “No cambia nada.” Pero ella sabía que sí cambiaba. Nadie la tocaba como él, nadie la hacía sentir ese vértigo que rozaba el peligro. Y ella no estaba dispuesta a dejarlo ir.
Se detuvo, jadeando, y se miró en el espejo del gimnasio. Los moretones en su cuello y muñecas, apenas cubiertos por un top deportivo, eran visibles bajo la luz fluorescente. Los tocó, sintiendo un pinchazo de placer mezclado con dolor. Cada marca era una prueba de que Alejandro había estado allí, de que la había reclamado, aunque dijera que no significaba nada.
—Vaya, alguien tuvo una noche movida —dijo una voz detrás de ella. Era Jake Méndez, el fotógrafo que salía con Stefany, limpiándose el sudor con una toalla. Su sonrisa era juguetona, pero sus ojos se detuvieron en los moretones.
—No es de tu incumbencia, Méndez —respondió Ismeiry, quitándose los auriculares. —¿Qué haces aquí? ¿Siguiendo a Stefany como un cachorro?
Jake rió, acercándose. —Stef está en una sesión de fotos. Yo solo vengo a mantenerme en forma para ella. Pero tú… ¿quién te dejó esas marcas? No parece el estilo de Antoni.
Ismeiry arqueó una ceja, divertida por su curiosidad. Jake era atractivo, con cabello desordenado y un cuerpo definido que no escondía bajo su camiseta sin mangas. Había química entre ellos, siempre la había habido, pero Ismeiry lo veía como un juguete de Stefany, no como un objetivo serio.
—Digamos que fue alguien que sabe lo que hace —dijo, inclinándose ligeramente para tomar su botella de agua, dejando que Jake tuviera una vista clara de su escote.
Él tragó saliva, claramente afectado. —Eres un peligro, Valdez.
—Y tú estás con mi mejor amiga —replicó ella, pero su tono era más provocador que acusador. —Aunque no parece que te importe mucho.
Jake se tensó, pero no retrocedió. —Stef y yo tenemos nuestros problemas, pero no estoy buscando complicarme más.
—Qué aburrido —dijo Ismeiry, dándole una palmada en el hombro antes de alejarse hacia las duchas. Pero mientras caminaba, una idea se formó en su cabeza. Jake podía ser útil, no como amante, sino como una forma de acercarse a Alejandro. Si Stefany estaba cerca de Eduardo, el amigo de Alejandro, tal vez podría manipular las cosas para cruzarse con él de nuevo.
Esa noche, Ismeiry se preparó para una fiesta en la azotea de un hotel de lujo, organizada por un diseñador amigo suyo. Se puso un vestido rojo con una abertura hasta el muslo, dejando los moretones a la vista como si fueran joyas. Quería que Alejandro la viera, que recordara lo que habían compartido. Sabía que él estaría allí; Eduardo lo había mencionado en un comentario casual a Stefany, y Stefany, sin querer, se lo había pasado a ella.
En la fiesta, las luces de neón pintaban la azotea de colores vibrantes, y la música house resonaba en el aire. Ismeiry se movía entre los invitados, una copa de champán en la mano, saludando a conocidos con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Entonces lo vio: Alejandro, en un rincón, hablando con Eduardo. Llevaba un traje oscuro, la chaqueta desabotonada, y una expresión que decía que estaba allí por obligación.
Ismeiry se acercó, ignorando a la multitud. Eduardo la vio primero, frunciendo el ceño.
—Ismeiry, qué sorpresa —dijo Eduardo, su tono educado pero frío. Era un hombre de 29 años, serio, con una barba bien recortada y una mirada que parecía leer a las personas.
—Eduardo, siempre un placer —respondió ella, antes de girarse hacia Alejandro. —Torres, no esperaba verte aquí. ¿Sin tu sombra esta noche?
Alejandro la miró, sus ojos oscuros recorriendo los moretones en su cuello. Algo destelló en su expresión, algo entre deseo y enojo. —No tengo sombra, Valdez. Solo compromisos.
—Qué aburrido suena eso —dijo ella, dando un sorbo a su champán. —Pensé que eras más… libre.
Eduardo carraspeó, claramente incómodo. —Voy por una bebida. ¿Quieres algo, Ale?
—No, estoy bien, —respondió Alejandro, sin apartar la mirada de Ismeiry.
Cuando Eduardo se fue, el aire entre ellos se cargó de electricidad. Ismeiry dio un paso más cerca, dejando que su perfume lo envolviera. —Me debes una explicación, Torres. Ese mensaje tuyo fue muy… frío.
—No te debo nada —dijo él, su voz baja, casi un gruñido—. Y deberías cubrir esas marcas si no quieres que la gente hagas preguntas.
Ella rió, tocándose el cuello. —¿Cubrirlas? Son trofeos. Y sé que te gusta verlas.
Alejandro apretó la mandíbula, su mano moviéndose como si quisiera tocarla, pero se contuvo. —Estás jugando un juego peligroso, Ismeiry.
—Entonces juega conmigo, —susurró ella, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron los de él.
Él la agarró del brazo, no con suavidad, y la llevó a un rincón más oscuro de la azotea, lejos de las miradas. La empujó contra una pared de vidrio que daba al vacío, la ciudad extendiéndose bajo ellos como un mar de luces. Ismeiry sintió el frío del cristal contra su espalda, pero el calor de Alejandro la consumía.
—No tienes idea de lo que estás pidiendo, —dijo él, su mano subiendo por su muslo, encontrando la abertura del vestido. Sus dedos se clavaron en su piel, justo sobre un moretón antiguo, haciéndola jadear.
—Muéstrame, entonces, —replicó ella, tirando de su corbata para acercarlo.
Lo que siguió fue diferente a los encuentros anteriores. No había muebles, solo la pared de vidrio y la tensión de estar a la vista de cualquiera que mirara en su dirección. Alejandro la levantó, sus piernas envolviéndose alrededor de él mientras sus manos exploraban con una urgencia casi violenta. La besó como si quisiera castigarla, sus dientes marcando su labio, su lengua exigiendo todo de ella. Sus movimientos eran precisos, cada embestida un recordatorio de su control. Ismeiry se aferró a él, sus uñas clavándose en su espalda, dejando sus propias marcas. El riesgo de ser descubiertos solo intensificaba cada sensación, llevándola al borde de una euforia que la hizo gritar su nombre.
Cuando terminaron, él la bajó al suelo, su respiración entrecortada. Los moretones en sus muslos eran más oscuros ahora, y su vestido estaba arrugado. Alejandro se ajustó la corbata, su expresión cerrada.
—Esto tiene que parar, —dijo, pero su voz carecía de convicción.
—Sigue diciéndote eso, —respondió ella, alisando su vestido con una sonrisa. —Nos vemos pronto, Torres.
Se alejó, dejándolo allí, pero su corazón latía con una mezcla de triunfo y algo más profundo, algo que no quería nombrar.
Mientras tanto, en el apartamento que compartía con Alejandro, Sofía encontró una camisa en el cesto de la ropa sucia. Olía a perfume, un aroma dulce y caro que no era el suyo. Se quedó mirándola, el nudo en su estómago apretándose. No quería creerlo, pero las piezas empezaban a encajar.
—¿Qué estás escondiendo, Alejandro? —susurró, dejando caer la camisa como si quemara.