El eco de la fiesta en la azotea aún resonaba en los oídos de Ismeiry mientras se deslizaba en la parte trasera de un taxi, el vestido rojo arrugado y el cuerpo palpitante por los nuevos moretones que Alejandro había dejado. La ciudad pasaba en un borrón de luces, pero su mente estaba fija en él: la forma en que sus manos la habían inmovilizado contra el vidrio, la furia en sus ojos mezclada con un deseo que no podía ocultar. “Esto tiene que parar,” había dicho. Pero ella sabía que no lo haría. No mientras ambos estuvieran atrapados en esa danza de poder y placer.
—Lléveme a Las Colinas, 23 —dijo al conductor, recostándose en el asiento. Sacó su teléfono y revisó los mensajes. Uno de Stefany:
—¿Dónde te metiste? Te vi hablando con ese tal Alejandro y luego desapareciste.
Ismeiry ignoró el mensaje. No estaba de humor para las advertencias de Stefany. En cambio, abrió la galería de fotos y encontró una selfi que había tomado antes de la fiesta, los moretones en su cuello apenas visibles bajo el maquillaje. Sonrió, tocándose el cuello donde ahora había marcas frescas. Cada una era una victoria, un paso más cerca de tener a Alejandro, aunque él insistiera en negarlo.
El taxi se detuvo frente a su mansión. Pagó con un billete arrugado y entró, dejando caer los tacones en el vestíbulo. La casa estaba en silencio, pero esta vez no le pesó. Subió a su habitación, se quitó el vestido y se miró en el espejo de cuerpo entero. Los moretones en sus muslos y brazos eran un mapa de la noche, cada uno contando una historia de dominio y rendición. Se metió a la ducha, el agua caliente quemando su piel sensible, pero no podía dejar de pensar en él. Quería más, no solo su cuerpo, sino su atención, su obsesión. Quería que él sintiera el mismo vacío que ella cuando no estaban juntos.
A la mañana siguiente, Alejandro estaba en su oficina, mirando una pantalla llena de gráficos financieros sin realmente verlos. Su mente estaba en Ismeiry, en la forma en que se había entregado contra el vidrio de la azotea, en los sonidos que hacía cuando la empujaba al límite. Odiaba lo que ella despertaba en él: una parte oscura, incontrolable, que amenazaba con destruir todo lo que había construido con Sofía.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Eduardo entró, con una carpeta en la mano y una expresión que no dejaba lugar a dudas: estaba molesto.
—Tenemos que hablar, Ale —dijo, cerrando la puerta tras de sí. Se sentó frente al escritorio, dejando la carpeta sin abrir. —Anoche en la fiesta, ¿qué carajos fue eso con Ismeiry Valdez?
Alejandro se recostó en su silla, fingiendo calma. —No sé de qué hablas.
—No me jodas, —replicó Eduardo, inclinándose hacia adelante. —Te vi llevártela a un rincón como si no hubiera cien personas alrededor. ¿Qué estás haciendo, hombre? Tienes a Sofía esperándote en casa, y estás jugando con una mujer que todos saben que es un desastre.
Alejandro apretó los puños bajo el escritorio. —No estoy jugando. Es… complicado.
—Complicado, mi culo —dijo Eduardo, su voz subiendo de tono. —Ismeiry es como un incendio forestal. Si no paras esto ahora, vas a quemar todo lo que tienes. Incluyendo a Sofía.
El nombre de Sofía fue como un puñetazo. Alejandro cerró los ojos, recordando la camisa que había dejado en el cesto de la ropa, impregnada del perfume de Ismeiry. Había sido descuidado, y sabía que Sofía no era estúpida. Pero cada vez que intentaba alejarse de Ismeiry, algo lo arrastraba de vuelta: su audacia, su entrega, la forma en que lo desafiaba a perder el control.
—No necesito un sermón, Eduardo —dijo, su voz fría. —Puedo manejar esto.
Eduardo lo miró, decepcionado. —Espero que sí. Porque si Sofía se entera, no seré yo quien recoja los pedazos.
Salió de la oficina, dejando a Alejandro solo con su culpa. Sacó su teléfono y escribió un mensaje a Ismeiry.
“No más. Esto se acaba aquí.”
Lo envió antes de que pudiera arrepentirse, pero incluso mientras lo hacía, sabía que no sería tan fácil.
Ismeiry estaba en un brunch con Stefany y un grupo de influencers en un restaurante de moda, con mesas al aire libre y camareros que servían mimosas sin parar. Llevaba un top de cuello alto para cubrir los moretones, pero su sonrisa era tan brillante como siempre, ocultando la tormenta en su interior. El mensaje de Alejandro había llegado hacía una hora, y cada palabra era como una bofetada: “No más.” Pero ella no era de las que se rendían.
—¿Estás bien? —preguntó Stefany, sentada a su lado, con una ensalada de quinoa frente a ella. —Has estado callada toda la mañana.
—Perfecta, —mintió Ismeiry, dando un sorbo a su mimosa—. Solo pensando en mi próximo movimiento.
Stefany frunció el ceño. —Si ese movimiento tiene que ver con Alejandro Torres, déjame decirte que es una pésima idea. Jake me contó que Eduardo está furioso con él por lo de anoche.
Ismeiry arqueó una ceja, interesada. —¿Jake? ¿Desde cuándo es tu espía personal?
—No es eso, —dijo Stefany, ruborizándose. —Solo… hablamos. Y Eduardo es su amigo, así que sabe cosas.
—Qué conveniente. —respondió Ismeiry, su tono cargado de sarcasmo. —Tal vez deberías decidir si quieres a Jake o a Eduardo antes de meterte en mi vida.
Stefany se tensó, claramente herida. —Solo intento cuidarte, Ismeiry. Pero si quieres ignorarme, adelante.
La conversación murió, y el resto del brunch pasó en un intercambio superficial de risas y fotos para i********:. Pero Ismeiry ya estaba planeando. Si Alejandro pensaba que podía deshacerse de ella con un mensaje, estaba muy equivocado. Necesitaba verlo, romper esa fachada de control que él mantenía con tanto cuidado.
Esa noche, Ismeiry rastreó a Alejandro hasta un bar exclusivo donde sabía que él solía cerrar tratos. Se puso un vestido plateado que brillaba como mercurio líquido, con un escote profundo y una abertura que dejaba poco a la imaginación. Los moretones estaban cubiertos con maquillaje, pero ella sabía que él los buscaría, que los recordaría.
Entró al bar con la cabeza en alto, ignorando las miradas de los hombres en trajes caros. Alejandro estaba en una mesa al fondo, con un cliente que gesticulaba animadamente. Sus ojos se encontraron, y por un segundo, ella vio el destello de deseo antes de que él lo ocultara tras una máscara de indiferencia.
Se acercó, deteniéndose junto a la mesa. —Torres, qué casualidad, —dijo, su voz melosa—. No esperaba verte aquí.
El cliente, un hombre mayor con un Rolex reluciente, sonrió. —¿Una amiga tuya, Alejandro?
—Algo por el estilo —respondió él, su tono cortante. —Ismeiry, estoy ocupado.
—Oh, no quiero interrumpir —dijo ella, inclinándose ligeramente para que él tuviera una vista clara de su escote. —Solo quería saludar. Nos vemos luego.
Se alejó hacia la barra, sabiendo que él la seguiría. Pidió un martini y esperó, sintiendo su presencia antes de verlo. Alejandro se detuvo a su lado, su mano rozando su espalda con una presión que la hizo estremecerse.
—¿Qué parte de “no más” no entendiste? —dijo, su voz baja y peligrosa.
—Todas —respondió ella, girándose para enfrentarlo—. No me digas que no quieres esto, Alejandro. Puedo verlo en tus ojos.
Él la miró, su mandíbula tensa. —Estás buscando problemas, Valdez.
—Entonces dámelos, —susurró ella, acercándose hasta que sus labios casi se tocaron.
Alejandro la agarró del brazo y la llevó a un pasillo trasero, lejos de las luces del bar. La empujó contra una puerta cerrada, el pomo clavándose en su espalda. Esta vez, no había preliminares, solo una urgencia cruda que los consumía a ambos. Él arrancó el vestido de su hombro, exponiendo los moretones que ella había cubierto, y los besó con una mezcla de reverencia y castigo. Sus manos bajaron, levantándola contra la puerta, sus dedos clavándose en sus muslos con tanta fuerza que ella supo que dejarían nuevas marcas.
—No puedes resistirte, ¿verdad? —jadeó Ismeiry, tirando de su cabello mientras él la tomaba con una ferocidad que la hacía temblar.
—Cállate, —gruñó él, mordiendo su clavícula hasta que ella gritó.
El encuentro fue rápido, brutal, diferente a los anteriores por su desesperación. La puerta crujía con cada movimiento, y el riesgo de ser descubiertos solo alimentaba la intensidad. Cuando terminaron, ella estaba temblando, apoyada contra la puerta, mientras él se ajustaba la camisa con manos inestables.
—Esto fue la última vez, —dijo Alejandro, pero su voz era un susurro roto.
—Sigue soñando, —respondió ella, alisando su vestido con una sonrisa triunfal.
Él se fue sin otra palabra, dejándola en el pasillo. Ismeiry se tocó el muslo, sintiendo el dolor fresco de un nuevo moretón. Pero esta vez, también sintió una punzada de algo más: una necesidad que iba más allá del sexo, una obsesión que la asustaba y la excitaba a partes iguales.
En casa, Sofía estaba en el sofá, con una copa de vino en la mano y el teléfono en la otra. Había encontrado un recibo en el bolsillo de la chaqueta de Alejandro, de un bar donde no habían ido juntos. No era prueba de nada, pero sumado al perfume en la camisa, era suficiente para que su corazón se apretara.
—Alejandro, ¿qué estás haciendo? —murmuró, mirando una foto de ellos en su teléfono, tomada en un viaje a la playa el año pasado. Parecían felices entonces. Ahora, todo se sentía como una mentira.