Ismeiry despertó con el sol quemándole los ojos a través de las cortinas mal cerradas. Su cuerpo estaba rígido, los moretones de la noche anterior palpitando como un recordatorio constante de Alejandro. Se estiró en la cama, las sábanas de satén deslizándose por su piel, y sonrió al recordar el encuentro en el pasillo del bar: la furia en sus movimientos, la forma en que había intentado convencerse a sí mismo de que era la última vez. Era un mentiroso, y ella lo sabía. Pero también sabía que estaba ganando terreno. Cada marca que dejaba en ella era una grieta en su armadura.
Se levantó, ignorando el dolor en sus muslos, y se puso una bata de seda negra. Bajó a la cocina, donde el aroma del café recién hecho llenaba el aire. No estaba sola. Stefany estaba allí, apoyada en la encimera, con una expresión que era mitad preocupación, mitad enojo.
—¿Otra vez aquí sin avisar? —dijo Ismeiry, sirviéndose una taza de café. —Empiezo a pensar que te mudaste.
—No me cambies el tema, —replicó Stefany, cruzándose de brazos. Su cabello rubio estaba recogido en un moño desordenado, y sus ojos verdes la taladraban. —Anoche te vi salir del bar con Alejandro. ¿Qué demonios estás haciendo, Ismeiry?
Ismeiry dio un sorbo al café, encogiéndose de hombros. —Divirtiéndome. ¿Cuál es el problema?
—El problema es que estás jugando con fuego —dijo Stefany, alzando la voz. —Ese tipo tiene pareja, y tú estás actuando como si no te importara destruir todo a tu paso.
—No estoy destruyendo nada, —respondió Ismeiry, su tono afilado. —Alejandro es un adulto. Si está conmigo, es porque quiere. Y créeme, quiere.
Stefany la miró, incrédula. —No te reconozco, Ismeiry. Siempre has sido… libre, pero esto es diferente. Estás obsesionada. Y esos moretones… —Señaló el cuello de Ismeiry, donde una marca oscura asomaba bajo la bata, —Eso no es normal.
Ismeiry rió, pero era una risa hueca. —No todos queremos sexo vainilla, Stef. Algunos preferimos algo con… mordida.
—No es gracioso, —dijo Stefany, acercándose. —Me preocupas. Esto no es solo sexo. Estás perdiendo el control.
Por un momento, Ismeiry sintió una punzada de vulnerabilidad. Stefany tenía razón en una cosa: Alejandro la hacía sentir fuera de control, y eso la aterrorizaba tanto como la excitaba. Pero no estaba lista para admitirlo, ni ante Stefany ni ante sí misma.
—Relájate, mamá, —dijo, forzando una sonrisa. —Todo está bajo control. Ahora, cuéntame, ¿qué pasa con Jake y Eduardo? Porque no soy la única con dramas.
Stefany suspiró, dejándose caer en una silla. —No sé. Jake está raro últimamente, celoso todo el tiempo. Y Eduardo… él es dulce, pero no quiero complicar las cosas. No soy como tú, Ismeiry. No puedo jugar con dos personas a la vez.
—Qué lástima, —dijo Ismeiry, guiñándole un ojo. —Podrías aprender un par de cosas de mí.
Stefany puso los ojos en blanco, pero la tensión entre ellas se suavizó. Hablaron un rato más, pero Ismeiry apenas escuchaba. Su mente estaba en Alejandro, en cómo hacerlo caer, en cómo convertir su “no más” en un “no puedo parar”.
En la oficina de Alejandro, el ambiente era opresivo. Había pasado la mañana en reuniones, pero su concentración estaba destrozada. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Ismeiry contra la puerta del bar, su vestido plateado deslizándose por sus hombros, sus gemidos resonando en el pasillo. Odiaba lo que ella hacía con él: lo convertía en alguien que no reconocía, alguien que traicionaba a Sofía sin pestañear.
Su teléfono vibró, sacándolo de sus pensamientos. Era un mensaje de Sofía:
—¿Cena esta noche? Hace tiempo que no pasamos un rato juntos.
Alejandro sintió una punzada de culpa. Sofía no se merecía esto. Era inteligente, hermosa, la mujer con la que había imaginado un futuro. Pero cada vez que estaba con ella, sentía una inquietud que no podía explicar, una necesidad que solo Ismeiry parecía llenar.
—Claro, amor. A las 8 en el italiano que te gusta, —respondió, intentando sonar normal.
Guardó el teléfono y se pasó las manos por el cabello, frustrado. Necesitaba terminar con Ismeiry, pero cada intento solo lo hundía más. Era como una droga, y él era un adicto que no quería rehabilitarse.
Un golpe en la puerta lo interrumpió. Eduardo entró, con una expresión que decía que no venía a hablar de trabajo.
—¿Otra vez? —dijo Alejandro, anticipándose.
—No, hombre, esta vez es diferente, —respondió Eduardo, sentándose sin invitación. —Hablé con Jake anoche. Está convencido de que Stefany tiene algo con Ismeiry, o al menos que Ismeiry la está metiendo en problemas. Y si Jake está así, imagina cómo estará Sofía si se entera de lo tuyo.
Alejandro se tensó. —¿Jake sabe algo?
—No, pero no es estúpido —dijo Eduardo—. Y Sofía tampoco. Si sigues con Ismeiry, alguien va a hablar. Y no seré yo quien limpie el desastre.
Alejandro lo miró, su mandíbula apretada. —Ya te dije que lo tengo bajo control.
—Mientes fatal —replicó Eduardo, levantándose. —Haz lo que quieras, pero no digas que no te advertí.
Salió, dejando a Alejandro con un peso en el pecho. Sabía que Eduardo tenía razón, pero la idea de cortar con Ismeiry le provocaba una ansiedad que no podía ignorar. Era más que sexo; era la forma en que ella lo desafiaba, lo hacía sentir vivo de una manera que había olvidado.
Ismeiry pasó la tarde planeando su próximo movimiento. Sabía que Alejandro intentaría alejarse, pero también sabía que no podía resistirla. Decidió enviarle un mensaje, algo que lo sacara de su zona de confort.
“Pensé que eras más valiente, Torres. ¿Ya te rendiste?”
Adjuntó una foto de su muslo, donde un moretón reciente destacaba contra su piel. Sabía que lo provocaría, que lo haría enojar, pero también que lo atraería como una polilla a la llama.
La respuesta llegó minutos después:
“Para, Ismeiry. No sigas por ahí.”
Ella sonrió, sabiendo que ya lo tenía enganchado. Decidió subir la apuesta. Se enteró por Stefany que Alejandro estaría en un evento de networking esa noche, un cóctel en un salón privado de un hotel. No estaba invitada, pero eso nunca la había detenido.
Se puso un vestido n***o de encaje, translúcido en los lugares correctos, y se maquilló con un rojo intenso en los labios. Los moretones estaban cubiertos, pero dejó uno visible en su clavícula, como una provocación silenciosa. Llegó al hotel, usando su encanto para colarse en el evento, y lo encontró de inmediato: Alejandro, en un traje impecable, hablando con un grupo de empresarios. Sus ojos se encontraron, y ella vio el conflicto en su mirada: enojo, deseo, resignación.
Se acercó, ignorando a los demás. —Torres, qué pequeño es el mundo —dijo, su voz baja y seductora.
—Ismeiry, no es el momento, —respondió él, su tono cortante, pero con un temblor que solo ella notó.
—Siempre es el momento, —replicó ella, rozando su brazo con los dedos. —A menos que tengas miedo.
Los empresarios los miraron, incómodos, pero Ismeiry no se inmutó. Alejandro la tomó del codo y la llevó a un pasillo adyacente, lejos de las miradas. La empujó contra la pared, su cuerpo tan cerca que ella podía sentir su calor.
—¿Qué quieres de mí? —dijo, su voz un gruñido—. Te dije que se acabó.
—Mientes —susurró ella, deslizando una mano por su pecho. —Quieres esto tanto como yo.
Él cerró los ojos, como si luchara consigo mismo. Luego, la besó con una violencia que la dejó sin aliento. Sus manos subieron por sus muslos, rasgando el encaje del vestido, pero esta vez fue diferente: más lento, más tortuoso. La llevó a una sala de conferencias vacía, cerrando la puerta tras ellos. La sentó en la mesa de roble, sus manos explorando con una precisión que la hacía temblar. No era solo dominio; era una mezcla de castigo y adoración, cada toque diseñado para marcarla, para recordarle quién tenía el control.
—Tú me haces esto —jadeó él, mordiendo su oreja mientras sus movimientos se intensificaban. —Me haces perder la cabeza.
—Entonces piérdela, —respondió ella, clavándole las uñas en la espalda, dejando sus propias marcas.
El encuentro fue prolongado, cada momento estirado hasta el límite, como si ambos quisieran prolongar lo inevitable. Cuando terminaron, ella estaba deshecha, el vestido roto, los moretones frescos brillando bajo la luz tenue. Alejandro se apartó, su respiración irregular, su rostro una máscara de arrepentimiento.
—No puedo seguir así, —dijo, más para sí mismo que para ella.
—Volverás —respondió ella, levantándose con una sonrisa temblorosa. —Siempre lo haces.
Él salió sin mirarla, y por primera vez, Ismeiry sintió una grieta en su confianza. No era solo deseo lo que sentía. Era algo más profundo, algo que la aterrorizaba.
En el restaurante italiano, Sofía esperaba a Alejandro, con un vestido azul que había elegido con cuidado. La mesa estaba decorada con velas, pero su sonrisa se desvanecía con cada minuto que pasaba. Él llegó tarde, con el cabello desordenado y una disculpa que sonaba vacía.
—Perdón, amor, el tráfico, —dijo, besándola en la mejilla.
Sofía lo miró, buscando algo en sus ojos. —¿Todo bien?
—Todo perfecto, —mintió él, tomando su mano.
Pero Sofía no le creyó. El perfume en su camisa era el mismo que había encontrado antes, y esta vez, no estaba dispuesta a ignorarlo.