Lucius la sostuvo en sus brazos como si fuera un juramento dicho en un susurro. Después de lo que habían compartido, del temblor que aún recorría el cuerpo de Elara y la estremecía de los pies a la cabeza, de la rendición temblorosa de su bajo vientre entre sus labios, él supo que no podía dejarla sola con esa intensidad. No podía simplemente dejarla caer en la realidad después de haberla elevado tan alto. No después de eso. Sus ojos buscaron los suyos casi sin siquiera proponérselo. Elara, aún jadeante, con las mejillas encendidas de rojo carmesí, bajó la vista por un momento casi cohibida. Y cuando volvió a mirarlo, ya no había duda en su mirada. Solo un sí tácito. Una aceptación de un destino ineludible. Una reafirmación de lo que tal vez estaba previsto, escrito en las estrellas in

