Elara sabía que debía irse. En lo más íntimo de su ser. La lógica le gritaba que ese momento era un umbral peligroso, que cualquier paso más allá la empujaría a un lugar del que no habría regreso. Pero su cuerpo ya no obedecía a la razón y no podía moverse. Se sentía como hipnotizada, cautiva de un hechizo de que aunque se decía que quería, no podía romper. Seguía con la mano apoyada en su pecho musculoso, aún temblorosa por lo que acababa de escuchar. Las palabras de Lucius no se desvanecían, ardían dentro de ella como una brasa. "Tú eres mi condena más dulce.” Él no dijo nada más. Solo la miraba. Como si supiera que el siguiente movimiento no dependía de él sino de ella. Y fue justamente ella quien dio un paso atrás. Pero eso no bastó. Lucius la siguió, sin tocarla, pero tan cerca

