Lucius abrió la puerta despacio. No necesitó verla para saber que estaba allí, pero aun así, cuando la vio de pie, con la carpeta contra el pecho y los ojos brillando como dos faros entre sombras, algo en su interior se quebró. No preguntó cómo había encontrado eso. Ni preguntó cuánto había leído. Ella entró. Él cerró la puerta con un gesto lento, resignado. El aire se volvió espeso, como si la verdad que estaba a punto de pronunciar no solo habitara su garganta, y su alma, sino las paredes mismas de aquella casa. —Sterling —dijo Elara, sin preámbulos—. Ese es mi apellido ¿,no? —dijo con tono ronco aunque su mirada era firme. Lucius asintió con su cabeza. Su espalda se tensó como un arco a punto de disparar. —Sí. —¿Y lo sabías? —No al principio —contestó él, sin titubear—. Cuando c

