Capítulo 3. Ala Este

1030 Words
Era la medianoche en el ala este y la mansión dormía, pero sus sombras no. Caminé por los pasillos en silencio, con los pies descalzos sobre el mármol frío. Mi respiración era lo único que rompía la quietud en el silencio de la noche. Eso… y el murmullo lejano del viento colándose por alguna ventana mal cerrada. No sabía qué esperaba encontrar. No sabía si quería encontrarlo. Pero estaba yendo igual. Aunque quizá, la curiosidad me matará igual que al gato. La puerta del ala este estaba entreabierta. Una hendija de luz temblorosa dibujaba un filo dorado en el suelo. Empujé con suavidad. Adentro, el aire era distinto. Más denso. Más cargado de algo que no podía nombrar ni aún queriendo. Lucius me esperaba. De pie junto a una lámpara baja, el reflejo cálido le dibujaba sombras en el rostro. Ya no llevaba camisa. Solo una camiseta gris, delgada, y pantalones oscuros. El cabello ligeramente húmedo, igual que su barba. Como si también él estuviera despierto desde hacía horas, pensando en esto. En mí. En ese encuentro. —Puntual —dijo, sin siquiera moverse. —No sabía qué ponerme para firmar un pacto con el diablo —contesté sin sutilezas. Una sonrisa le cruzó los labios, lenta, peligrosa. —Todavía no sabes si soy el diablo o tu salvación. Bien podría ser un ángel. —Uno caído, como el mismísimo Lucifer. Lucius no respondió. Caminó hasta una vitrina que se abría contra la pared. Sacó una caja de madera tallada. Al abrirla, el aire se llenó de un olor antiguo. Papiro. Tiempo. Secretos. —Lo que vas a ver —dijo— no es fácil de digerir. Pero es tu historia. Tu origen. Tu madre me lo confió cuando todavía no habías dicho tu primer palabra. Me acerqué. La caja contenía papeles amarillentos, fotos, informes médicos, cartas escritas con tinta corrida. En una de las imágenes, una mujer con mis mismos ojos azules sonreía. No reconocía el lugar. Pero sí la expresión: dolor escondido detrás de una sonrisa forzada. —¿Mi mamá escribió esto? Lucius asintió. Me alcanzó una de las hojas. —Le prometí guardar todo hasta que estuvieras lista. Ahora lo estás. Aunque no lo sepas todavía. Tomé el papel con manos temblorosas. La caligrafía era elegante, inclinada, pero al final de cada párrafo la tinta parecía más temblorosa. Más desesperada. Hablaba de un experimento. De un gen recesivo. De una anomalía. Y de mí. —¿Qué… qué quiere decir esto? —Que eres diferente, Elara. No enferma. No rota. Pero única. Y eso, para ciertas personas, es más peligroso que cualquier virus letal. Me di la vuelta hacia él. Lo tenía demasiado cerca. —¿Qué... qué me hicieron? —pregunté temblorosa. —Nada —dijo—. Todavía no. Sus ojos bajaron a mis labios. Apenas un segundo. Pero fue suficiente. El aire entre nosotros se cargó como antes de una tormenta eléctrica. Cada milímetro de piel expuesta parecía vibrar. La camiseta de Lucius apenas marcaba la forma de sus hombros. De su pecho. La mandíbula tensa. La vena que le latía en el cuello. Y esa forma de mirarme… Como si supiera cosas que yo aún no había descubierto sobre mí. —No me trajiste solo por esto, ¿verdad? —pregunté, en voz baja. —Te traje porque era esto… o dejar que te borraran. —¿Borrarme? —Tu nombre. Tu historia. Tus capacidades. Hay gente que no quiere que existas, Elara. Gente que pagó millones para que nunca supieras quién eres. —¿Y tú? ¿Qué quieres de mí? Lucius tardó en responder. Dio un paso más. Sentí el calor de su cuerpo antes de que me tocara. —Quiero protegerte. Pero no sé si pueda. —¿Porque te importo? —Porque me importas demasiado. Mi corazón dio un salto. —Mientes tan bien… —No cuando se trata de ti, Elara. Su mano rozó mi mejilla, apenas. Una caricia que no fue caricia. Un contacto que dolió más por lo breve. Cerré los ojos. Y al hacerlo, fue como caer sin red. Mi piel ardía. Mis labios temblaban. Y él… él estaba demasiado cerca para pensar. —Tienes miedo —murmuró. —Mucho. —¿De mí? —De lo que siento cuando estás así de cerca. Hubo un silencio. Uno que no era vacío. Era latido. Era deseo contenido. Era una pregunta que ninguno de los dos se animaba a hacer en voz alta. Lucius se inclinó apenas. Sus labios rozaron mi oreja. —No toques el piano —susurró—. Si lo haces, vas a recordar lo que tu cuerpo ya sabe. —¿Y qué sabe mi cuerpo? —Que me desea. Aunque tu mente luche contra eso. —No puedes jugar así conmigo… —No estoy jugando. Tú firmaste, Elara. Sabías que ibas a cruzar un umbral. Ahora ya no hay vuelta atrás. Me alejé. Un paso. Dos. Tenía que respirar. Tenía que pensar. Pero mis piernas no obedecían. Y mis pensamientos estaban… intoxicados de él. —¿Y qué hay en ese piano? Lucius bajó la mirada. Su expresión cambió. Algo se quebró en ella. —Memoria —dijo. —¿De qué? —De la última vez que tu madre me besó. Y de la única vez que te tuve en brazos. La confesión me paralizó. No por los hechos. Sino por lo que implicaban. —¿Me querías antes de conocerme? —Te juré que no me iba a involucrar. Que no iba a repetir los mismos errores. Pero entonces… apareciste tú. Y ahí supe que no iba a poder alejarme. Mis ojos se llenaron de lágrimas. No por tristeza. Sino por el peso de todo lo que no sabía. Todo lo que me estaba desbordando. Lucius se acercó una vez más. Pero esta vez, no me tocó. Solo dijo, con voz rota: —Puedes odiarme. Pero no dejes que te destruyan. No como la destruyeron a ella. Se dio la vuelta y se fue, dejándome ahí. Entre papeles viejos. Y un piano cubierto por una sábana. No lo toqué. Pero lo deseé. Igual que lo deseaba a él.
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