La noche no era silencio.
Era un susurro. Un eco lejano. Un murmullo que nacía en mi pecho y se arrastraba hasta las paredes de la habitación.
Y dormir no era descanso. Era caer. Y esta vez, caí demasiado hondo. Y definitivamente sin red para contenerme.
Corría. Descalza, con el camisón pegado al cuerpo. El bosque era espeso, húmedo, y las sombras se movían como si respiraran. Había algo —alguien— detrás de mí. Lo sentía en la nuca. En la columna. En la forma en que el aire se volvía más caliente a cada paso.
Lucius.
No necesitaba girarme para saberlo.
No me hablaba. No me llamaba por mi nombre. Pero lo sentía. Su presencia era como una sombra líquida que me envolvía sin tocarme. Corría sin saber adónde. El suelo era barro. Raíces. Algo me rasgó el tobillo. No importó. El miedo se mezclaba con otra cosa.
Algo más oscuro. Más íntimo.
Más primitivo.
Deseo.
Una parte de mí quería que me alcanzara.
Caí. Las rodillas contra la tierra. El camisón desgarrado. El aire cortándome los pulmones. Y entonces lo vi. De pie frente a mí, sin moverse. Sin hablar. Solo mirándome con esos ojos que parecían leerme desde dentro, de ese color amarillo, casi sobrenatural.
No era humano.
O tal vez sí. Pero no del todo.
Lucius tenía el torso desnudo, cubierto de barro y sangre seca. El cabello revuelto. El pecho subiendo y bajando como si también hubiera estado corriendo. Pero sus labios... sus labios estaban quietos. Cerrados en una línea que prometía algo que no entendía en ese momento.
—¿Por qué huyes de mí? —preguntó, sin moverse.
—Porque sé lo que pasará si me te dejo alcanzarme —respondí temblorosa.
Una sonrisa sesgada le curvó la boca. No era ternura. Era hambre.
—¿Y qué pasa?
—Dejo de ser yo.
—Quizá nunca fuiste tú, Elara. Quizá esto... esto que sientes ahora... es lo único verdadero que realmente tienes. Y es por eso que temes. Tienes miedo de enfrentarte a la verdad desnuda.
Me levanté. El cuerpo temblaba. No de frío. De anticipación. De rabia. De algo que no tenía nombre pero que crecía adentro mío como una herida ardiente.
Lucius se acercó. Un paso. Dos. Y me agarró la muñeca.
Su tacto quemaba.
No hubo dulzura. Ni permiso. Solo necesidad. Una necesidad antigua, visceral.
Me empujó contra el tronco de un árbol, y su cuerpo se alineó con el mío como si el mundo hubiera sido creado para que encajáramos así, tan perfectamente. No hubo palabras. Solo bocas. Aliento. Dientes. Las manos me recorrían como si buscaran algo que yo no sabía que tenía para ofrecerle.
Y lo encontraron.
Cada centímetro de piel se volvió nervio expuesto. Mis piernas se enredaron en su cintura sin pensar. Su boca bajó por mi cuello, mis pechos, mi vientre, hasta que ya no era sueño: era vértigo. Era pulsación.
Era sexo
Lo hicimos en el barro. Contra el árbol. Con furia. Con desesperación. Con ansias.
Como si supiéramos que no teníamos tiempo. Cómo si no hubiera un mañana.
—Despierta, Elara —murmuró en mi oído, antes del final—. Porque esto es lo más real que vas a tener por el momento.
Y entonces desperté.
De golpe. Jadeando. Empapada en sudor. Con la piel estremecida por el orgasmo.
La habitación estaba en penumbras. El reloj marcaba las tres y cuarto. El camisón se me pegaba a la piel. Las sábanas, revueltas. Las piernas, aún temblando.
Me cubrí el rostro con las manos.
No era la primera vez que soñaba con él desde que estaba allí. Pero sí la primera que supe —con certeza— que él también me estaba soñando. De alguna manera retorcida, él sabía lo que había pasado. Sentía lo mismo. O jugaba a hacerlo. Aún no lo tenía del todo claro.
Pero el cuerpo todavía latía.
Me levanté. Fui al baño. Me miré al espejo. Tenía las mejillas encendidas, los ojos azules brillantes, los labios entreabiertos.El cabello rubio pálido revuelto. Parecía otra. Una mujer que aún no conocía. Pero que estaba despertando adentro de mí con una violencia que me asustaba. Que no podía controlar, pues no sabía aún como hacerlo.
No quería desearlo. No así.
No con esa mezcla de miedo y entrega.
Me lavé la cara. El agua estaba helada. Pero no alcanzaba.
Volví a la cama, pero no pude cerrar los ojos. El sueño seguía ahí. Pegado a la piel. Y la voz de Lucius resonaba en mi cabeza.
"Quizá esto que sientes ahora es lo único verdadero que tienes."
¿Qué significaba eso?
¿Y si tenía razón?
¿Y si el deseo era más real que todo mi pasado? ¿Más fuerte que el miedo?
Recordé su mano en mi mejilla la noche anterior. Su voz temblando cuando dijo que le importaba. Y también la forma en que me había dicho que no tocara el piano.
Como si el recuerdo lo fuera a destruir.
Como si él mismo fuera una canción enterrada que no podía volver a sonar jamás. Como si temiera lo que podría llegar a pasar.
Cerré los ojos, solo un instante.
Y ahí estaba otra vez.
Lucius. De pie junto al piano cubierto por una sábana. Me miraba como si supiera lo que había soñado. Como si él también lo hubiera vivido. Como si todo ya estuviera escrito de algún modo extraño.
Me acerqué.
Mi mano, extendida. Una tecla. Solo una.
Y entonces, la melodía empezó. Dentro de mi cabeza.
Y supe que no estaba loca.
Estaba recordando.