Elara caminaba por el pasillo que conducía al ala sur, sin apuro, pero con la firmeza de quien ya ha tomado una decisión. La penumbra era espesa, pero familiar. No había temor en sus pasos. Había estado allí antes. Había visto parte de la verdad. Pero sabía que aún quedaban capas, fragmentos ocultos que solo el silencio parecía custodiar. Llevaba una linterna pequeña en el bolsillo de su bata, y la carta de su madre doblada contra el pecho. Algo en esa tinta —en la forma en que hablaba de Lucius, de su condición, del amor que no había podido salvarlo— la impulsaba a seguir buscando. Y entonces lo sintió. No escuchó pasos, ni un suspiro, pero lo supo. Lucius estaba detrás de ella. —No vayas —dijo él, y su voz fue un roce helado entre sus omóplatos. Elara se detuvo sin volverse. —¿Por

