La mansión de Lucius Ward no era un hogar.
Era una prisión disfrazada de perfección.
Los pisos de mármol relucían con una pulcritud inhumana, como si nadie los hubiera pisado jamás. Las paredes, impecablemente blancas, reflejaban una luz estéril que parecía querer borrar cualquier atisbo de identidad. El aire estaba saturado con el aroma de productos de limpieza costosos, de esos que no esconden suciedad, sino que la aniquilan antes de que exista.
Todo era impecable. Silencioso. Intacto.
Y, por eso mismo, insoportable.
Solo un lugar rompía con ese patrón: la biblioteca.
La descubrí por casualidad, huyendo de mi habitación, donde las paredes me miraban como si supieran que no pertenecía. Estaba oculta tras una puerta doble de madera oscura, con tallas antiguas que parecían respirar historia. Un vestigio de otra época en medio de un universo que se esforzaba demasiado en parecer moderno.
Adentro, el mundo cambiaba.
Los estantes se alzaban hasta el techo, colmados de libros con lomos gastados, cubiertos de polvo en las esquinas. Una chimenea crepitaba, inexplicablemente encendida a pesar del calor que reinaba afuera. El aire tenía ese aroma denso y cálido de papel envejecido, madera y secretos.
Y en el rincón más lejano, un piano. Antiguo. Cubierto con una sábana beige que apenas lograba disimular su presencia.
Avancé sin pensarlo. Mis dedos rozaron un libro al azar: Teoría genética y ética moderna.
El título me heló la sangre por alguna razón desconocida para mí en ese momento.
—No lo abras si no estás lista todavía —dijo una voz a mis espaldas.
Me giré con un sobresalto.
Lucius estaba ahí, apoyado en el marco de la puerta, como si hubiera surgido de la nada. Llevaba una camisa blanca arremangada y una carpeta negra bajo el brazo. Sin corbata. Sin su usual copa de whisky. Aún así, seguía siendo una figura intimidante, inalterable, como tallada en mármol.
—¿Lista para qué? —pregunté, sintiendo cómo se me cerraba de repente la garganta.
Él se acercó sin apuro, como si el tiempo mismo obedeciera su paso.
Dejó la carpeta sobre un escritorio de roble envejecido, y me indicó con un leve gesto que me acercara.
—Esto es tuyo —dijo—. Léelo. Y si estás de acuerdo, firmalo.
Abrí la carpeta. Al principio no entendí lo que estaba viendo. Luego, las palabras comenzaron a perforar mi mente como agujas frías.
Era un contrato de confidencialidad. Pero no uno común.
Algunas cláusulas me hicieron temblar:
“El sujeto no podrá divulgar detalles sobre procedimientos médicos, tratamientos, rutinas y otros…”
“Toda alteración física detectada quedará bajo supervisión directa de Lucius Ward.”
"Elara Wyn se compromete a no salir del predio sin autorización médica o legal.”
Lo leí dos veces, incapaz de procesarlo del todo. Mi pecho se contrajo, como si algo dentro de mí supiera que este momento lo cambiaría todo.
—¿Qué es esto? —murmuré.
—Un acuerdo necesario —respondió con una calma que me revolvió el estómago—. Para protegerte. Y para protegernos. Si lo firmas, las cosas seguirán como hasta ahora. Si no, mañana mismo vuelves al internado. Sin herencia. Sin tu pasado. Sin respuestas.
Me miró con esa expresión suya, esa máscara impenetrable que no decía nada, pero que lo decía todo.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy dando una elección, Elara.
Tiré la carpeta sobre el escritorio. El golpe seco resonó en la sala.
—No soy solo una pieza en tu juego retorcido. Soy una persona. Y tengo derecho a saber qué hago aquí, quién soy, qué quieres de mí.
Lucius dio un paso hacia mí. Estaba tan cerca que pude sentir el perfume que llevaba: cálido, especiado, con una nota amarga que me hizo pensar en secretos enterrados.
Su voz fue un susurro que me rozó la piel como una corriente eléctrica.
—¿Quieres saber? ¿De verdad?
Asentí, sin poder evitar el temblor en mis dedos.
—Entonces firma. Y esta noche… te mostraré lo que tu madre me pidió que ocultara hasta ahora.
Mi boca se entreabrió. No supe si de miedo, curiosidad o… algo más.
Había algo en él que me confundía. No era solamente atracción, aunque existía. Era una sensación más primitiva, más visceral. Como si su presencia alterara algo en mí que siempre estuvo dormido.
Firmé.
Y en el instante en que la tinta tocó el papel, supe que algo en mí había cruzado un límite. Uno que no podría desandar.
Lucius cerró la carpeta con un leve chasquido. Caminó hacia la puerta, pero antes de desaparecer, se detuvo.
—A medianoche —dijo sin girarse—. Ala este. Ven sola.
—¿Y el piano? —pregunté, sin entender por qué mis ojos habían vuelto a él.
Sus labios se curvaron apenas. Una sonrisa que no era del todo humana.
—No lo toques.
—¿Por qué?
Lucius me miró por encima del hombro, y en sus ojos había una sombra que no había visto antes.
—Porque si lo haces, vas a soñar con cosas que todavía no sabes nombrar.
Y se fue, dejando un eco imposible de ignorar.
Esa noche, el silencio pesó más que nunca.
Me acosté en la cama inmensa que me habían asignado. Las sábanas eran suaves, la habitación estaba perfectamente climatizada, pero nada de eso importaba. Porque lo único que podía escuchar era el eco de sus palabras.
"Tu madre me pidió que ocultara esto."
"Alteración física detectada."
"Procedimientos médicos."
No tenía recuerdos de mi madre. Ni siquiera sabía cómo lucía. Las monjas del convento me dijeron que me había dejado allí siendo apenas un bebé. Crecí entre rezos, disciplina y preguntas sin respuestas. Siempre sentí que algo no encajaba en mí.
Ahora, comenzaba a entender por qué.
No dormí.
No por miedo.
Sino porque algo dentro de mí… ya comenzaba a despertar.
Un instinto antiguo.
Una verdad que había estado enterrada bajo capas de obediencia y silencio.
Y un nombre que ya no era solo un papel en un contrato.
Lucius Ward.
Mi tutor.
Mi carcelero.
O tal vez…
mi llave para comprender lo que verdaderamente soy.