No fui yo quien tocó la tecla.
Fue ella.
La niña.
La que había sepultado tan hondo que ya no recordaba su nombre completo. La que alguna vez tuvo madre. La que alguna vez creyó en los cuentos, en la luz, en las canciones que no herían.
Pero ahora dolía.
Dolía tanto que ardía, profundo, en el centro de mi pecho, como si alguien estuviera apretando mi corazón en una mano.
Estrujando, apretando.
La melodía emergió como si el piano, cubierto por la sábana amarillenta del tiempo, hubiera estado esperando. Esperándome. Una nota. Dos. Luego un arpegio suave, como dedos tímidos acariciando una cicatriz que había dejado una marca rugosa con el tiempo.
Y yo no lo tocaba. No, no con las manos.
Los dedos eran mentales, sensoriales. Una parte de mí se desdoblaba, mientras la otra observaba desde el rincón de la habitación, inmóvil, paralizada entre la fascinación y el espanto.
Impávida. Quieta.
Estupefacta.
Los acordes bajaban como agua turbia por mi columna.
Sentí que iba a vomitar. Que iba a llorar. Que iba a gemir. Que iba a gritar.
El pecho se me comprimía, y la sangre latía con un ritmo que no era mío, sino de "ella." La que tocaba desde dentro. La que cantaba sin abrir la boca.
La niña.
Yo.
Una imagen se dibujó como un rayo en la oscuridad.
Una habitación blanca. Demasiado blanca. Paredes que olían a desinfectante, hasta hacerte arder la mariz. Una mujer sentada al piano, su espalda recta, su cabello recogido en una trenza que brillaba como el oro al sol. Mi madre. Sus dedos flotaban sobre las teclas con una gracia que ahora sabía que yo había heredado.
—Escucha, Elara —decía—. No toques con miedo. La música no perdona la cobardía. Hazlo con ansias, con ímpetu —¿yo era un bebé o estaba en su vientre todavía?
No lo sabía, sin embargo su voz era un susurro cálido. Me acariciaba como lo hacía su perfume: jazmín, tierra húmeda, secretos.
Pero el recuerdo no se detenía ahí.
Un hombre apareció. Alto, envuelto en un abrigo n***o. Su rostro era una sombra, pero su presencia... su presencia era inconfundible.
Lucius.
¿No?
No. Más joven. Distinto. Pero había algo en él. Algo que me miraba como si ya supiera quién iba a ser yo.
Mi madre dejó de tocar.
Se puso de pie. Lo enfrentó.
Y entonces la imagen cambió.
Todo cambió.
La melodía seguía sonando, aunque el piano estaba cubierto. Era como si la casa misma la emitiera. Como si las paredes tuvieran memoria. Como si yo la tuviera aunque ni siquiera recordaba haber estado allí realmente.
Me aferré al borde del teclado, jadeando.
El cuerpo me temblaba. La piel, húmeda. Sentía el deseo como un fuego lento entre las piernas, mezclado con algo más profundo. Más antiguo.
Algo innombrable, inconfesable.
Que ardía cálido y húmedo entre mis piernas.
Lucius.
Él estaba en los recuerdos. Siempre había estado. Siempre era él.
Lo supe como se saben las cosas que no se pueden explicar pero se llevan anudadas en el alma.
Entonces el calor creció. Me incliné sobre el piano, la frente contra la madera. Cerré los ojos.
Y lo vi.
La niña había crecido. El cuerpo era adolescente. Las curvas nuevas. Y él... él había esperado. Como una promesa rota que nunca llegó a tiempo.
Nos mirábamos en un salón rojo. Yo con un camisón fino como la niebla. Él, de pie, con los ojos fijos en mi boca.
—¿Te acuerdas de mí? —preguntó, su voz ronca, cargada de hambre contenida.
Yo asentí.
—Siempre estuviste ahí. En mis sueños.
Se acercó. No me tocó aún. Pero su cuerpo era una amenaza dulce. La tensión crepitaba entre nosotros. Una electricidad oscura que se alimentaba del silencio.
—No fue un error —susurró—. Lo que pasó. Lo que va a pasar.
Y entonces sí.
Me besó.
No fue un beso casto. Y nada me había preparado para eso. Fue devastador. Su lengua entró con una urgencia brutal, como si quisiera poseer el recuerdo, deformarlo, tatuarlo en mi carne.
Y lo logró.
Mis pechos juveniles se alzaron contra él. Sus manos descendieron por mi espalda, mis caderas, y se colaron bajo la tela hasta encontrarme húmeda, abierta, esperando.
—Siempre fuiste mía —gruñó—. Incluso cuando no lo sabía.
La sensación era tan real que gemí en voz alta.
Desperté con el sabor de su boca en la mía. Entre mis piernas, la humedad me humillaba. El cuerpo encendido, marcado por algo que no había pasado en esta línea de tiempo, pero sí en otra. Cercana o lejana, no lo tenía del todo claro todavía. Pero había pasado, podía jurarlo.
Me dejé caer al suelo, al costado del piano, temblando. La melodía seguía ahí, flotando en el aire como un espectro.
Sabía cosas.
Recordaba cosas que yo aún no podía nombrar. O definir.
Mucho menos entender.
Una traición. Una promesa. Una pasión prohibida.
Lucius no era nuevo en mi vida. No era simplemente un extraño con ojos como la noche.
Era un lazo.
Una cicatriz.
Una advertencia.
Y ahora, esa parte dormida dentro de mí despertaba, reclamando no solo los recuerdos, sino también el deseo.
Porque lo deseaba.
Dios, cómo lo deseaba. Tanto que creía que me iba a ir al infierno.
Y también lo odiaba por eso. Por haberme robado el alma antes de que supiera que podía decir que no.
Me puse de pie.
Fui al espejo. Y vi algo nuevo en mí. En los ojos. En la forma en que me miraba. Como si otra estuviera tomando el control. Una mujer que había estado dormida bajo capas de traumas, secretos, miedo y sed.
Y ahora tenía hambre.
—Volviste —susurré, tocándome los labios—. ¿Y qué se supone que haga contigo ahora? —le pregunté al reflejo pero el silencio respondió con una nota.
Una sola.
Aguda. Prolongada.
Como si el piano dijera: "recuerda, Elara. Aún no terminaste de recordarlo todo."