Cómodamente tomo asiento en una de las sillas que se encontraban en el burdel para ver la emocionante subasta de la sobrina de Alda. Me quedé por la simple razón de ver su rostro cuando un viejo verde la compre. No me importa quien pague dinero por esa chiquilla, pero siento placer al ver que alguien la hará bajar de esa nube en la que se subió. Todo por ser tremendamente presumida.
¿Así son las mujeres interesadas? Solo el dinero mueve su mundo.
Las luces bajan la intensidad y salen los futuros objetos sexuales de las personas de esta sala. Veo el rostro de miedo de la sobrina de Alda y sonrío de lado al ver lo cagada que esta.
Bien merecido se lo tiene, además de que nadie la mandó a venderse en un burdel.
La gente pobre debería tener principios, pero así son las personas interesadas.
—Sin más tardanza daremos inicio a nuestra subasta —anuncia, una mujer de unos 40 años, de cabello rubio—. Estamos muy contentos de tener a tantos hombres importantes en nuestro bar —me apoyo en el espaldar de la silla mientras cruzo mis brazos.
Continúo pasando la mirada a las 15 jovencitas que se encuentran en el bar y siento un vacío en mi pecho. ¿Mi hermana menor vendría a estos lugares para venderse? Detengo la mirada en una chica castaña con rasgos italianos y hago una mueca de asco.
Hasta la amiga se está vendiendo. ¿Qué clase de mujeres son ellas? Alda, tus muñecas no son más que unas...
—Tenemos a dos nuevas chicas que llegaron hace poco de Italia y están esperando que algún buen hombre que se encuentre en nuestra sala hoy —señala a las italianas—, pague una buena cantidad por ellas.
Mi celular empieza a vibrar, lo saco de mi bolsillo y tomo la llamada al ver que es Ryan.
Llamada telefónica:
—¿Exactamente para que me estas llamando? Estoy ocupado haciendo nada —contesto, mientras veo a una camarera dejar mi vaso de whisky.
Bueno, digamos que es la imitación, parece más bien del té que tomaba mi madre para dormir.
—Tu emoción cuando me atiendes las llamadas me está resultando perturbador. Deja de amarme como lo haces no me gustan los hombres pobres —responde burlón, suspiro viendo a...
¿Cómo es que se llama la sobrina de mi nana?
—Tengo el dinero suficiente como para hacerte arrodillar ante mí y me beses los pies, idiota —se escucha una carcajada al otro lado del celular—. ¿Qué quieres? Voy a cortar la llamada, Ryan.
—Estas pasado de delicado. Voy camino a la dirección que me enviaste antes de salir del hospital, no entiendo por qué estás en un burdel de mala muerte. Alda necesita que la llames lo más pronto que puedas. Nos vemos en un rato cambió la luz del semáforo —termina la llamada.
Empezó la fulana subasta.
Apoyo mis codos en la mesa donde me encuentro y veo un pequeño cartel rojo con azul que pusieron al traer la bebida. Aparece un número 6 en el. Al parecer estoy participando en la subasta. Que lastima que ninguna de esas... mujeres, llame completamente mi atención.
Busco en el celular el número de Alda y la llamo mientras juego con mi vaso.
Llamada telefónica:
—¡Sasha, mi niño! —hago una mueca de desagrado al escuchar ese apodo.
Después de que Amaya me dejó, cada vez que alguien me llama así, siento molestia. Tal vez es porque ella fue la primera en decirme de esa forma sin tenerme miedo.
—¿Todo bien? Ryan me dijo que te llamara. Si estas aburrida en el hospital hablare con un colega para que te de el alta y yo te cuido en casa —hablo preocupado, al escucharla sorber por su nariz.
—Tengo rato llamando a Arya y no me contesta. Estoy preocupada, hace tiempo que ellas no venían a Noruega y temo que le pase algo. Búscalas, cariño, te lo ruego —debo recordar el nombre de esa interesada.
Nana tu pequeña sobrina se está vendiendo al mejor postor.
—Ellas ya son grandes, Alda. Tal vez está con algún tipo en un motel o, puede estarse vendiendo en un burdel —digo burlón, al cruzarme con la mirada de Arya.
Sonrío con satisfacción al verla sorprendida, la saludo con fingida alegría al verla molestarse.
—¡Es mi sobrina de la que estás hablando, Aleksandr! Mide tu vocabulario y ayúdame, por favor. No quiero tener que irme de tu lado para encontrarla —dice, desesperada.
Ahora también estoy siendo amenazado por la mujer que me crío.
Suspiro negando con la cabeza y veo como Arya y su amiga pasan al centro del mini escenario que había en el lugar.
—Te recuerdo que tu jefe soy yo y si digo que tu sobrina es una cualquiera, es porque mis razones tengo para hacerlo —hablo con seriedad—. Por ahora voy a encontrarla, no quiero perderte, pero me voy a cansar de tus amenazas y no me va a importar que te vayas a la mierda. ¿Entendiste o te lo vuelvo a explicar con un pizarrón, Alda? —le advierto sin titubear.
—En ningún momento lo amenacé. Solo tengo miedo de la locura que pueda cometer mi sobrina y su amiga. Nunca lo consideré un jefe, para mí usted es mi hijo. Le diré a otro que me ayude, disculpe por molestarlo, señor Kozlov —la escucho dolida y termina la llamada.
¿Se molestó? bien bello pues ahora soy el malo de la historia.
Escucho las insignificantes cifras ofrecidas para las protegidas de Alda y espero alguna señal del cielo para poder comprarlas. Como no escuché o vi alguna señal, decidí dar por terminada la búsqueda. Le diré que las encontré y las perdí nuevamente.
—Ochocientos mil dólares por las dos jovencitas —volteo a ver al viejo panzón que está a mi lado, su rostro parece de matón y una de sus manos acaricia su polla.
Ja, el sádico las compró.
—Un millón de dólares por las dos —dice otro hombre con una cicatriz en el rostro.
Veo lo asustada de ambas chicas y río internamente.
¿Quién las mandó a venderse?
—Cincuenta millones de dólares por cada una —interviene un hombre que le falta una mano.
—Cincuenta millones de dólares a la una... cincuenta millones de dólares a las dos... cincuenta millones de dólares a las tres... —anuncia la mujer rubia.
Sonrío al ver como la castaña amiga de Arya, bota una lágrima y finge alegría.
Te vas a arrodillar ante mí, Arya.
—Cien millones de dólares —intervengo, alzando mi cartel con el número 6 ya fastidiado de esto.
Todos en el lugar me ven con asombro y yo, como buena persona y ciudadano del mundo actual, los miro con desagrado.
—Cien millones de dólares a la una... cien millones de dólares a las dos... cien millones de dólares a las tres... —con una enorme sonrisa habla la rubia.
—Quinientos millones de dólares —escucho al fondo del burdel.
—Señor del cartel numero 6, ¿tiene más para ofrecer? —me pregunta la rubia.
—Oh, lo siento, no tengo quinientos millones de dólares —agrego burlón—. Tanto que las quería para mí —digo con sarcasmo.
Las aludidas me ven con odio, me levanto de la silla para irme después de verlas con diversión mientras terminaba de tomar mi vaso de whisky.
—¡Vendidas al señor del cartel número 13! —escucho hablar a la mujer con emoción y a los presentes aplaudir.
Empiezo a salir del burdel y veo al fondo del salón. Por lo menos no es un hombre de cara cortada. Juro que hice todo lo posible por comprarlas, pero no tenía el dinero suficiente. Alda, quiero que sepas que las encontré y también fueron compradas por otra persona.
»*Me quedo con la castaña. Dame doscientos cincuenta millones de dólares por la pelirroja y es toda tuya. No quiero que Alda me deje sin bolas.
Sonrío mientras respondo el mensaje mientras voy camino a mi auto.
Supongo que Ryan tiene mejor corazón que yo.
»*Eres un cobarde, Ryan. Te transfiero al llegar a casa. A la pelirroja la dejas en el hospital para que duerma con Alda. Mañana en la mañana iré por ella y dile a Andrey que se encargue de que recuperemos cada centavo que gastamos en este burdel.
Ahora serás esclava, Arya.
Mi esclava.