La sala de estar de la casa de Nuñez estaba desaparecida. Todo estaba repleto de maletas y un par de colchones inflables donde dormiremos todas, aunque faltan cosas. Como se nota que vamos a viajar. —¡Camile! —me grita Erica desde la cocina, así que tiro mi móvil y salgo corriendo, pasando por los dos colchones y brincando un par de maletas. Una pista de atletismo y tal —Tía, dios —suelto una vez que estoy frente a ella, intentando recuperar la respiración. —No alcanzo los Cheetos, rubia —dice inocentemente—. Es que soy muy enana, Camz. Canaliza tu ira, ¿sí? —¿¡Cómo no quieres que me altere!? ¡Casi me da un infarto! —Uy, ia Camz —Mía nos interrumpe con las manos cubriendo sus oídos y reímos ante la ocurrencia de la pequeña. Le bajo los, más o menos, diez Cheetos que habíamos comprad

