Un día nuevo y amanecí con una sonrisa en el rostro, eso no lo cambio por nada. Busco mi móvil en la mesa de noche y este tenía una nota pegada a la pantalla.
"Espero que tengas una linda mañana y nos vemos en la tarde, ma petite!!
Tu futuro esposo, Samuel"
Hoy había amanecido más que feliz que nunca, ¿y es qué cómo no? Por fin pude dormir la noche entera, todo gracias a que dormí acompañada. Hablando de eso.
...
—No se va a quedar —el rubio siniestro seguía sin cambiar su decisión.
Desde hace una hora más o menos estábamos sentados en la sala, Adrien, Erica, Samuel y yo. Había empezado un juicio, ya que quiero que Samuel se quede a dormir.
—Titi, déjalo quedarse. A Cami le hace bien, además ya es tarde —dice mi cuñada, intentando bajar los humos a su esposo.
—Adrien, s'il vous plait (por favor), te lo pido —insisto por millonésima vez.
Samuel no podía ni de subir la mirada de sus manos entrelazadas en su regazo, mucho menos iba abrir la boca para decir algo.
—¿Tú estás de su lado? —le pregunta a Erica, haciéndose el ofendido—. Lo que me faltaba. Nuñez, mírame.
—Presente —balbucea. Intento no sonreír ante su acto, pero no lo logro. Parece un perrito asustado e indefenso.
—¿Y tú, Dupont, por qué sonríes así? —cuestiona mi hermano.
Samuel voltea a verme con una ligera sonrisa en la cara y me sonrojo completamente al darme cuenta de que me pillaron.
—Míralos, gordo. Son tan monos —susurra Eri en su voz de bebé, la misma con la que le hablaba a Mía cuando estaba más pequeña.
—Paren ya tórtolos, préstenme atención. Volviendo al tema, hey, mírenme.
Adrien intenta que Samuel y yo dejemos de mirarnos, pero ni caso le hacemos, por lo que empieza a chasquear los dedos en medio de los dos.
—¿Qué? ¿Qué?
—Te vas a quedar —señala al español, pero ahora con una sonrisa de lado en su cara.
Me levanto del sofá gritando y salgo corriendo a los brazos de mi hermano, quién me corresponde el abrazo sin pensarlo.
—Te amo, te amo, te amo. Tu es le meilleur frére (eres el mejor hermano), ¿te lo había dicho antes? —le digo al oído, más que satisfecha por mi trabajo. Siempre me salgo con la mía.
—Me lo dices cada vez que consigues lo que quieres intéressé (interesada). Te quiero ver feliz y si Nuñez te hace feliz, pues venga —susurra y lo abrazo más fuerte, riéndonos juntos.
—Bueno, siento mucho interrumpir su momento, pero tengo sueño —Samuel suelta más que una palabra en toda la noche.
Adrien lo mira como si lo quisiera matar y Erica y yo soltamos una carcajada al ver las ganas que tenía el español de salir corriendo.
...
Comienzo a reírme sola al recordar la noche anterior, menos mal y no había nadie en casa. Una sonrisa se plasma en mi rostro cuando el ilicitano aparece en mi mente. El pitido de mi celular me saca del trance y cuando reviso, tenía un montón de mensajes por leer, pero así recuerdo de mi cita con Francisco.
Salgo de la urbanización en el coche de Adrien, pensando en que necesitaba comprarme un coche, porque ya me daba miedo usar el bebito lindo de mi hermano.
Manejo hasta el centro de Madrid cantando las canciones de Camila Cabello a todo pulmón. Quizás debería grabar un video para subir a mi i********:, hace tiempo que no lo hago.
Y así en un instante, llego al restaurante donde Isco me invito a comer ayer. Este es mi restaurante favorito en Madrid y el del malagueño también. Dejo el coche en el parking y cuando entro, lo noto sentado en la mesa que prefiero llamar "mi mesa"
Esta mesa era en la esquina frente al gran ventanal, y dónde no muchas personas se sentaban, debido a que los rayos del sol se colaban y posaban justo allí. A algunos les molesta, en cambio, a mi me encanta.
Voy pendiente de mi móvil y termino chocando con alguien, causando que mi pobre celular salga volando de mis manos.
—j***r, j***r, j***r —murmuro al verlo en el suelo boca abajo. Me agacho lentamente, rezando para que estuviera bien y lo volteo lentamente—. Gracias, dios, gracias.
—Lo siento mucho, en serio. Soy una despistada de lo peor —dice la persona con la que me choqué, quién resultó ser una chica muy guapa.
—No hay problema —me levanto y le regalo una sonrisa. Frunzo el ceño al detallarla, se me hace conocida.
—Disculpa, pero... ¿te conozco? —soltamos al unísono..
—Tú primero —la castaña se adelanta en hablar.
—Camile Dupont —extiendo mi mano y ella me mira con los ojos bien abiertos. ¿Siempre pasa lo mismo o qué?
—Sara Hernández —la miro de la misma manera. j***r, que casualidad.
—Ya entiendo porque te me haces tan conocida —volvemos a hablar al unísono.
—Me encantó conocerte, pero me están esperando —miro por encima de su hombro y ella no se molesta en voltear.
—¿Tú eres la chica que comerá con el idiota de mi hermano? Illa, te doy tiempo para que huyas —rio bajito, mientras ella saca su móvil y me lo pasa—. Anota tu número para que podamos hablar.
—Ahí va, listo.
—¡Nos vemos! —grita y me despido con la mano, mientras sigo mi camino. Esta imita mi acción y salgo directo a la mesa dónde estaba Hernández.
El español llevaba unos vaqueros y una camiseta blanca, demasiado común, pero aún así lograba verse como un modelo. Vale, Camile, aleja esos pensamientos.
—Con que conociste a mi hermanita —comenta cuando le doy dos besos.
—Sí y me cae muy bien —respondo, sentándome en frente—. ¿Pediste ya?
—Sí, lo que siempre pido cuando vengo acá. Patatas fritas con queso derretido y pollo —dice riendo. Suelto un quejido y este frunce el ceño confundido—. ¿Qué? ¿Pasó algo?
—Eso es lo que siempre pido —murmuro.
—Estamos hechos el uno para el otro, Mini Dupont —toma su copa de vino y no quita la mirada de mi rostro. Me sonrojo ante su acto y presto mi atención a mis uñas.
El almuerzo pasa volando, debido a que Isco es de esas personas que no dejan de hablar, pero no aburre ni estresa. De hecho, te hace disfrutar el tiempo que pasas con él.
—Pago yo —murmura sacando su billetera.
—No, no y no —suelto sacando dinero de mi bolsa—. Yo pago por lo mío.
—¡Camile! Yo te invité, yo pago —Francisco se cruza de brazos y entrecierra sus ojos. Suspiro derrotada y él ríe—. Lo siento, bonita, pero tengo razón.
Veo la hora en mi móvil tras la pequeña discusión y me doy cuenta de que Samuel ya debe de estar en casa. Me despido rápido del malagueño que quería llevarme a por un helado, pero no logra convencerme.
•••
—¡Llegué! —grito cuando entro en la casa Dupont. Escucho los pasos de alguien y sabía quién era sin verlo.
—¡Pequeña! —Samuel me abraza como si no me hubiera visto en años—. Te extrañé tanto.
—Nos vimos hoy en la mañana —digo cuando nos separamos.
—Es una eternidad —susurra desganado—. No me dijiste que saldrías con Isco.
—Erica es muy boca chancla —murmuro entre dientes—. Me invitó a comer y ya.
—Pero eres mía —sentencia jugando con mi cabello.
—No soy un objeto para tener dueño —ruedo los ojos ante su comentario—. ¿Hay alguien en casa?
Pregunto al escuchar todo en silencio. Él niega lentamente con la cabeza y sonrío ante mi instinto. Cuando la casa estaba llena, no había silencio ni un sólo segundo.
—Fueron a comprar la cena, pero ya deben de estar llegando.
—Vamos a caminar —tiro mi bolsa en una silla y extiendo mi mano, esperando que él la tome.
—Vale —el español agarra mi mano y las entrelaza. Abro la puerta y salimos juntos.
Caminamos por toda la urbanización hablando de los temas más triviales del mundo, pero no me aburría de estar con él. Me acordé de Isco, gracias a la cualidad que los españoles tenían de hablar y hablar.
—Huele a novios —escuchamos como dicen detrás de nosotros, así que nos volteamos dispuestos a pelear, pero que linda sorpresa nos llevamos.