Me suspendí de la cama de golpe, la respiración entrecortada, mi pecho subía y bajaba con rapidez. Estaba en la cama, pero al lado de mí había tres gemas blancas que brillaban débilmente. Las ignoré por completo, mi atención centrada en el dolor que recorría mis nudillos, que aún sangraban, y en mi muñeca, que no se curaba. Mis mejillas estaban empapadas, y un dolor punzante se apoderaba de mi cabeza por tanto llorar. —¿Cómo mierda pasé de ser la chica fría que no derramaba ni una lágrima a la María Magdalena que ha llorado el Océano Pacífico? —me pregunté en voz baja, mientras observaba mis manos, mis nudillos rojos y llenos de heridas. Más lágrimas cayeron sin cesar, y la rabia y la impotencia crecían en mi pecho. La cama, las gemas, todo a mi alrededor parecía desvanecerse. —¿Cómo me

