Capítulo 5 POV Aylin

1360 Words
No me di cuenta en que instante que nos vimos rodeados del consejo de hombres lobos y de otros Alfas pero si cuando Dominic declaro en voz alta. —Aylin Silverclaw me pertenece mi alma la a reconocido como mi pareja destinada. La palabra me “pertenece” hace que me duela el estomago. El aire se tensa aunque estamos al aire libre. Varios Alfas enderezan la espalda. Otros miembros del consejo desvían la mirada. Un par de susurros se quiebran en el fondo, sedientos de conflicto. —Alfa Dominic, recuerda que este es territorio neutral —responde una voz. Es el líder del consejo—. Aquí no se habla de acciones politicas. Aquí no hay marcas. Solo deliberación. Dominic gira hacia él sin perder el eje. —La neutralidad no anula los designios de la Diosa —dice—. Sus leyes preceden estas piedras. La palabra “Ley” cae con el peso de siglos. Mi loba interior, Kaela, se mueve en mi pecho como si tuviera hambre. No de sangre. De la certezas que rechacé toda mi vida. Yo no doy un paso. No cedo. —No soy una pieza para subastar —digo, con la voz más fría que encuentro—. No me muevo por mandatos escritos por la Diosa. Dominic me mira. No hay dulzura. Hay verdad desnuda, voraz, exacta. —No estoy negociando contigo—responde. Siento varias miradas clavarse en mi nuca. Una de ellas es la de Kellan, el líder de la manada en la que crecí. Gira apenas la cabeza hacia quien imagino es Ronan, el Alfa de la manada Bosques de Otoño y que trae consigo siempre una sombra más larga que su nombre. Se comunican en silencio, esa clase de silencio que prepara conflicto. —Líder del consejo —retoma Dominic—, usted sabe lo que dicta el mandato. Cuando un lobo reconoce a su pareja predestinada, la reclamarla no es un capricho es un deber. —El Mandato existe —admite el anciano, incómodo—, pero la deliberación también. La Luna no es argumento para romper las reglas del territorio neutral. Un murmullo recorre el aire. “Si Aylin se entrega a Dominic, Lunarcrest…” Las voces no terminan la frase en voz alta, pero la completan por dentro: Lunarcrest será la manada regente en el continente cuando el hijo de ambos se haga con el poder. Detrás de ese pensamiento hay cálculos, apoyos, alianzas que se cortan o se sellan con un gesto. Siento el peso de los ojos de cada lobo, no como elogio, sino como inventario. —No me entregaré —digo, ahora sí avanzando un paso, clavando el talón en la piedra—. No es algo que desee. El consejo se contrae. Algunos asienten sin convicción, felices de ver un hilo de complicación que retrase la coronación de Dominic. Kellan sonríe con esa mueca que no llega a los ojos. —Escúchenla —dice—. Aunque, Dominic, si tu hambre de poder es tan grande, quizás puedas reclamarla fuera de este territorio. Si sobrevives al cruce de fronteras, claro. Ronan interviene, seco: —Nuestra fuerza no es menor que la tuya. Si crees que Lunarcrest se impondrá porque reclames a la hembra elegida, entonces eres más temerario que sabio. No aparto la mirada de Dominic. Él tampoco aparta la suya de mí. Podría jurar que la ley, los cuchillos, el consejo, los nombres… todo desaparece cuando sus ojos se fijan en los míos. Primero miedo, luego deseo, después algo peor, reconocimiento. El mismo impacto que sentí en el bosque, cuando su presencia me rompió en esencia estaba en mí. —Mi Luna —dice, y cada sílaba es un hierro—. Te guste o no eres mía. La frase cae sobre mí como una sentencia. No soy de rezar, pero una parte de mí quisiera un Dios que aún escuchara. Kaela ruge por dentro. Su rugido no es obediencia, es rabia de espejo y duele porque se parece a mí. —No me llames así —respondo—. No quiero ser tu Luna. No quiero ser la Luna de ningún Alfa que yo no haya elegido por mi misma. Dominic avanza un paso y sé que me mide a mí. —No soy dueño de tu nombre. Soy dueño de tu alma. —Tu derecho termina donde empieza el mío —escupo—. Y yo no quiero. La palabra “quiero” se queda flotando, frágil, pequeña frente a la maquinaria de los varones que gobiernan. El líder del consejo junta las manos. —Hija —dice, sin mirarme—. La Ley es clara. Tu destino… —No me llame hija —lo corto—. Tengo nombre. Sus ojos vacilan. No está acostumbrado a que le hablen así. Estoy cansada de aprender modales que otros usan para atarme. Dominic no pierde la ocasión. Levanta la barbilla apenas. —La conexión esta hecha —anuncia al consejo—. Llamo a la Ley de los Ancestros. Llamo al Designio de la Diosa. Llamo al lazo que no se compra ni se hereda: el lazo de Luna. Algunos en el círculo agachan la cabeza por hábito. Otros se mantienen erguidos por orgullo. Kellan y Ronan se miran entre sí con una chispa de entusiasmo oscuro, el tipo de diversión que solo da la amenaza de guerra. —La Ley no se invoca aquí —dice el líder, pero su voz carece de filo—. No ante territorio neutral. —Entonces dígalo —responde Dominic, acercándose al centro como si él fuera el eje natural de la sala—. Diga que la neutralidad vale más que la Diosa. Diga que su sello es más alto que la marca del cielo. El anciano traga saliva. No es creyente devoto, pero tampoco es suicida. Una parte de mí quiere reírse. Otra quiere prenderles fuego a todos. El resto de mí solo quiere dejar de temblar. —Aylin —me llama el anciano, por fin—. Cumple tu destino. Me río. No suena bonita mi risa. —Qué conveniente —respondo—. Cuando les sirve, es destino. Cuando no, es capricho de hembra. Silencio. Salvo el latido en mis oídos. Salvo a Kaela que empuja. Dominic da otro paso hacia mí, sin tocarme. La distancia entre nosotros es una cuerda. bosque huele a hierro, a sudor, a nervios que no admiten su nombre. No necesito mirar para saber que varios se preparan para saltar si esto explota. O para aplaudir si me rompen. —Tu furia te honra —dice él—. Y me pertenece también. —Cállate —respondo antes de que mi cabeza me censure. —No eres una prenda —insiste el líder, intentando contener la escena—. Seras la Luna del Alfa que te reclame. —Una Luna elige —lo corrijo—. Una Luna no se arrastra. —Basta —corta Kellan, impaciente—. Si quieren jugar a los ritos, háganlo donde cuenta. Afuera. En tierra sin árbitros. —O aquí —replica Ronan—, para que aprendamos de una vez quién muerde y quién ladra. La frase cuaja en el aire, peligrosa. Varios Alfas se acercan dispuestos a pelear unos contra todos. Los guardias del consejo tensan las manos sobre las armas que no deberían usar en este territorio. El líder del consejo alza la palma, pálido de pronto. —¡Basta! —su voz por fin golpea—. Nadie luchará aquí. La Ley se respeta por encima de todo. Y la Ley… —mira a Dominic, como si la piedra misma fuera a corregirlo si se equivoca— respalda la reclamación cuando la Diosa así lo ha designado. —Yo no lo reconozco —digo, atrincherándome en la única grieta que me queda—. No lo acepto. Dominic respira lento. No me suplica. No me convence. No me explica. Solo dice, con una calma que me atraviesa como un cuchillo metido muy despacio: —Tu loba ya lo hizo. —Mientes —susurro. —No sé mentir con esto —responde
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