La frontera neutral no me recibe con gusto pero, soporta mí presencia.
Camino hacia la línea invisible que divide el territorio común con la misma calma con la que otros entrarían a un templo. No porque lo respete, sino porque sé que este lugar dejará de ser neutral en cuanto cruce. Mi presencia no necesita anuncio. Es suficiente con que respire.
Harold mi Beta va a mi derecha, un paso atrás, como siempre.
—No habrá negociación, ¿cierto? —dice en voz baja, casi como si repitiera un hecho inevitable.
—No —respondo.
Los alfas que necesitan diplomacia son los que no tienen fuerza. Yo no soy uno de ellos.
El mensajero del Consejo aparece con la rigidez de quien sabe a quién enfrenta. Inclina la cabeza. Su voz tiembla aunque intenta disfrazarla.
—El Consejo le da la bienvenida, Alfa Blackthorne… y le ruega su prudencia.
La palabra prudencia me provoca un ligero estremecimiento en la mandíbula. No de risa. De impaciencia.
—Se atreven a advertirnos —gruñe Fenrir, mi lobo, desde lo profundo de mi mente—. Como si la prudencia alguna vez nos hubiera contenido.
—Déjalos hablar —respondo mentalmente—. Tienen derecho a temer.
Su risa interna es un eco oscuro, salvaje, como el crujido de hueso.
Sigo caminando. Cada paso es un recordatorio de que aquí no hay consenso, hay jerarquías. Y yo estoy en la cima.
El consejo en medio del bosque nos recibe con silencio. El aire se tensa. Harold se mantiene firme a mi lado mientras los demás… observan. Kellan Vargan es el primero en hablar: elegante, con esa sonrisa pulida que oculta un veneno más dulce que el mío. Ronan Hale, en cambio, ni siquiera intenta fingir. Su violencia huele a superficie agrietada. Ambos son Alfas tambien. Ambos son obstáculos.
—Blackthorne —dice Kellan con fingida cortesía—. Qué sorpresa verte. Eres… tan oportuno.
—Vargan —respondo—. Qué sorpresa verte tan… nervioso.
El músculo de su mandíbula se contrae un segundo y aquello vale más que cualquier sonrisa.
Ronan se apoya en el suelo con fuerza.
—Si la Elegida existe —gruñe—, se pondrá en custodia del Consejo. No permitiremos que la reclames como si fuera un trofeo de guerra.
—Míralo —murmura Fenrir con desdén en mi mente—. Habla de custodia como si pudiera proteger lo que no le pertenece.
—No tengo intención de discutir con lobos que no podrían detenerme ni si lo intentaran —respondo, esta vez en voz alta.
Un murmullo atraviesa el bosque. No me importa. Que se acostumbren a que no hablo como ellos. Que entiendan que no estoy aquí para pedir. Estoy aquí para reclamar a la que estoy seguro es mi compañera.
El anciano del Consejo aclara la garganta.
—La información es clara. La Elegida fue vista cruzando el territorio neutral. Nuestra prioridad es mantenerla a salvo. El Consejo…
—El Consejo —interrumpo— no engendra, no marca y no pelea por lo que le corresponde a un Alfa. Aylin Silverclaw la omega elegida es mía.
Silencio. No porque estén de acuerdo, sino porque nadie se atreve a contradecirme en voz alta.
—Todavía no —dice Kellan con voz venenosa—. Y ese todavía… puede cambiar de dueño.
—Haz que lo intente —susurra Fenrir en mi mente con un tono afilado—. Y sangrará antes de pronunciar su nombre.
Mi pulso se acelera un poco, no por rabia. Por otra cosa. La marca en mi muñeca arde de forma tenue, un tirón imperceptible para cualquiera excepto para mí. Ella está cerca por eso no me queda duda que debe ser mi compañera.
—La conexión ya la siente mi Alfa—murmura Harold—. Y ni siquiera la ha visto imagínense cuando la tenga enfrente.
—Sí —respondo.
No es un pensamiento, es un hecho. El vínculo espiritual no miente. La marca responde a la distancia. Aylin está ahí. No necesito verla para saberlo. Hay una vibración sutil, como si el mundo respirara más fuerte en dirección a un solo punto: ella.
—Ella es nuestra —dice Fenrir con esa calma cruel que solo un lobo que ha esperado puede tener—. Porque solo un Alfa digno puede reclamar a la Elegida.
—Y no hay Alfa más fuerte que nosotros —le respondo mentalmente a mí lobo.
—Exacto. ¿Quién mejor que nosotros para usar nuestra semilla y traer al mundo al Alfa profetizado? ¿Quién mejor que nuestro futuro hijo para unir a las manadas del continente?
—Nadie más que nosotros.
Kellan da un paso adelante y me forzo a enfocarme en el momento.
—Sabes que no todos estamos dispuestos a cederte a la Elegida sin pelea.
—Entonces peleen.
Ronan da un gruñido ronco.
—Tanta seguridad, tanta arrogancia. Hablas como si ya fuera tuya.
Lo miro directamente. No como se mira a otro Alfa sino, como se mira a algo que ya se decidió vencer.
—Lo digo porque lo es.
La tensión política en el bosque se vuelve insoportable. Cada Alfa presente está midiendo el terreno, esperando que el primero en romper la calma sea yo. Se equivocan. No rompo la calma. La domino.
Un mensajero irrumpe con respiración entrecortada.
—Alfas y honorable consejo… la Elegida fue vista cerca del río fronterizo. Sola.
No hay duda. La marca vuelve a tirar de mí con un anzuelo. No es solo un presentimiento. Es destino.
Kellan levanta las manos, de forma teatral.
—Perfecto. Entonces iremos todos. Que decida la Diosa de la Luna a quién pertenece.
—No —respondo—. Yo iré.
—¿Solo? —pregunta Ronan, entre burla y advertencia.
—No necesito compañía para reclamar lo que es mío.
—Buena respuesta —gruñe Fenrir—. Un Alfa que necesita escolta no merece la corona que dice cargar.
Harold da un paso y se dirige a mí mentalmente.
—Dominic… no es prudente ir sin hombres como testigos esto es territorio neutral.
—La prudencia no me dio este lugar —respondo seco—. La fuerza sí.
Me retiro sin esperar aprobación. No la necesito. Nadie intenta detenerme. Saben que no pueden. El aire nocturno me recibe con una calma pesada. Harold me sigue un par de pasos atras.
—Si la encuentras… —empieza.
—Cuando la encuentre —corrijo.
—Cuando la encuentres —se corrije—, recuerda que no debes romper a la Luna que gobernará a tu lado.
—Lo sé.
—Fenrir ríe por lo bajo—. No necesitamos romperla. Solo hacerla nuestra.
—No es una omega común —le advierto.
—Tampoco somos un Alfa común.
No discuto con él. Porque, en el fondo, tiene razón.
Camino hacia el bosque neutral con paso lento. No hay prisa. La caza apresurada siempre deja errores. La marca bajo mi piel guía mi camino como un faro. Cada paso la siento más cerca. Su respiración no… pero su energía, sí. Es un pulso que encaja con el mío como si siempre hubiera estado ahí.
—¿La sientes? —pregunta Fenrir.
—Sí.
—Late igual que nosotros. Es nuestra.
—Lo será.
El río aparece entre los árboles, oscuro y silencioso. Me detengo en el borde. No hay olor que seguir. No hace falta. La marca no se equivoca. Está al otro lado. No tengo que verla para saber que me observa. La tensión de su presencia es… deliciosa. No es miedo, es resistencia y eso me gusta más.
—Una loba que corre hace buena pareja para un cazador como nosotros—dice Fenrir, satisfecho—.Nunca he deseado para nosotros una Luna que se quiebre. Necesitamos una que sepa luchar.
—Lo sé —susurro—. Así terminara siendo más dulce cuando se entregue a nosotros.
Doy un paso al frente.
—Sal —digo, con voz baja pero firme.
No hay respuesta. Perfecto. No quiero que venga corriendo. Quiero que sepa que no pienso perseguirla como un idiota desesperado. Soy el Alfa Oscuro y ella mi compañera destinada. Estoy seguro.
—Mírala, escondida como si no sintiera el tirón tanto como nosotros —dice Fenrir con un gruñido satisfecho—. Ella lo sabe. Lo sabe en los huesos. Es tan terca como tú.
—Sí. Lo sabe. Debe ser hermosa, la más hermosa de todas.
El agua del río murmura. El bosque contiene el aliento. Yo no necesito moverme más. Estoy aquí, y eso basta para que todos los demás que vienen en camino se incomoden.
—Escúchame bien —digo, dejando que mi voz atraviese la oscuridad—. No vine a pedírtelo.
Silencio.
—Vine a tomar lo que es mío. muéstrate ante mí
La marca late fuerte. Ella escucha. Lo sé. La Diosa de la Luna no se equivoca. Y aunque aún no se ha rendido, ese instante llegará. No porque la profecía lo ordene… sino porque no hay Alfa más fuerte que yo.
—Y cuando ceda —susurra Fenrir, con la calma de una bestia que ya saborea la victoria— será por elección. Pero, sobre todo, será porque no hay otro mejor que nosotros.
Sonrío. Una sonrisa que nadie ve.
—Eres mía.