El primer recuerdo que tengo no es una palabra.
Es sentir mucho calor.
La piel ardiendo en mi muñeca mientras mi abuela me sostenía con fuerza, y le susurraba a la Luna que no me mirara tan de cerca. No sabía entonces que ninguna súplica podía alejar la mirada de la Diosa de la Luna y menos cuando ya había elegido.
Crecí en una casa de madera vieja, en la frontera más lejana de nuestra comunidad. Era un lugar silencioso, pero de alguna forma todo lo que se decía en la manda terminaba encontrando la manera de llegar a mis oídos… incluso lo que no debía. No lo entendía en ese entonces, pero la Luna ya me había marcado con dones y esas marcas no se borrarían.
Una noche, creyeron que dormía. Mi abuela y mi abuelo hablaron en la habitación continua.
—Lo que siente es una marca lunar —dijo él, sin subir la voz—. Y eso es un mandato de la Diosa.
—No voy a entregar a mi nieta para que la conviertan en loba de cría —respondió mi abuela. Su tono era seco, firme, como si pudiera detener el destino que estaba escrito.
—No la entregaremos —replicó él con calma—. Vendrán a buscarla.
—Entonces que vengan.
Tragué saliva con la boca cerrada. El don de escucharlo todo no necesitaba puertas abiertas, bastaba el aire. La marca ardió, como si tuviera oídos propios. No me quemó la piel… me quemó el nombre.
—Está destinada —continuó mi abuelo, más bajo—. La bruja de la profecía lo dijo claramente. Su vientre traerá al Alfa que unificará ha las manadas del continente.
—Mi niña no es solo un vientre —dijo ella, tan despacio que me dolió.
—No para ti —dijo él—. Para ellos, sí.
Sentí cómo el calor en la muñeca se intensificaba, un latido silencioso, como si la Luna misma me recordara que no había escapatoria. Cerré los ojos y fingí dormir. Pero el silencio no se detuvo. No se detuvo nunca.
Fue esa noche cuando la escuché por primera vez.
Una voz que no venía de afuera, sino de algún rincón profundo que ni siquiera sabía que tenía.
—No llores —dijo, áspera, ronca, nacida de mis costillas—. No les muestres tu dolor.
—¿Quién eres? —pregunté sin abrir los labios.
—Kaela.
Ese nombre quedó grabado en mi pecho como otro tipo de marca. No la espiritual. Una más salvaje.
A la mañana siguiente, mi abuela me miró distinto cuando le dije que mi loba interior me habia hablado por primera vez. No con miedo, sino con la curiosidad de alguien que no entiende como pudo pasar siendo tan pequeña. Desde entonces me enseñó cosas que antes no, cómo caminar sin hacer ruido, cómo respirar cuando la garganta se cierra, cómo esconder el temblor en las manos para que nadie lo note. Cuando me peinaba, tiraba un poco más fuerte de mi cabello. Era un recordatorio silencioso, arriba la cabeza, aunque el mundo te quiera abajo mi niña.
Yo escuchaba. Lo que estaba cerca y lo que no. El don no pedía permiso para activarse. A veces oía a los hombres de la manada burlarse de mi familia porque solo éramos omegas. Oía rezos que nombraban a la Luna como si fuera una madre compasiva. Y oía, sobre todo, cosas que tenían que ver conmigo, dichas como si yo no pudiera escucharlas: “la niña”, “la elegida”, “la futura madre”. Cada palabra fue cortando un poco más hasta dejarme en hueso.
—No son dueños de tu sangre —gruñía Kaela—. Si te intentan marcar, muerde.
—Soy una niña.
—Las niñas también muerden.
Su voz nunca fue dulce. Era un filo, pero era mío. Kaela era la única que hablaba sin tratarme como si ya fuera una historia escrita.
A los nueve años descubrí que el susurro podía venir desde lejos como una brisa helada. No eran voces sueltas. Eran reuniones. Deliberaciones. “Consejo”. “Custodia”. “Seguridad”. Me aprendí sus ritmos antes que las tablas de multiplicar. Sabía cuándo alguien hablaba de mí aunque no dijera mi nombre. La Luna me había dado un don que no pedí y que no podía devolver.
Mi abuela, con su sabiduría, me dijo una vez mientras cortaba pan:
—Si no puedes dejar de escuchar, entonces aprende a escoger. Elige lo que te sirve y tira lo demás.
Lo intenté. Pero a veces algo se colaba como una aguja bajo la uña. “Vientre”. “Unificación”. “Paz”. Palabras que suenan bien cuando no eres la carne que las sostiene.
Cuando cumplí trece, la marca dejó de ser un dibujo oculto que a veces veía y a veces no. Ardió como si alguien encendiera una lámpara detrás de mi piel. Sentí un tirón seco, un latido que no era mío, un eco que me buscaba. No había nadie conmigo. Me incliné sobre la mesa, sudando frío, y apreté la muñeca contra la madera.
—¿Qué es esto? —susurré.
—Es él —dijo Kaela, con un respeto que nunca le había escuchado—. O la huella de él.
—No. No puede ser. Soy una niña.
—Él también es un niño aun… pero el destino no necesita permiso para existir.
Me quedé allí, esperando a que pasara. No pasó. No por completo. Desde entonces, el mundo tuvo un sonido nuevo, un zumbido al que no podía escapar. No era constante. Aparecía en mitad de la noche, cuando el viento giraba, o cuando alguien, en algún lugar, pronunciaba una decisión que me involucraba sin pedirme permiso. Aprendí a hablar con Kaela antes de que mi cuerpo supiera lo que era ser adulta. No siempre estuvimos de acuerdo. Pero ella era mía. O yo era suya. Difícil saberlo.
Una mañana cualquiera, la noticia entró por la puerta con la naturalidad de un saludo. Era invierno. Yo estaba en el patio, pelando una manzana con un cuchillo pequeño y la manta de mi abuela sobre los hombros. La voz vino como siempre, sin abrir la boca de nadie.
“Se ha vuelto a confirmar: Aylin Silverclaw es la elegida por la Diosa.”
No supe de quién era la voz. No me importó. Las manos me sudaron tanto que el cuchillo resbaló. La marca parpadeó en mi piel.
—¿Qué te pasa? —preguntó mi abuela sin dejar de frotar la loza.
—Nada —mentí.
Ese día, cuando fuimos al mercado, la gente me miró distinto. Algunos bajaron la vista. Otros me la sostuvieron demasiado. No dijeron la palabra. No hacía falta. La sospecha en sus ojos era más clara que cualquier frase. Yo era una historia que caminaba. Una historia con útero. Una historia escrita.
Esa noche, sentada junto al fuego, le dije a mi abuela:
—No voy a ser su contenedor.
Ella me miró como se mira a un hilo que podría romperse en cualquier momento.
—Entonces aprende a no romperte —dijo—. Y a romper lo que haga falta.
La marca, terca, siguió brillando de vez en cuando. Un aviso. Un recordatorio de que el vínculo era un camino que tarde o temprano acaba en el mismo sitio. Yo apreté los dientes. El destino también era algo en lo que se podía ir en contra. Al menos para mí.
Los años pasaron. Aprendí a huir sin parecer que huía. A pasar desapercibida incluso cuando todos sabían que existía. Aprendí a moverme entre los bordes de la manada como una sombra. Cuando llegó el momento, mi abuela no me detuvo. Me ayudó a escapar. Fue su forma silenciosa de resistir.
Ahora estoy aquí.
En el bosque del territorio neutral.
La noche es espesa, silenciosa. No necesito verla para saber que él viene por mí.
Dominic Blackthorne.
Lo supe del modo en que se reconoce una tormenta sin mirar el cielo. La marca tiró con una fuerza que me doblegó las rodillas. Me apoyé en un tronco hasta que pasó. No pasó. Cambió de tono. La caza había empezado y el era quien sostenía el hilo rojo desde el otro lado.
—Viene —dijo Kaela, con un brillo en la voz que me enfureció—. Al fin.
—No digas eso como si lo hubieras estado esperando.
—Lo estaba. No por él. Por nosotras. Para ver si eres capaz de morder cuando intente frozarte.
—No voy a rendirme.
—No te estoy pidiendo eso. Estoy contigo en esto.
El presente me partió en dos. Yo a un lado. El pasado al otro. Y en medio, la marca, como un puente que no quiero cruzar.
—Puedes correr —dijo Kaela—. Pero no corras hacia el abismo. Corre hacia donde puedas elegir.
—¿Dónde es eso?
—No lo sé. Aún.
Entonces el tirón en la muñeca se volvió más fuerte. Era una hilo rojo pero invisible para cualquiera que no fuera nosotros que jalaba con paciencia. No necesitaba apresurarse. Él sabía que tarde o temprano esa marca me llevaría hacia él. No lo permitiría.
Pero entonces su voz llegó sin esfuerzo, como si el aire mismo le perteneciera.
No gritó. No necesitó hacerlo solo dijo…
—Eres mía.