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Bajo El Contrato Del Mafioso

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Blurb

Se suponía que solo era un negocio, pero él nunca juega limpio.

Él es frío, implacable y el heredero de un imperio criminal.

Ella es el cabo suelto que él decidió atar con un contrato matrimonial. Ágata pensó que podría mantener su distancia, pero cada mirada de su "esposo" la arrastra más profundo hacia un abismo de deseo y peligro.

Entre traiciones familiares y guerras de territorio, ella descubrirá que estar bajo el contrato de un mafioso es una sentencia de la que quizás no quiera escapar.

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La mansión de los Donati Greco olía a rancio, una metáfora perfecta de la decadencia de su supuesta "poder". En el gran salón, Fabricio Donati Greco caminaba de un lado a otro, su rostro habitualmente arrogante estaba pálido y sudoroso, su camisa de seda, una vez impecable, estaba arrugada. En el sofá de terciopelo, Lucrecia, la hija mayor, se limaba las uñas con desdén, el retrato perfecto de la indiferencia. Ágata, la menor, permanecía de pie cerca de la puerta, con la cabeza baja, vestía un uniforme sencillo que más parecía de sirvienta que de la hija de un magnate. Sus manos, que llevaban meses redactando aburridos informes legales en un despacho de abogados, temblaban. Fabricio se detuvo, clavando su mirada en Ágata. —No hay más tiempo, Giacomo Lombardo se ha cansado de mis... retrasos. Lucrecia soltó una risa seca, sin levantar la vista de sus uñas. —"Retrasos". Vamos, papá, dile la verdad. Te has gastado hasta el último centavo en sus mesas de blackjack. Eres un adicto. Fabricio se giró hacia ella, furioso, pero la rabia se evaporó al ver la mirada fría de su primogénita. Lucrecia era como él.. despiadada, pero más inteligente. Ella no temía a nadie. —¡Cállate, Lucrecia! —espetó, aunque sin convicción. Volvió a mirar a Ágata, que no se había movido ni un milímetro. —Giacomo me ha dado dos opciones, o mi funeral, y no pienso organizar el mío. Ágata sintió que el suelo se movía. ¿Opciones?, pensó, ¿Qué tenía que ver ella? —¿Qué... qué quieres decir, padre? —su voz fue un susurro apenas audible. Fabricio se acercó a ella, cada paso un recordatorio del poder físico que ejercía sobre ella, Ágata retrocedió instintivamente un paso, sus dedos acariciando una vieja cicatriz en su antebrazo, oculta bajo la manga larga. —El contrato de deuda. Giacomo lo romperá si uno de nosotros entra en su familia, su hijo necesita una esposa, una esposa obediente, callada. Una que no cause problemas. Ágata levantó los ojos, la comprensión la golpeó como una bofetada física. —No... —susurró, con horror. —No puedes estar hablando en serio. ¿Un mafioso? Soy... soy practicante de leyes. Yo no... Antes de que pudiera terminar, Fabricio levantó la mano. El golpe no llegó, pero el gesto fue suficiente para hacerla callar. Lucrecia se enderezó en el sofá, una sonrisa cruel curvando sus labios perfectos. —¿Ley? —bufó Lucrecia. —Ese es tu problema, Ágata. Crees que el mundo sigue tus tontas reglas. Pero en el mundo real, el poder es lo único que cuenta. Papá tiene razón. Eres la candidata perfecta. —¡Soy tu hija, padre! ¡No una... mercancía! —suplicó Ágata, las lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas. —Eres la razón por la que tu madre no está aquí —espetó Fabricio, su voz se llenó de un odio familiar y antiguo. —Murió dándote a luz. Murió por tu culpa. Y desde entonces, no has hecho más que ser una carga. Una tonta que quiere ser abogada en lugar de ayudar a esta familia. Esta es la primera vez que realmente vas a servir para algo útil. Ágata bajó la cabeza, la culpa, esa vieja amiga, la inmovilizó. "Fue mi culpa", se repitió por millonésima vez. "Acepta tu castigo". —¿Y tú, Lucrecia? —Ágata la miró, buscando una última onza de hermandad. —Tú eres la mayor. ¿Cómo puedes estar de acuerdo con esto? Lucrecia la miró como si fuera una molestia. —Por favor, Ágata. Yo jamás me casaría con alguien de los Lombardo. Son... mafiosos. Yo tengo estándares. Además, papá no lo permitiría. ¿Cierto, papá? Yo soy la que mantendrá el nombre de la familia. Tú... bueno, tú eres tú. Sumisa, aburrida y ahora, una moneda de cambio. Fabricio asintió, su decisión final. —No es una discusión. Es una orden. Aceptarás el matrimonio. Firmarás el contrato. Y si intentas huir, o si dices una sola palabra a tus tontos amigos abogados, me aseguraré de que la familia Lombardo sepa que eres una desertora. Y ambos sabemos cómo lidian con ellas. Ágata miró a su padre, luego a su hermana. No había piedad en sus rostros, solo la frialdad del alivio. Se sintió más sola que nunca en su vida. Había aceptado el dolor, el trato de sirvienta, la culpa, pero esto... esto era una sentencia de por vida a un mundo oscuro y peligroso del que siempre había intentado huir. Un mafioso. Su dueño. —Acepto —susurró Ágata, las palabras pesaban como plomo. —Acepto el contrato. No tenía opción. Nunca la había tenido. Su destino siempre había sido escrito por otros, y ahora, el heredero de un imperio criminal la estaba esperando.

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