12°

929 Words
La rutina regresó con la fuerza de una marea inevitable. Apenas unos días después de la boda, Ágata cruzó de nuevo el umbral de Martínez & Asociados. Pero ya no era la misma joven que se escondía tras escritorios de metal. Caminaba con una seguridad nueva, vestida con un traje sastre de seda gris que Eleonora había elegido personalmente. Sin embargo, lo que más brillaba no era la tela, sino el anillo de diamantes en su mano izquierda, una marca de propiedad y de un destino sellado. Lucía la recibió con un abrazo efusivo, pero la mirada de Tiziano fue diferente. Se quedó de pie junto a la ventana de su oficina, observándola con un dolor sordo en el pecho. Al ver el anillo, sintió que una parte de su esperanza se extinguía definitivamente. —Felicidades, Ágata —dijo Tiziano, forzando una voz profesional que no llegaba a ocultar su amargura—. Veo que... el compromiso se concretó rápido. —Gracias, Tiziano —respondió ella con una sonrisa suave—. Estoy lista para retomar el trabajo. No quiero perder el hilo de los casos. Pasaron la tarde sumergidos en un expediente complejo. Se trataba de una demanda de fraude corporativo que, de ganarse, pondría el nombre de Ágata Donati Greco en el mapa legal de la ciudad. Tiziano le explicaba cada tecnicismo con una devoción mal disimulada; le gustaba verla así, apasionada por las leyes, ajena por unas horas al apellido Lombardo. Él creía que su brillo se debía a la felicidad matrimonial, pero en realidad, Ágata brillaba porque finalmente se sentía dueña de su propia voz. —Si logramos demostrar la doble contabilidad en este punto, el caso es nuestro, Ágata —dijo Tiziano, acercándose a ella. Ágata estaba concentrada, con las gafas de lectura puestas y un bolígrafo entre los labios. Estaba tan perdida en los números que no notó cuando Tiziano puso una mano sobre su hombro, inclinándose para señalar un párrafo en el contrato que revisaban. —¿Crees que el juez acepte esta prueba como lícita? —preguntó Tiziano, manteniendo su mano allí, un contacto que para él significaba el mundo y para ella era apenas un gesto de colega. —Tendría que aceptarla bajo el artículo 42, Tiziano... —respondió ella sin levantar la vista, subrayando una línea con determinación. En ese momento, el aire en el despacho cambió. No fue un ruido, sino una presión atmosférica que solo un hombre como Mateo Lombardo podía generar. Mateo había decidido pasar por ella para llevarla a cenar; quería intentar que ese matrimonio, nacido de un contrato, tuviera visos de normalidad. Al subir al piso y asomarse por el cristal de la oficina de Tiziano, lo primero que vio fue la mano del abogado sobre el hombro de su esposa Una punzada de algo oscuro y posesivo atravesó el pecho de Mateo. Tocó la puerta de cristal con un golpe seco y firme. Ágata levantó la vista y su rostro se iluminó con una sonrisa genuina. —¡Mateo! —exclamó, poniéndose de pie de inmediato, lo que obligó a Tiziano a retirar la mano y dar un paso atrás, visiblemente incómodo. Mateo entró en la oficina con la elegancia de un depredador que entra en territorio ajeno. Ignoró a Tiziano por completo y se dirigió directamente a Ágata, rodeando su cintura con un brazo y depositando un beso corto pero firme en sus labios. Fue un gesto calculado, una marca de territorio frente al hombre que la miraba con demasiada intensidad. —Es tarde, mia cara —susurró Mateo, su voz lo suficientemente alta para que Tiziano la escuchara—. Tenemos una reservación. —Lo siento, me perdí entre estos papeles —dijo Ágata, un poco apenada—. Tiziano, Lucía, debo irme. Seguiré revisando el informe en casa esta noche. Recogió sus cosas con rapidez, guardando el expediente en su maletín de cuero. Tiziano los observaba en silencio, viendo cómo Mateo le susurraba algo al oído y cómo ella asentía, confiada. La diferencia entre ambos hombres era abismal: uno le ofrecía leyes y protección legal; el otro le ofrecía un imperio y una protección que no conocía límites. —Nos vemos mañana —se despidió Ágata, saliendo del brazo de Mateo Tiziano se quedó solo en la oficina, mirando el espacio vacío que ella había dejado. Lucía suspiró desde su lugar, cerrando su laptop. —Ríndete, Tiziano —dijo Lucía con tristeza—. Ella no es la misma chica que se asustaba con su propia sombra. Ese hombre... él le dio algo que nosotros no pudimos. Mientras tanto, en el Lamborghini, Mateo conducía en silencio, pero su mano derecha apretaba con fuerza el volante. —Ese abogado —dijo Mateo finalmente, sin apartar la vista del camino—, te mira como si fueras su salvación. Ágata lo miró de reojo, sorprendida por el tono de su voz. —Tiziano es mi amigo, Mateo. Me ha ayudado mucho en el despacho. —No me importa lo que sea —respondió él, girando el rostro hacia ella por un segundo, sus ojos oscuros brillando bajo las luces de la ciudad—. Eres una Lombardo ahora, Ágata. Y los Lombardo no compartimos lo que nos pertenece. Ni siquiera con "amigos". Ágata no respondió, pero sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una extraña satisfacción. Por primera vez, el contrato de cinco años se sentía como algo secundario; lo que estaba naciendo entre ellos, entre celos silenciosos y cenas compartidas, era mucho más peligroso que cualquier acuerdo legal.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD