10°

824 Words
La catedral estaba envuelta en el aroma de miles de orquídeas blancas y el murmullo de la élite criminal y política del país. Ágata caminó hacia el altar con un vestido que era una obra maestra de encaje francés y seda, con una cola que parecía no tener fin. Cuando Mateo la vio llegar, por un segundo, el aire se detuvo en sus pulmones. No era solo belleza; era una presencia imponente. Tras el "sí, acepto" y el intercambio de anillos que sellaba el contrato de cinco años, la celebración se trasladó al salón de baile de la mansión Lombardo. Todo era perfecto hasta que Lucrecia apareció en la entrada, con una sonrisa triunfal que prometía veneno. A su lado, caminaba una mujer que hizo que el ambiente se congelara: Caterina. Caterina era la encarnación de la sofisticación fría. Años atrás, ella había sido la única mujer que logró entrar en el corazón de Mateo, solo para destrozarlo de la manera más pública y cruel posible. Su traición fue lo que convirtió a Mateo en el hombre de hielo que Ágata conoció. Valerio, que estaba junto a la mesa de bebidas, apretó su copa con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Él había recogido los pedazos de Mateo aquella noche hace años, y verla allí, de la mano de la envidiosa Lucrecia, le revolvía el estómago. Lucrecia guio a Caterina directamente hacia la mesa de honor, donde Mateo, Ágata y los padres de él, Giacomo y Eleonora, presidían el banquete. —Mateo, querido —dijo Caterina con esa voz chillona y melosa que ocultaba una falsedad absoluta—. No podía faltar al evento del siglo. Felicitaciones por tu... adquisición. Caterina desvió sus ojos hacia Ágata, recorriéndola con un desprecio mal disimulado. —Así que esta es la famosa "esposa santa" —soltó Caterina con una risita—. Quién diría, Mateo, que después de nosotros terminarías casándote con una mujer así... tan predecible. Eleonora Bianchi se tensó en su silla, sus ojos grises centelleando con una furia peligrosa. Estaba a punto de levantarse para destruir a la intrusa, pero sintió la mano de Ágata sobre la suya. Ágata no estaba temblando. Se puso de pie con una elegancia que dejó a Lucrecia boquiabierta. —Me tiene sin cuidado lo que pienses de mí —respondió Ágata. Su voz era clara, firme y cargada de una frialdad que resonó en todo el salón—. Pero lo que sí me importa es la lista de invitados, y no recuerdo haber visto tu nombre en ella. Caterina parpadeó, sorprendida por la falta de timidez de la joven. —Te pediría el favor de que te retires de nuestra boda —continuó Ágata, enfatizando la palabra con una autoridad que hizo que Giacomo Lombardo asintiera con aprobación silenciosa. Caterina soltó una risa nerviosa y se giró hacia Mateo, buscando el antiguo poder que alguna vez tuvo sobre él. Se acercó un paso, poniendo su mano sobre el brazo de Mateo con un gesto posesivo. —¿Vas a dejar que me eche así, Mateo? —preguntó con su voz más falsa y afectada—. ¿Vas a dejar que esta niña me trate como a una extraña después de todo lo que fuimos? Mateo miró la mano de Caterina sobre su brazo como si fuera un insecto molesto. Luego, levantó la vista hacia su esposa. En los ojos de Ágata no vio celos, vio la dignidad de una mujer que protegía su hogar. Una sonrisa de orgullo genuino, la primera que muchos veían en años, curvó los labios de Mateo. —Mi esposa ya ha hablado, Caterina —sentenció Mateo con una voz que cortaba como el hielo—. Vete ahora mismo, o mi seguridad te sacará a rastras frente a todos los presentes. Ya no eres nada en esta casa, ni en mi vida. La cara de Caterina se descompuso. Lucrecia intentó intervenir, pero una mirada letal de Giacomo la hizo retroceder. Valerio, al fondo, tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada de burla al ver la humillación en el rostro de la mujer que casi destruye a su mejor amigo. —¡Esto es ridículo! —chilló Caterina, dando media vuelta y saliendo casi a la carrera del salón, seguida por una Lucrecia furiosa. El silencio que siguió fue roto por el sonido de los aplausos suaves de Eleonora. Mateo tomó la mano de Ágata y la besó frente a todos los invitados. —Bien hecho, Señora Lombardo —susurró Mateo contra su piel. —Tu madre es una excelente maestra —respondió Ágata, recuperando el aire, aunque su corazón latía con fuerza por la adrenalina. Esa noche, mientras el vals comenzaba, el mundo de la mafia entendió un mensaje claro: Mateo Lombardo ya no estaba roto, y su esposa, la "santa" abogada, tenía espinas de acero que no dudaría en usar para proteger su nuevo imperio.
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