1384 Words
El sol de la mañana se filtraba a través de los grandes ventanales del despacho Martínez & Asociados, iluminando las motas de polvo que bailaban sobre las estanterías repletas de códigos penales y jurisprudencia. Para Ágata, este lugar siempre había sido su santuario, el único rincón del mundo donde no era "la hija que mató a su madre" ni "la sirvienta de los Donati Greco". Aquí, ella era simplemente Ágata, una mente brillante que soñaba con que la justicia fuera algo más que una palabra en un libro. Pero hoy, el aire acondicionado se sentía más frío de lo normal. Ágata entró arrastrando los pies, con los hombros hundidos. Llevaba una blusa de cuello alto, a pesar del calor primaveral, para ocultar las marcas que la cena de la noche anterior habían dejado en su piel y en su alma. Intentó esbozar una sonrisa al ver a Lucía, su compañera de prácticas, que ya estaba sumergida entre expedientes y tazas de café humeante. —Llegas tarde, Ágata. Tiziano ya ha preguntado por ti dos veces —dijo Lucía sin levantar la vista, aunque su tono era juguetón—. Creo que tiene un caso nuevo de derecho corporativo y quiere que seas tú quien revise los contratos. Ya sabes que no confía en nadie más para los detalles minuciosos. Ágata no respondió de inmediato. Se sentó en su escritorio, sintiendo el peso del anillo invisible que ya encadenaba su mano. —¿Ágata? —Lucía finalmente levantó la vista y frunció el ceño—. Estás pálida. Más de lo habitual. ¿Te encuentras bien? ¿Estás enferma? —No... No es nada, Lucía. Solo no dormí bien —mintió Ágata, abriendo su computadora con dedos temblorosos. —Pareces un fantasma —insistió su amiga, acercándose—. Tienes las ojeras hasta el suelo. Si es por el examen de la barra, relájate, vas a arrasar. En ese momento, la puerta de la oficina principal se abrió y Tiziano salió con paso firme. A sus 28 años, Tiziano era el abogado estrella del bufete: impecable, inteligente y con una ética inquebrantable. Al ver a Ágata, su expresión seria se suavizó instantáneamente, un cambio que todos en la oficina notaban menos, aparentemente, la propia Ágata. Él se detuvo frente a su escritorio, cruzando los brazos. Su mirada recorrió el rostro de la joven, analizando cada gesto como si fuera una prueba pericial. —Lucía tiene razón. No te ves bien —sentenció Tiziano. Su voz era profunda, cargada de una preocupación que iba más allá de lo profesional—. Ven a mi oficina, Ágata. Necesito que revisemos unos términos. Lucía le lanzó una mirada cómplice a Ágata, pero esta solo sintió un nudo en la garganta. Siguió a Tiziano al despacho privado, el aroma a madera y sándalo de su perfume la envolvió, recordándole lo que era sentirse segura. Él cerró la puerta y, en lugar de sentarse tras su escritorio, se apoyó en él, quedando frente a ella. —Dímelo —dijo él, sin rodeos. —¿Decirte qué? Los informes del caso Valerius están casi listos... —Olvida los informes —la interrumpió Tiziano, dando un paso hacia ella—. Te conozco, Ágata. Sé cuándo intentas esconderte detrás de los libros. Tu padre volvió a hacer algo, ¿verdad? ¿Fue él? ¿Te puso la mano encima otra vez? Ágata apartó la vista, sintiendo que las lágrimas quemaban. La cercanía de Tiziano siempre la desarmaba. Él siempre había sido su protector silencioso, el hombre que le compraba el almuerzo cuando sabía que ella no había comido y el que le daba los casos más interesantes para que se sintiera valorada. —No es lo que piensas —susurró ella, aunque era exactamente lo que él pensaba. —Entonces, ¿qué es? Porque te tiemblan las manos y ni siquiera puedes mirarme a los ojos. Ágata tomó aire, sintiendo que el oxígeno le faltaba. Sabía que no podía ocultarlo por mucho tiempo; pronto la noticia saldría a la luz, o simplemente dejaría de asistir al despacho. La idea de no volver a ver a Tiziano le dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir. —Me voy a casar, Tiziano —soltó de golpe. El silencio que siguió fue ensordecedor. Tiziano se quedó petrificado, su mandíbula se tensó tanto que Ágata pensó que se rompería. —¿Casarte? —repitió él, como si la palabra fuera un idioma extranjero—. ¿Con quién? Ni siquiera tienes novio, Ágata. Pasas doce horas al día aquí conmigo. ¿De qué estás hablando? —Es un compromiso... familiar. Un acuerdo —dijo ella, tratando de sonar firme, aunque su voz se quebró al final—. Es alguien poderoso. Un hombre que puede... ayudar a mi padre con sus deudas. Tiziano soltó una carcajada amarga, llena de incredulidad y rabia. —¿Ayudar a tu padre? Ágata, por Dios, estamos en el siglo veintiuno. No eres una dote, no eres una propiedad que se pueda intercambiar por deudas de juego. Tienes 22 años. Eres una mujer adulta, una futura abogada. ¡Nadie puede obligarte a firmar un contrato matrimonial si no quieres! —No lo entiendes —respondió ella, las lágrimas finalmente desbordándose—. No se trata de lo que yo quiera. Se trata de supervivencia. Si no lo hago, mi padre... él perderá todo. Y yo... —¡Que lo pierda! —rugió Tiziano, golpeando ligeramente el escritorio—. Que pierda hasta la última moneda si eso significa que tú seas libre. Ágata, escúchame bien. Yo puedo ayudarte. Podemos demandar, podemos pedir una orden de restricción, yo mismo te daré asilo si es necesario. Pero no puedes entregarte a un hombre que no conoces solo por los pecados de Fabricio. Ágata lo miró con una tristeza infinita. Tiziano creía en la ley, en los jueces y en los juicios limpios. Él vivía en un mundo donde el bien triunfaba si se presentaban las pruebas correctas. Pero el mundo de los Lombardo no conocía de tribunales. No había juez que pudiera salvarla de una bala en la nuca o de un "accidente" planeado en un callejón oscuro. —Él no es cualquier hombre, Tiziano —dijo ella, secándose las mejillas—. Es alguien a quien no se le puede decir que no. Si intento huir, no solo me destruirán a mí, sino a cualquiera que intente ayudarme. Incluyéndote a ti. —No me importa el peligro —dijo él, dando un paso final que acortó toda distancia entre ellos. La tomó por los hombros, obligándola a sostenerle la mirada —No voy a dejar que te vendan como si fueras nada. Dime quién es. Dame un nombre y yo me encargaré legalmente de frenar esto. Ágata sintió el impulso de refugiarse en su pecho, de contarle que se trataba del heredero de los Lombardo, del hombre que controlaba los casinos y las sombras de la ciudad. Pero el miedo fue más fuerte. El miedo por la vida de Tiziano fue lo que la hizo retroceder. —No puedo decírtelo. Solo... solo quería que lo supieras por mí —dijo ella, recuperando una máscara de frialdad que no sentía—. Ya he aceptado. El contrato está firmado. No hay marcha atrás. Tiziano la soltó, su rostro transformado por una mezcla de dolor y decepción. —¿Tan poco confías en mí? —preguntó en un susurro—. ¿Tan poco vales para ti misma que prefieres ser la moneda de cambio de un corrupto? —Valgo lo que mi familia dice que valgo, Tiziano. Siempre ha sido así. Ágata salió de la oficina de Tiziano sin mirar atrás, pasando por delante de una Lucía que la observaba con el corazón en un puño. Al sentarse en su lugar, Ágata abrió un archivo cualquiera, pero las letras se emborronaban ante sus ojos. Sabía que esa era su última mañana de normalidad. Mañana, dejaría de ser la practicante de derecho para convertirse en la propiedad de un mafioso. Y lo peor de todo, era que se llevaba consigo el secreto de que el hombre que realmente amaba, estaba a solo unos metros de distancia, odiándola por una decisión que ella había tomado para salvarlo a él también.
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