Las tres semanas previas a la boda fueron un torbellino de seda, encaje y lecciones de acero.
La mansión Lombardo se transformó en un cuartel general donde Eleonora Bianchi reinaba con mano de hierro y guante de seda. Cada mañana, antes de que Ágata se fuera a sus prácticas en el despacho de abogados, Eleonora la esperaba en el salón con una agenda que haría temblar a cualquier general.
—Ser una Lombardo no es llevar un anillo, Ágata —le decía Eleonora mientras revisaban las muestras de caligrafía para las invitaciones—. Es saber que, cuando entras en una habitación, el aire debe cambiar porque tú estás en él.
Eleonora se encargó de todo. Llevó a los mejores modistos a la mansión para que Ágata renovara su guardarropa. Atrás quedaron las blusas cerradas y baratas; ahora, Ágata vestía cachemir, sedas italianas y cortes que, aunque discretos, gritaban poder.
—No escondas tus cicatrices con ropa fea —le dijo Eleonora un día, mientras una costurera ajustaba un vestido de cóctel—. Úsalas como recordatorio de lo que sobreviviste. Pero ahora, tu piel solo conocerá las mejores telas.
Bajo la tutela de su suegra, Ágata aprendió a organizar eventos que movían millones, a identificar quién en una cena era un aliado y quién un traidor silencioso, y sobre todo, a mantener la mirada fija. Eleonora la obligaba a practicar su postura. caminar con libros sobre la cabeza, sí, pero también practicar respuestas mordaces para cuando Lucrecia o alguien de su pasado intentara humillarla.
—Si alguien te insulta, no llores —le instruyó Eleonora—. Sonríe con frialdad y recuérdales quién tiene el control de sus cuentas bancarias.
Por las noches, Mateo observaba la transformación desde las sombras. Veía a Ágata llegar del despacho cansada, pero con una nueva chispa en los ojos. Ya no se encogía cuando él entraba a la habitación; ahora, ella lo saludaba con una serenidad que lo descolocaba. Incluso Valerio notaba el cambio.
—La "santa" está sacando espinas, Mateo —le comentó Valerio una tarde mientras veían a Ágata discutir con el florista sobre el tipo de orquídeas para el altar—. Tu madre está creando un monstruo de elegancia.
—No es un monstruo —respondió Mateo, sin apartar la vista de ella—. Es la mujer que siempre debió ser si no hubiera tenido a un animal por padre.
Una noche, faltando solo tres días para el enlace, Mateo encontró a Ágata en la biblioteca, rodeada de planos de la recepción y sus libros de Derecho Penal. Ella estaba exhausta, con la cabeza apoyada en su mano.
—Eleonora te está presionando demasiado —dijo Mateo, entrando con dos copas de vino.
Ágata levantó la vista y sonrió. Ya no era la sonrisa asustada del primer día; era una expresión de cansancio compartido.
—Me gusta, Mateo. Por primera vez siento que estoy aprendiendo a defenderme con algo más que leyes. Tu madre me enseñó que el respeto no se pide, se exige.
Mateo le entregó la copa y se sentó frente a ella. El contrato de cinco años y el heredero seguían sobre la mesa, pero la tensión entre ellos había mutado. Ya no era solo una transacción; era una alianza que se fortalecía con cada lección de Eleonora.
—La boda será el evento del año —dijo Mateo, su voz bajando de tono—. Todos los clanes estarán allí. Tu padre y tu hermana intentarán acercarse. ¿Estás lista para verlos?
Ágata tomó un sorbo de vino, sintiendo el calor recorrer su garganta. Recordó las palabras de Eleonora: "Nunca bajes la cabeza".
—Ya no soy la Ágata que servía el café en esa casa, Mateo. Gracias a tu madre, y a que tú me sacaste de allí, ahora sé quién soy. Que vengan. Que miren. Pero ya ninguno de ellos volverá a tocarme.
Mateo asintió, sintiendo un respeto profundo por la mujer en la que se estaba convirtiendo. El diamante en bruto que había comprado por una deuda de juego estaba empezando a brillar con una luz propia, y esa luz, peligrosamente, estaba empezando a encandilar al hombre de hielo.
—Bien —susurró Mateo—. Porque el sábado, el mundo entero sabrá que Ágata Donati ha muerto... y que la Señora Lombardo ha nacido.