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La mansión de Mateo solía ser un mausoleo de orden y silencio, pero esa tarde, la presencia de Eleonora Bianchi D' Lombardo llenó cada rincón con su perfume francés y su elegancia intimidante. La madre de Mateo era una mujer que no caminaba, reinaba; y al ver a Ágata por primera vez, sus ojos grises la analizaron con la precisión de un halcón. —¿Así que tú eres la pequeña Donati? —preguntó Eleonora, observando cómo Ágata bajaba la mirada y entrelazaba sus manos nerviosamente—. Levanta la cabeza, niña. Ágata obedeció por puro instinto, pero volvió a agachar la barbilla casi de inmediato. Eleonora soltó un suspiro cargado de desaprobación y se acercó a ella, tomándola suavemente pero con firmeza del mentón. —Escúchame bien —dijo la matriarca de los Lombardo—. Una mujer con nuestro apellido nunca, bajo ninguna circunstancia, agacha la cabeza ante nadie. Ni ante tu padre, ni ante el mío, ni siquiera ante mi hijo. La sumisión es para los débiles, y tú vas a ser una Lombardo. Yo misma me encargaré de que aprendas a no dejarte pisotear jamás. Ágata parpadeó, sorprendida por la intensidad de la mujer. Nadie le había dicho nunca que tenía derecho a no ser sumisa. —Lo intentaré, señora Eleonora —susurró Ágata—. Pero... ¿me permitiría hacer algo por usted mientras estoy aquí? Me gustaría cocinarle algo. Eleonora arqueó una ceja, incrédula. Las mujeres de su estatus no sabían dónde estaba la cocina, mucho menos cómo usarla. —¿Cocinar? ¿Tú? —Eleonora soltó una risa ligera, pero al ver la determinación en los ojos de Ágata, asintió—. Está bien. Veamos qué tan buena es la sazón de la futura nuera. Eleonora se sentó en un taburete de la barra de mármol, observando con fascinación cómo Ágata se movía por la inmensa cocina. La cocinera jefa de la mansión, inicialmente confundida, terminó guiándola por la alacena y entregándole los utensilios. Ágata se transformó. En la cocina, sus movimientos eran seguros, casi rítmicos. Empezó a preparar un platillo tradicional con un toque personal, llenando el aire con un aroma que evocaba especias frescas y calidez. Mientras el guiso burbujeaba, Eleonora empezó a hablar. Le contó historias de cuando ella llegó a la familia, de cómo tuvo que forjar su propio carácter en un mundo de hombres. Ágata escuchaba con atención, sonriendo y respondiendo con una inteligencia que Eleonora no esperaba. Había una chispa en la joven que Fabricio Donati casi había logrado apagar, pero que seguía viva. En ese momento, la puerta pesada de la entrada se abrió. Mateo entró a la casa, quitándose el saco, pero se detuvo en seco. Un olor delicioso y hogareño, algo que nunca había sentido en su propia cocina, lo guio directamente hacia allí. Al entrar, se quedó mudo. Su madre, la mujer más difícil de impresionar en toda Italia, reía animadamente mientras Ágata, con las mejillas ligeramente sonrosadas por el calor de la estufa, explicaba el secreto de una salsa. Mateo sintió un tirón extraño en el pecho. Esa escena, tan doméstica y pacífica, era algo que no sabía que necesitaba en su vida. Ágata fue la primera en verlo. —Buenas tardes, señor Lombardo —dijo ella, haciendo una pequeña inclinación de cabeza por hábito. —¡Oh, por favor, Ágata! —exclamó Eleonora, agitando una mano—. Van a ser esposos, deja la formalidad en la puerta. Mateo, llega justo a tiempo, tu prometida es una caja de sorpresas. Mateo saludó a su madre con un beso en la mejilla, pero sus ojos no dejaban a Ágata. —Huele... diferente —murmuró Mateo, acercándose a la estufa—. ¿Tú hiciste todo esto? —Es una receta de mi madre —respondió Ágata, bajando el fuego—. Ya está lista. —Bien —sentenció Mateo, mirando a las empleadas que observaban desde la esquina—. Sirvan la comida. Ágata, tú deja eso. A partir de ahora, tú te sientas a la mesa con nosotros. Ágata se quedó quieta, con un paño de cocina en la mano. —Pero... yo puedo servirles y luego... —No —la interrumpió Mateo, tomándola suavemente del brazo para guiarla hacia el comedor—. En esta casa, tú no eres la ayuda. Eres la Señora. Mateo la condujo hasta el comedor principal y, con un gesto caballeroso, retiró la silla de la derecha, el lugar de honor junto al jefe de familia. Ágata se sentó con una rigidez que no pasó desapercibida para Eleonora ni para Mateo. Ambos intercambiaron una mirada rápida, la sospecha de que en la casa de los Donati ella nunca se sentaba a la mesa con su padre y su hermana se volvió casi una certeza. —Esta noche celebramos que finalmente estás en el lugar que te corresponde, Ágata —dijo Eleonora, observando cómo las empleadas servían los platos que la joven había preparado—. Y mañana, empezaremos con tus lecciones. Mi hijo tiene suerte; se lleva a una mujer que sabe cuidar el estómago, pero yo me aseguraré de que también se lleve a una que sepa gobernar su imperio. Mateo probó el primer bocado y cerró los ojos un instante. La comida era exquisita, pero era el hecho de que ella la hubiera hecho para ellos lo que realmente le llegaba. Miró a Ágata, que empezaba a comer tímidamente, y supo que Fabricio Donati no tenía idea del tesoro que había entregado para pagar sus deudas.
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