Lo hacía con suavidad, intentando adaptar la entrada de su poderoso aparato y lentamente se fue adaptando a los músculos de mi ano con suma facilidad, hasta notar como el glande había conseguido pasar. De pronto entró la mitad de su tronco de golpe y lancé un pequeño grito, pues me hizo bastante daño. —¡Aaahhhh! Quique, miró hacia arriba extrañado: —¿Que te pasa? —me preguntó mi novio desde la calle mientras Marcos, tenía metida la mitad de su estaca en mi culito. —Nada, nada, cariño, me he picado con una rosa —disimulé. Desde allí podía ver la cara de pendejo de mi novio, mirándome con extrañeza. Marcos, no dejaba de limarme en el culo con maestría introduciendo cada vez más adentro su potente pene. Todavía sentía algo de dolor, pero intentaba controlar mis gemidos y mis gri

